Marcas

¿Alienígenas o muy humanos?

Barcelona es el mejor de los mejores por el espíritu con el que sale siempre a la cancha.

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

01:00 / 15 de marzo de 2013

El Barcelona tuvo un mes crítico con la partida de su entrenador, Tito Vilanova, que marchó a Nueva York para recuperarse de una delicada operación en la que se le extrajo un tumor de la glándula parótida. A partir de la motivación para jugar en homenaje a su conductor, el equipo desplegó una exhibición notable con la que arrolló al AC Milan y consiguió su paso a cuartos de final de la Champions League.

Aquellos que siempre terminan golpeándose con la próxima puerta de vidrio que les toca trasponer, le cantaban el principio de una crisis terminal a este Barcelona de Guardiola-Vilanova-Roura. Volvieron a jugar al periodismo de titulares, a eludir la retrospectiva necesaria para revisar una trayectoria y unos argumentos que ayudan a comprender cómo es que hizo el equipo azul grana para alcanzar la más asombrosa regularidad —cinco años continuos— que haya podido conseguir un equipo de fútbol en toda la historia del balompié. Se golpearon con el vidrio en lugar de abrir la puerta para espantar los malos espíritus, algunos se rompieron la cara y otros la crisma porque los culés no habían estado muertos, no habían sido presas de algún maligno espíritu que les había mandado a la mierda los ánimos y las ánimas.

Entre tanto, luego del espejismo, el AC Milan se evaporó dos semanas después, luego de haber exacerbado la italianidad futbolística de no tener la pelota y hacerse de ella sólo para contraatacar y convertir con la eficacia que distingue a cualquier fuerza reaccionaria del planeta. Pues bien, en el partido de vuelta los rozoneros no se convirtieron en estatuas de sal, pero sí fungieron como conos de entrenamiento frente a un equipazo que hizo de la convicción y el homenaje a su director de orquesta  —Tito Vilanova, ya casi recuperado y a punto de retornar de Nueva York— el nervio motor para exhibir el catálogo de argumentos con los que pudo sellar ese 4-0 que lo sitúa en los cuartos de final de la Champions League.

Gerárd Piqué había declarado 48 horas antes “ganaremos 3-0 y jugaremos por Tito” y con esa frase desmoronó ese disparate que pasa por querer convertir a los futbolistas del Barsa en tipos de otro planeta, en protagonistas de alguna guerra de las galaxias, en alienígenas que te dejan pagando y en ridículo gracias a esa perfección que hacen de la precisión espacio temporal para dibujar las figuras geométricas en círculos o en líneas rectas que se les antoja y así rayonearles la cabeza a los rivales. Pero claro, como estamos en tiempos de extendido pragmatismo deshumanizado y absurdo, no podemos concebir que este cuadro sea una muy acabada expresión futbolística de la condición humana, de sus polifacéticos valores que lo hace justamente más de carne, hueso y fibras, por tener como punto de partida la ética y el juego limpio y a partir de ahí exponer con gran fluidez, talento, supremacía y eficacia.

Si un futbolista como Xavier Mascherano dice que no se siente bien luego del 4-0 porque cometió un error al principio del juego que pudo haberle costado muy caro a su equipo, estamos ante la constatación de lo que digo: El marcador central del equipo que hace del fútbol un espectáculo de plasticidad sin parangón decide no hacerse el loco, facilitado por la diosa fortuna, e inicia su comparecencia ante los medios reconociendo un error cometido, rehuyendo un previsible triunfalismo si nos atenemos al marcador final. ¿Qué significa esto? Que ¿los jugadores del Barsa son unos marcianos? Todo lo contrario, quiere decir que el mejor equipo del mundo no produce estrellas del espectáculo (esa es una consecuencia, no una búsqueda), sino deportistas y competidores que logran lo que pocos colectivos humanos con estos grados de expresividad y calidad superlativos, lo que significa tener fusionadas la ética con la estética, es decir, partir de la buena fe y la honestidad para producir, en este caso, fútbol elevado a categoría de arte.

El Barcelona es el mejor de los mejores no sólo porque ha formado con gran inteligencia a su élite de cantera y generalmente ha acertado para fichar de afuera, sino fundamentalmente y para comenzar, por el espíritu con el que sale siempre a la cancha, sin exhalar por los poros esa histeria propia de los artistas vanidosos, egocéntricos e insoportables, sino la de un equipo de compañeros que pone por delante los mejores valores que permite la práctica comunitaria. En efecto, estas grandes figuras del fútbol son para comenzar comunes y unidos, en un espacio en el que no hay pleitesía para ninguno, demostrando que el igualitarismo también puede consolidarse hacia arriba, teniéndose en cuenta que a sus filas pertenece el mejor futbolista del planeta, nunca pendiente de qué planos de él registrará la televisión mundial.

Parece contradictorio, pero no lo es: El mejor equipo del mundo, equipo en todo el sentido de la palabra, ha sabido resistir las tentaciones del glamour y la frivolidad,  la manipulación publicitaria de los egos, y así esquivar el descorazonamiento muy común en el mercado de las oportunidades en el que se vende ostentación y un estilo de vida donde poseer y acumular es más importante que ser y compartir.

El Barcelona juega siempre con las mismas convicciones y alguna vez puede ser vulnerable a un bajón. El equipo estaba apesadumbrado porque el entrenador que ha superado los récords de sus antecesores, ese que fue maestro cuando varios de ellos eran cadetes de las divisiones infanto-juveniles, provocó el susto que cualquier cáncer puede provocar. Su ausencia fue sentida y se hizo extrañar. En consonancia con su equipo ha remontado el mal temporal y se apresta al reencuentro para celebrar eso que en el Camp Nou es moneda corriente y pasa por tener fundido el gran juego con el espíritu de cuerpo.

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