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‘Un homme qui crie’: La degradación por la guerra civil

Un homme qui crie (Un hombre que grita), de Mahamat-Saleh Haroun, es una película francoafricana que muestra la degradación que causa la guerra civil en todas las escalas.

Una escena de la cinta 'Un homme qui crie (Un hombre que grita)'.

Una escena de la cinta 'Un homme qui crie (Un hombre que grita)'.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 10 de abril de 2016

Un homme qui crie (Un hombre que grita), de Mahamat-Saleh Haroun, es una película francoafricana que muestra la degradación que causa la guerra civil en todas las escalas. Ambientada principalmente en Chad, trata sobre la vida de Adam, un hombre de 55 años, excampeón de natación, que trabaja en un hotel como encargado de la piscina. Con una existencia sin mayores contratiempos junto a su esposa y su hijo, la guerra civil toca su puerta y, al no querer abrirle, se entra por la ventana, casi sin avisar, desbaratando su tranquilidad.

La conmoción que genera es tanta que desestabiliza a Adam no solo por el lado laboral, sino también, y sobre todo, por el familiar. El hotel donde trabaja es privatizado, resultando así los nuevos dueños un grupo de empresarios chinos, quienes deciden cambiarlo de puesto: de encargado de la piscina a portero del hotel. La frustración por este suceso es reflejada claramente en un primer plano de manera tal que sus ojos revelan que desde ese momento ya no volvería a ser el mismo, más todavía cuando es su propio hijo el que toma su puesto por decisión de los nuevos dueños. Pero hay otro evento que marca aún más su vida: la entrega que tiene que hacer de su hijo al Jefe de Distrito, entrega que hace, por cierto, entre un sentimiento de culpa y de satisfacción porque así podría recuperar su antiguo trabajo… entrega que es, al final de cuentas, un pago para contribuir al esfuerzo bélico de ese momento, en vista de que no puede colaborar monetariamente con esa causa.

El montaje en este filme es particular, ya que corta escenas sin previo aviso, casi en seco, para darle un tono no tanto de suspenso, sino más bien ese matiz árido característico tanto de la propia África como de la situación violenta que se vive en ese momento. Sin embargo, esta desolación y muerte es contrastada con el embarazo de la novia de Abdel, el hijo de Adam, y con el agua, primero de la piscina que pareciera estancar a Adam, ya que no se quiere mover del lugar, a pesar de la guerra, para no perder su puesto laboral; algo totalmente contrario al agua del río, que fluye, al igual que la música de fondo, llevándose con ella no solo a Abdel, sino también un pasado lleno de culpas y de rencores.

Es así que Un homme que crie se torna en la alegoría de un grito silencioso por el descontento de una vida impuesta por los avatares que genera cualquier disturbio sociopolítico: la historia de la patria contada a través de la vida de un hombre que representa la voz y el sentir de todo un continente que vive en constante disputa interna.

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