Cultura

Luego de trece días de teatro el Fitaz arroja saldo a favor

El Festival Internacional de Teatro de La Paz (Fitaz) culminó con un saldo positivo, sobre todo por la consolidación, ya desde anteriores versiones, de un público que apoyó su desarrollo.

Mondacca. ‘El Aparapita’ de David Mondacca, dirigido por Claudia Andrade, inauguró el Fitaz de este año.

Mondacca. ‘El Aparapita’ de David Mondacca, dirigido por Claudia Andrade, inauguró el Fitaz de este año.

Ricardo Bajo / La Paz

01:35 / 06 de abril de 2012

El Fitaz ha formado un espectador compañero, actor imprescindible, crítico, co-creador. El teatro es reunión, y sin el público que completa el círculo, nada tendría sentido. Las anunciadas temporadas de Eduardo Calla con Mátame, por favor (en El Desnivel) y la esperada puesta en escena de nuevo de Marcos Loayza con Séptimo sentido servirán para seguir apreciando el buen teatro boliviano que logró ser el protagonista de la octava versión del Fitaz con una cifra “escandalosa” y vigorizante: 33 obras nacionales.

El espectador, inquieto, formado, ya sabe elegir, compara, difunde y contribuye a la permanencia de las obras. Es un incipiente descubridor de tesoros. Por eso, el Hamlet, de los Andes, post Brie, fue tan esperado y tan aplaudido. Por eso, el debut de Loayza levantó tanta expectativa (superada). Por eso, Osqui Guzmán, el argentino-boliviano, premiado en la gala del último día, dejó un sabor de boca tan agradable. Por eso, no se pudo tener un mejor inicio que El Aparapita de Mondacca, siempre sobrecogedor y apetecible.

Hubo teatro para todos los gustos: desde comedias escatológicas y divertidas, como la brasileña No pirex, a ejercicios contemporáneos, como Medea material de Kiknteatr. De gran formato clásico, como La casa de los espíritus, a pequeño formato íntimo, como Usted, una cama y mis intenciones, de Arancibia.

Ante arriesgadas y “modernas” puestas en escena, triunfaron la palabra dicha y emocionada, el buen guión y la sabia dirección: las armas de siempre, desde hace más de 3.000 años. Siempre, con el teatro pensando a Bolivia, quizás como ninguna de las artes lo esté logrando ahorita, en estos tiempos de cambio.

Un Festival que con sus apuros económicos raleados con pasión por el equipo de Maritza Wilde y su mano derecha, Horacio Rasgido, sobrevive como un milagro cotidiano para traernos las mentiras más maravillosas. Para futuras ediciones será necesario pulir los errores.

Entre ellos, las funciones de la Casa de la Cultura, que por la impuntualidad chocaron con las obras “mayores” del Teatro Municipal. O volver a programar las sesiones de las diez de la noche, pero tan sólo viernes y sábado. O jerarquizar los escenarios: hubo obras que no merecieron el espacio principal (como la francesa Estupor y temblores) y otras (como la de Loayza) que volvieron demasiado pequeño El Desnivel. U olvidarnos de rencillas políticas estúpidas y sumar al Gobierno central y su Ministerio de Culturas para hacer un festival potente que no tenga nada que envidiar a Bogotá o Buenos Aires.

La creación de la Escuela de Espectadores a cargo de Omar Rocha es otra grata noticia y debe jugar un papel esencial para que el teatro siga vivo entre nosotros y no se reduzca como años atrás a un acontecimiento con dos años de espera. La colaboración de las embajadas es imprescindible y notoria, pero falta una curaduría para que las obras extranjeras no sean tan desiguales. ¿O inscribimos a los agregados culturales a la Escuela de Espectadores?

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