La Revista

‘50 sombras de Grey’: fin de campaña

La Razón (Edición Impresa) / Mary Carmen Molina

00:00 / 22 de febrero de 2015

Imaginemos un experimento. Mejor, una trasposición. Sacamos a una chica de una comedia romántica. La más buena. Pretendemos que nunca nadie escuchó de Sade ni de su filosofía del… ¿tocador? Añadimos un maniquí masculino parlante. Le inventamos, por si acaso, algún trauma infantil y, por qué no, una dominatrix. Adornamos un escenario de iniciación en la sala de reuniones de una gran, gran corporación gringa. No olvidamos música explicativa: Got me looking so crazy right now, your love’s got me looking so crazy right now.

Digamos que esta llevadera de cosas de un lugar a otro, supuestamente, diferente, funciona. En verdad, 50 sombras de Grey funciona. Sería posible dividir a los espectadores de esta película según el grado de humor que le ponen al asunto: de la censura moral a la carcajada cínica, o mejor, de las mejillas sonrojadas a los bostezos. Dos años la publicidad entretuvo a amos y sumisos. Llegó el día y las cosas son más simples, funcionales. La creatividad de los publicistas no se igualaría al grado de humor de la chica, ni del maniquí, menos de la dominatrix o Sade. Ni siquiera Beyoncé.

Con un guion que se contrapone radicalmente a la elasticidad de las obligaciones de un contrato de dominación sexual, 50 sombras de Grey demuestra destreza en el manejo de las emociones de un gran grupo focal, la audiencia, interrogada sobre sus hábitos de dormitorios, ascensores, WhatsApp, terapias y consumo. A falta de carne, verduras para todos. Cocidas para eliminar bacterias y en cantidades medidas, para no herir estómagos ni corazones.

Un discurso de desintoxicación erótica que calza risiblemente con los propósitos de una dominatrix que no sabe de excusas ni perdones. Solo publicidad.

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