Espectáculos

Her - Naturaleza plástica

La Razón (Edición Impresa) / Sergio Zapata

00:00 / 16 de febrero de 2014

Un mundo marcado por el consumo y el rechazo a la soledad, como el que presenta Spike Jonze en Her, solo podemos admitir desde una paleta fulgurante, donde los colores cálidos toman el cuadro. Este gesto funge como edulcorante emocional a la decadencia que se busca retratar. Esto se refuerza con un contexto de consumo desmesurado, construcción opulenta e iluminación saturada que no hacen más que vaciar este mundo futuro, marcado por el rechazo a la soledad y al encuentro corporal.

Las imágenes plastificadas de Jonze, además de reforzar este universo aséptico, tecnológico y carente de sensualidad, permiten al espectador el consumo pasivo y la total sumisión al discurrir el idilio hombre-máquina. En Her, la naturalización de la plasticidad, del deseo de compañía, aunque ésta sea un sistema operativo, es condicionada por el mercado y por un presente propenso a las relaciones virtuales, en las que vivimos con nuestro otro yo editado digitalmente. Sin embargo, la insinuación del amor con un sistema operativo personalizado supone el enamoramiento de uno mismo, pues toda inteligencia artificial se compone a partir de las necesidades del usuario. En este sentido, Jonze migra a la ciencia ficción, otorgándole al sistema las facultades humanas, a excepción de la diferencia original: la sensual.

Her parece haber abierto al gran público lo que el cine B y la ciencia ficción vinieron acusando: la disolución de la sensualidad en las relaciones mediadas por interfaces digitales, la intolerancia a la soledad por parte de los sujetos contemporáneos y el triunfo del mercado y los bienes que sustituyen el afecto por  sobre cualquier experiencia social corporal.

Sepa más

Esta cinta está nominada a cinco premios de la Academia. Todas las candidaturas están en www.oscars.org.

Pistas

Cuerpos y bits

La idea del amor entre humanos y máquinas no es nueva en el cine, en particular en el Clase B, que siempre se aproximó a las formas de relacionamiento entre el inventor y su invento de maneras varias, desde la relación de emancipación del creado respecto a su creador hasta su dependencia filial sentimental. En Her la relación se plantea como posible a favor de las condiciones actuales de virtualidad. Jonze construye este universo desde la ruptura sentimental de su protagonista, el escritor Theodor, que no fue feliz con un semejante real y encuentra la felicidad en la máquina.

La promesa del amor

Jonze ahonda en elementos perversos al asumir que nuestra realidad contemporánea y las relaciones afectivas deben estar mediadas por el consumo de tecnologías que median entre los cuerpos, hasta llegar a pensar, por una condición de mercado actual, en que es posible el amor con máquinas, idea nada descabellada por las herramientas y las interfaces actuales. La promesa del amor con una voz, con la tan mentada expresión que refiere que el amor es ciego, es la clave del guión de Her, que permite pensar que el amor no tiene cuerpos ni límites espaciales siempre y cuando sea un producto diseñado a medida.

Artificial

Con la promesa de que “no es solamente un sistema operativo, es una conciencia”, Theodor adquiere a Samantha. La inteligencia artificial, tema recurrente en el cine, ofrece la construcción del amor desde la relación entre una voz y un hombre solo. Este elemento, como la sustitución de cuerpos por sentimientos henchidos de nobleza y simpatía, dota de humanidad la trama. Por otro lado, no podemos perder de vista el rechazo flagrante a la sensualidad y al erotismo. Estos elementos constituyen la tragedia de nuestro tiempo, pues Jonze realiza una perversa crónica de la soledad.

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