Cultura

Pedro Guerra, un bien por hacer

Pedro Guerra es cantautor y le gusta mucho hablar. Suele pagar para que le escuchen —en sesiones de psicoanálisis—; pero cuando está de gira, ocurre todo al revés: le pagan para que otros le escuchemos. 

Actuación. Guerra compartió su música con los espectadores paceños.

Actuación. Guerra compartió su música con los espectadores paceños.

La Razón / Ricardo Bajo / La Paz

00:02 / 29 de julio de 2012

Armado de una guitarra y un atril, el canario repasó lo mejor de su trayectoria (casi 30 años), regaló temas ni siquiera grabados (olvidados en casetes) y aprovechó para grabar la tocada que formará parte de un disco en vivo, producto de su doble gira por América Latina.

Guerra es un contador de historias, algunas las narra y otras, las canta, con esa ingenuidad casi infantil y dulce que siempre lo ha caracterizado, desde que salía a los escenarios con los pies descalzos, ahora cambiados por unos zapatos rotos, para volver a ser el niño que fue.

El cantautor español recibió la distinción edil de huésped ilustre y se colocó las “gafas de Lennon” para presentar las nuevas canciones de su último disco autoeditado, El mono espabilado. Se maravilló del milagro de llenar teatros en La Paz sin promoción alguna, con sus discos circulando “clandestinamente”, de boca en boca. Afuera, los “piratas” vendían toda su discografía completa por diez pesitos.

Guerra cantó a las mujeres (a todas las Danielas y Matildes de su vida, de nuestra vida), a las raíces, a los lobos que devoran caperucitas rojas, a las heridas de la soledad, a los abrazos bien fuertes, a los lazos del amor, al calor de los corazones. Se acordó de sus “hits”, desde el Contamíname al Debajo del puente, llegando al Contra el poder.

Tuvo unas palabras para su enamorada (recibidas con suspiros cómplices) y otras de recuerdo para el poeta fallecido Ángel González, a quien musicó.  Llevó de la mano al público ensimismado con su ternura en un viaje de dos horas; desde el mar Mármara a los rincones donde arribó la nave mítica de Jasón y los Argonautas con paradas en Peter Pan, Casandra, Frida y Diego Rivera.

Y nos hizo reir. Al final se acordó del regalo recibido en La Paz, una edición del diario del Che, y se marchó como ese muchacho que “a los 14, compró aquel morral con la foto del Che y fue aprendiendo que la libertad es un bien por hacer”.

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