Cultura

El aparapita que todos envidiamos - Ricardo Bajo

La Razón / La Paz

01:09 / 24 de marzo de 2012

1. David Mondacca y Claudia Andrade llevan varios años poniendo en escena a Saenz. Ya he perdido la cuenta, pero me acuerdo de la trilogía (No le digas…, Santiago de Machaca y Los cuartos), de Moreno de plata y de El santo del cuerno. Y ahora Aparapita, sin duda, el más ambicioso, más auténtico, más completo aporte a la difusión de la obra del escritor paceño, la propuesta más solida de todas, regalando teatro con identidad, con sabor boliviano alrededor del universo poético y simbólico de Saenz.  Aparapita está conformado por diferentes fragmentos de Felipe Delgado, La noche y La piedra imán (obra narrativa de Saenz). Y por supuesto, consigue uno de sus objetivos: apetece volver a leer al escritor paceño, maldito entre los malditos, resucitado siempre. 

2. Esta vez Mondacca no está solo. Sus monólogos —algunos estremecedores por terribles— vienen acompañados de 14 aparapitas, del bodeguero Corsino Ordóñez, de Beltrán, de viejo jubilado, de su amor maldito... Siete actores y actrices junto a la participación de quince artistas del Taller de Teatro de la UCB colocan ese contrapunto perfecto al trabajo a destajo de Mondacca y su destino común saenziano. La platea entregada y entusiasta, meros cómplices.

3. Aparapita habla de trago, de bodegas, de “cementerios de elefante”, de sacos, de cargadores, de templos, de niños muertos, de paternidad, de velorios, de dolor y muerte,  de pesadillas horribles, de “delirium tremens” etílicos,  de humor y cojudos, de madres muertas y padres ausentes, de calaveras, de sexo y alcahuetes, de anarquistas y mundos soñados, de vicios y fuegos purificadores, de suicidas con causa. Pero, en realidad, habla de nosotros, de todos nosotros, de los desamparados, de todos los que nos refugiamos en nuestra bodega-refugio particular: corazón, templo y tumba.

4. La obra de Claudia Andrade, cuidada, prolija, tanto en la dirección como en la puesta en escena, desde la musicalización a la escenografía, es dura, oscura; por momentos siembra el desasosiego, sólo matizado por rachas de humor salvador. Y, sin embargo, tiene un extraño final feliz. Felipe, atormentado y existencialista, sabedor de la presencia ineludible del vicio y de la muerte, logra su sueño: su saco auténtico de aparapita, su carga, su wawa soñada para que siga sus pasos, su cohorte de colegas, sus hojas de coca, su trago infame y su lluvia. Al fondo, el Illimani con sus pesadillas apocalípticas, su espejo de vida y muerte. Hace falta querer ser  y merecer ser un aparapita. En la ciudad amada y odiada, La Paz.

Ricardo Bajo es periodista

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