Marcas

Un Barcelona burocrático y aburrido

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel

00:00 / 23 de febrero de 2015

La inequitativa liga española nos advierte de vez en cuando lo embebidos que andamos con las alineaciones del Barça, el Madrid, y el Atlético, porque de gran parte del resto de los equipos, salvando forzadamente al Valencia y al Villarreal, sabemos casi nada, no nos preocupamos por buscar referencias sobre su forma de jugar, y ni siquiera de sus oncenos actuales. Todo esto resulta de esa aberrante desigualdad en la distribución de los recursos procedentes de los derechos televisivos, pues mientras los dos megaclubes que apantallan al planeta entero se llevan 800, los 200 que quedan se reparten ¡entre 18! y así nos pasamos el año entero expectantes por lo que hacen los de Chamartín, los de la ciudad Condal, y ahora, gracias a Simeone y su espíritu de lucha, el asunto se ha hecho tricéfalo con los colchoneros disputando últimas instancias y títulos.

Digo esto a propósito de la derrota de los azulgranas frente al Málaga (0-1) que después de 16 años consiguió triunfar en el Camp Nou frente a un conjunto de oficinistas aburridos con la rutina y los horarios tarjeteros, tal como esta versión barcelonista de Luis Enrique encaró el juego frente a un rival práctico para defender, que supo eludir las desatenciones, y contraatacar como para que quedara claro que Juanmi y Castillejo estaban para romperles las cinturas a Busquets, Piqué y Mathieu.

Cuando el equipo que mejor jugaba al fútbol hasta hace un par de años, y lo venía sosteniendo de una a otra temporada, cae en el pozo de la intrascendencia, como ya le ha sucedido con Enrique en el banquillo, tenemos repeticiones conjuradas por el adversario, porque a los automatismos no se les agrega sorpresa, cambio de ritmo o alguna genialidad fuera de libreto, considerando los varios solistas de los cuales dispone para procurar tales opciones.  Fórmula 1: Messi bien recostado por derecha, cambia de frente para Neymar, éste que se corre hacia el centro para encontrar el hueco y disparar hacia la nada. Fórmula 2: Iniesta queriendo filtrar balones para habilitar a Suárez, Messi o Neymar y las dos líneas de cuatro del rival  muy juntas, más un portero hiperatento, conjurando todas las intentonas. Fórmula 3: Messi queriendo meterse por adentro superando rivales y cayendo o perdiendo el balón. Fórmula 4: Pelota larga por derecha para Suárez que se saca la marca de encima, ejecuta y a las manos del arquero camerunés Kameni o a la parte externa de la portería.  Éste fue el repertorio del Barcelona y cuando el entrenador decidió mandar a refrescar el funcionamiento con los ingresos de Mascherano y Rakitic, ya era demasiado tarde porque los de la tierra de Antonio Banderas habían cumplido con los trazos definidos previamente, ejecutándolos con la liviandad del equipo que no le tiene miedo al nombre ni a las individualidades del anfitrión catalán: Marcaron bien, ocuparon los espacios clave para hacer del rival, inofensivo y predecible, y salieron de contra con balón dominado por lo menos media docena de veces para poner en zozobra al meta chileno Bravo.

La derrota del sábado aplaca nuevamente el exitismo culé, que ya volvía a levantar cabeza con los posibles nuevos récords de su principal figura, hasta antes de ese partido, prometiendo volver por sus fueros, con el bajón de su archirrival en un momento clave para alcanzarlo, y con la emotiva ceremonia producida 24 horas antes, encabezada por su presidente Josep María Bartomeu, en el bautizo de la principal cancha de entrenamiento del primer equipo con el nombre del ya legendario maestro Tito Vilanova. Ninguno de estos acicates sirvió, sin embargo, para que viéramos a un equipo ilusionado con jugar, disfrutando como casi invariablemente lo hace, con ese placer seguramente indescriptible de quienes se divierten con la pelota durante algo más de 90 minutos en semejantes escenarios de élite, pero que el sábado, exponían signos de indisimulable tedio, falta de bríos y desinteresados por fabricar algo más que los consabidos movimientos que caracterizan su forma de jugar.

Es bueno que un equipo que marcha séptimo en la tabla general (38 puntos contra 56 del Barcelona), aparezca de vez en cuando para recordarnos el lugar común del “once contra once” que por el lapso de hora y media, iguala las asimetrías entre unos presupuestos y otros, unos palmarés y otros, unos jugadores y otros. Eso es lo que demostró efectivamente el Málaga que en toda su historia ha conseguido un cuarto lugar como su mayor logro en la liga española, que ha tenido bajo su dirección al chileno Manuel Pellegrini y que jugó la Champions 2012-2013.

Los exitistas y apresurados de siempre, empezaban a inventar coros de admiración para el trío sudamericano en ataque del Barcelona, mientras los datos de la realidad del juego dicen que Luis Suárez ha insinuado intermitentemente lo que puede, pero que todavía no está ni cerca de sus mejores producciones expuestas con sobrada holgura en el Liverpool. Observadores más agudos dicen que las características del ariete uruguayo son más apropiadas para un fútbol predominantemente físico como el inglés y no para equipos en los que manda la calidad del pase y el juego asociado en espacios reducidos. En este sentido, será cuestión de esperar, pero lo que sí parece no tendrá un final con proyección es la permanencia de Luis Enrique a cargo del equipo, que si bien ha conseguido golpear la mesa en momentos de inestabilidad como diciendo “soy el Míster y aquí mando yo”, no ha podido demostrar hasta ahora la empatía necesaria con una plantilla que tiene un puñado de líderes que juegan hace muchos años juntos y que por supuesto comparan y sacan conclusiones acerca de las ostensibles diferencias entre el actual mandamás y lo que fueron capaces de hacer los maestros Josep Guardiola y Tito Vilanova. El Barcelona está aburriendo a las plateas y a las teleaudiencias y es que tiene un entrenador gris como él solo, con jugadores talentosos que necesitan de una conducción carismática que les evite el ingreso a zonas de letargo como en la que anduvieron el sábado, un sábado de burócratas, insensibles y satisfechos, que como hacía mucho no lo hacían, coquetearon de manera inquietante con la mediocridad.

Julio Peñaloza Bretel es periodista. Responsable de Historia y Estadística de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF).

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