La Revista

La increíble vida de Walter Mitty

Stiller atiende a todos los momentos de divagación de Walter Mitty (interpretado por él mismo), introduciendo grandes secuencias de acción que permiten adentrarnos a lo más depurado del cine industrial, conjugando con estas secuencias la trama familiar, similar a una novela de misterio.

Una imagen de la película 'La increíble vida de Walter Mitty'.

Una imagen de la película 'La increíble vida de Walter Mitty'. Cinemascine.

La Razón (Edición Impresa) / Sergio Zapata / La Paz

00:01 / 19 de enero de 2014

Con un remake de Norman Z. McLeod (1947), Ben Stiller retorna a la dirección, después de las exitosas Zoolander (2001) y Una guerra de película (2008). La increíble vida de Walter Mitty es una comedia tan correcta como lúcida. Correcta por la trama romántica y de autosuperación —siempre complaciente, como el género lo demanda—, y lúcida por el contenido cinéfilo y el ánimo de escarbar en la comedia americana desde la parodia y la sátira. Sin embargo, Stiller prefiere priorizar la complacencia de un público ávido de mensajes de autosuperación individual. 

Stiller atiende a todos los momentos de divagación de Walter Mitty (interpretado por él mismo), introduciendo grandes secuencias de acción que permiten adentrarnos a lo más depurado del cine industrial, conjugando con estas secuencias la trama familiar, similar a una novela de misterio, donde se nos ofrecen claves aleatorias a favor de un final inevitable, con la fotografía de despedida de la revista Life, donde Walter es el gerente de negativos.

Esta imagen la conoceremos en el final, como gran corolario de un viaje de autoconocimiento del protagonista, que transitará desde Groenlandia hasta Afganistán, al encuentro del fotógrafo Conrad (Sean Penn).

Si bien Conrad habita en el fuera de campo como una promesa, pues carga el objeto de deseo de Walter, nos ofrecerá el momento más subyugante de la cinta, desligado de todo el efectismo que atiborra la cinta, recordará, mediante la interpelación a la fotogenia, aquel gesto de belleza solo es posible mediante la primera mirada, que Conrad prefiere no perpetuar, no fotografiar, sino retener en su memoria y disfrutar el acto de mirar.

La increíble vida de Walter Mitty es, además, un homenaje a lo analógico, en tanto permite escudriñar en los misterios de la fotografía como de su divulgación en un sistema que tiende a lo digital. Lástima que Stiller no indagó en este fenómeno, como tampoco escarbó en  la producción  masiva de imágenes a favor de la pieza icónica única e irrepetible, como puede ser la tapa de una revista en su última edición impresa.

Pistas

‘Delirio de grandeza’

En 1947, Danny Kaye protagonizó Delirio de grandeza (The Secret Life of Walter Mitty), dirigida por Norman Z. McLeod, que se aproxima a la vida de una adulto tímido y reservado que escapa de la opresión ejercida por su madre. Esta comedia del Hollywood de oro habla sobre el triunfo individual con base en el esfuerzo y la dedicación, por lo que la construcción narrativa de McLeod opta por caricaturizar los sueños, acusados de absurdos por la siempre siniestra realidad; siempre, el lugar de lo posible.

‘La imagen de la felicidad’

Cris Marker, en la apertura de Sans Soleil (1983), reflexiona sobre la aparición de las imágenes: de la imagen a la evocación. El cine ensayo, desde su posición más radical, plantea el lugar de la imagen y del montaje, su ritmo y encadenamiento. Entre la representación y la materialidad de las imágenes, algunos prefieren el negro (la ausencia); otros, el movimiento o el montaje, siguiendo la quimera del cine; y otros, la soledad del fotograma, en busca de la fotogenia, en la espera de la realización del tiempo (capturarlo, la otra quimera).

‘Arrebato’

En 1982, Ivan Zulueta estrenó Arrebato (España), donde se piensa el gesto de filmar y al cinematógrafo como un aparato que deglute a los sujetos. Un director, José, estancado en la pesadumbre que supone la carencia de ideas, encuentra su redención en la mirada fulgurante de un explorador, Pedro, una extravagancia solo posible en los grisáceos años posfranquistas, que persigue un ideal, un fantasma que habita en sus registros fotoquímicos, una imagen que contiene la fotogenia.

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