Cultura

‘Si me invitan, volveré a bailar al año’

El bloque en el que se estrenaron diplomáticos de Estados Unidos, Alemania, Colombia, Dinamarca y Panamá cumplió incluso el rito de la hora boliviana

Entrada. John Creamer, encargado de Negocios de la Embajada de EEUU, durante el recorrido de ayer.

Entrada. John Creamer, encargado de Negocios de la Embajada de EEUU, durante el recorrido de ayer.

La Razón / M. F.

00:02 / 03 de junio de 2012

Los diplomáticos que bailaron en el bloque Wiñay de la Señorial Illimani llegaron tarde al punto de partida. Philipp Shauer, el embajador de Alemania, estaba nervioso. “Las damas se retrasaron por las trenzas, ‘es que tenemos el cabello corto’, dijeron”. Así que se unieron al bloque en la calle Eloy Salmón.

Con pesados trajes guindo y plata, bailaron el encargado de Negocios de la Embajada de Estados Unidos, John Creamer, junto a los embajadores de Dinamarca, Panamá y Colombia, además de otros funcionarios de la legación norteamericana. “Descendimos rápidamente, nos dijeron que por el partido de fútbol”.

Dos horas después, con ayuda de una bebida energizante, se acabó el recorrido; “fue realmente muy lindo —explicó Shauer— porque me gusta bailar y no es muy complicado con un grupo grande”. Además, “el tiempo de los ensayos fue muy grato y pude conocer más de la gente de estos barrios paceños, que es la que participa de esta fiesta auténtica”.

Y, “si me invitan al año, volveré a bailar”, anticipó el diplomático. De autenticidad habló también Juan Contreras, artesano de muebles metálicos, que baila desde hace 12 años. “Pollerín” de la morenada Eloy Salmón, el hombre estaba contentísimo de llevar los colores rojo, blanco, verde y estrenar la canción que les compuso Jach’a Mallku: “Sí, sí, sí, no se equivocó, aquí está, con amor, siempre la Eloy Salmón”.

El caos se acomoda también en la fiesta

Eran las siete de la mañana y la zona del Cementerio ya estaba sumida en la vorágine del Gran Poder. En plena puerta del camposanto y a lo largo de la avenida Baptista, los comerciantes ofrecían maní, brasiers, paseos en carrusel, suspensores, comida,  medias, maquillaje y trenzado del cabello.

Más abajo, en plena Calatayud,  donde arranca la fiesta, un grupo de lustrabotas había ocupado la calzada, a lo ancho, para dar brillo a los zapatos de danzarines, músicos y algún espectador. Rápidamente fueron desalojados por los organizadores para que la primera morenada ocupe su lugar.

Las calles se fueron  haciendo más estrechas a medida que los danzarines iban descendiendo y era inevitable que transeúntes (curiosos, comerciantes y otros) se interpongan entre los bailarines y el público de las graderías que gritaba “¡levántense!”. La Policía atinaba a pedir que se peguen a la acera, aunque más disuasivo puede ser el empujón de un moreno.

Helados de colores, juguetes,   vendedores de burbujas disfrazados de dinosaurios Barney o Pitufina, payasos, fotógrafos, periodistas... Todos eludiendo a diablos, sicuris, trombonistas y demás folkloristas harían pensar que todo está perdido. Pero no. Igual la fiesta fluye y todos llegan a destino. Para el caso, a encontrarse, al filo de la tarde, con que Bolivia había perdido en el fútbol frente a Chile.

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