Cultura

Las cargas de aparapita en Mondacca - Mabel Franco

La Razón / La Paz

02:29 / 27 de marzo de 2012

Hay que agradecerle a David Mondacca el haberse impuesto, con rigor y constancia, el sondear en el universo de Jaime Saenz, escritor esencial de La Paz. No satisfecho con No le diga, a estas alturas todo un clásico del teatro boliviano, quiso completar una trilogía y lo hizo con Santiago de Machaca y Los cuartos, buenas pero siempre un tono por debajo del monólogo que incluso inspiró una película (Mela Márquez nos debe aún su estreno). Pero, visto lo que ha hecho con Felipe Delgado en Aparapita, es grande la tentación de pedirle, de suplicarle un exorcismo. Saenz se está comiendo a un actor brillante al que quisiéramos ver distinto, no más el fantasma de un universo  que tiende a repetirse y se hace previsible.

Aparapita resulta ser como ese saco remendado que Saenz quiso tener, pero que temía que nunca iba a ser como el original. Es una obra hecha de retazos, que no se hilan bien, que desperdiga imágenes sin motivo, que mueve a una multitud de aparapitas caminando como japonesas en el escenario para no decir más de lo que Mondacca y la siempre extraordinaria María Eugenia Alcoreza alcanzan a transmitir apenas se lo proponen.

Con Aparapita sucede lo que ya es un vicio en el grupo que encabeza Mondacca: se explicita, se decora demasiado (el gran tonel y las latas de alcohol colgando no son escenografía que ayude, al contrario, perjudican cuando se debe pasar a otro espacio ajeno a la bodega). Además, con ello se rompe el poder de evocación: hace daño ver el tonel de utilería cuando basta imaginarlo.

Quien ha seguido las obras de Mondaccateatro en los últimos años, espera ya el momento en que el humo estalle en la escena y éste se presenta, puntualmente. Uno espera que cada tanto, la música (una cueca, un fox trot, un bolero de caballería) irrumpan en la narración, cuando no un efecto de sonido, y no falta ninguno. Es como si quien dirige (esta vez, Claudia Andrade) sintiese un temor irrefrenable al vacío y al silencio, y entonces hace de todo a fin de evitarlos

Para peor, textos íntegros de Delgado se leen en off. El que conoce la novela, se adelanta y muy probablemente se aburre, pues no hay teatro para marcar la diferencia. El que no la ha leído, pronto se agotará de esperar adónde ir con la obra.

Quién es uno para sugerir al tremendo actor que es Mondacca lo que debe hacer. Pero, finalmente, un espectador debería  tener nomás el derecho de esperar de un artista, del que antes ha recibido eso que se llama placer estético, que nos permita repetir la experiencia remontándonos a otros mundos, que sea ‘otros’, que se arriesgue.

Mabel Franco es periodista.

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