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De Brasil 1950 a Brasil 2014

Si Brasil, además de jugar la final, gana, se disparará en los números históricos con seis copas del mundo

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

02:41 / 31 de enero de 2014

A cuatro meses y medio del Mundial, hay dos estadios con problemas en su construcción que podrían quedar fuera de circuito si no cumplen con los plazos exigidos por la FIFA. Pero este terminará siendo apenas un detalle o una anécdota frente a la monumental dimensión futbolera, como no la tiene ninguna otra cultura contemporánea, de lo que se vivirá entre junio y julio de este año. Si Brasil llega a la final y repara simbólicamente el daño colectivo del Maracanazo de 1950, el planeta podría convertirse en una locura festiva difícil de medir por ahora.

Los movimientos sociales están indignados porque en sus propias narices circulan los millones de dólares necesarios para la conclusión de los estadios en los que se jugará el tercer Mundial del siglo XXI, probablemente el más resonante, desde que el torneo empezara a disputarse hace 84 años. Parece un contrasentido que en el país donde más futboleros habitan, con dos de las hinchadas más grandes del planeta —Flamengo con 40 millones, Corinthians con 30 millones de “torcedores”—, las impugnaciones a la realización del evento se multipliquen conforme nos acercamos al 13 de junio. Es que el pan está primero que el circo y, más todavía, si ciertas carencias pasan en cierta medida por evidentes indicios de conductas nada santas de una clase política tan poderosa como la empresarial, esa que sitúa al Brasil entre las más poderosas economías del planeta.

El problema persistente del que para muchos es un continente dentro de otro es que, considerando las significativas transformaciones sociales concretadas por Lula, que lo sitúan como al presidente brasileño más querido de la historia, no pueden todavía superarse los índices de inequidad, expresados en marginalidad, por lo tanto, en delincuencia y violencia social desde esos territorios llamados favelas, enquistados en las grandes urbes, donde coexisten la metralleta para defender a la banda urbana que trafica con drogas y la pantalla de alta definición en la que pueden verse con hiperrealismo audiovisual los partidos de la verde amarilla.

Alucinante por su exuberancia, por su profusa belleza tropical, por su proverbial vocación por la música y la danza, esa que en gran medida está expresada en sus maneras de jugar al fútbol. El Brasil de Dilma Rousseff todavía no consolida la finalización de las obras que la FIFA debe certificar en un plazo prudencial para que la participación de las 32 selecciones clasificadas quede plenamente garantizada. Entre el Brasil de Dilma, que es una topadora empujada por la transnacionalización del espectáculo, y el Brasil de los indignados, hartos de la corruptela y el pillerío político, no hay conexión posible. Esto solo podría suceder si la escuadra formada por Luiz Felipe Scolari llega a jugar la final en el Maracaná, el 13 de julio, y se desatara una enajenación masiva tan propia de cualquier fanatismo.

Si el scratch, además de jugar el partido de partidos, logra ganarlo, tendremos que Brasil se disparará en los números históricos con seis copas del mundo. Quedarán dos peldaños abajo Italia, que tiene cuatro; tres abajo Alemania, que es tricampeón; cuatro Argentina, su archirrival histórico con dos títulos; lo mismo que Uruguay, y nada qué decir de Inglaterra, Francia y España, que han conseguido el trofeo una sola vez cada una. De esta manera, la única selección que ha participado de todos los torneos mundiales podría reparar simbólicamente esa tragedia nacional llamada Maracanazo (1950), que provocó algunos suicidios y muchísimos desvaríos. Todo por obra y gracia de la polenta de un uruguayo llamado Obdulio Varela, que puso a la celeste por los cielos de la gloria, y que dejó firmada una frase de campeonato literario: “El partido se gana con los huevos en la punta de los botines.”

Entre ese torneo jugado hace 64 años y el que se disputará en algo más de cinco meses, el mundo ha cambiado un mundo y dentro de él, de manera radical, el fútbol. En el que además de los cojones que los uruguayos pusieron para ganar su segundo mundial, hay que planificar hasta el último detalle, pues de juego y deporte, el fútbol se ha ramificado en espectáculo y negocio con efectos cada vez más extendidos y diversificados.

Justamente por la nueva realidad planetaria, y aunque el haber obtenido la Copa Confederaciones el pasado año es un estímulo y un certificado de decisiones acertadas, el anfitrión sabe que España intentará coronarse por segunda vez, con una notable generación de futbolistas para los que muy probablemente será su última Copa del Mundo; y que Alemania, a través de sus equipos en la Bundesliga y la Champions, está trabajando la intensidad como valor agregado y diferenciador para imponerse a los que podrán constituirse en serios rivales a vencer.

Con este contexto de nuevo tiempo mundial, con ocho grupos y treinta y dos selecciones, con el colorido y la diversidad dentro los estadios, pero fundamentalmente en las calles y en las playas, este Brasil 2014 es un desafío de múltiples estímulos para sensaciones e intereses disímiles. Según mis apuntes, hay por lo menos diez selecciones que tienen todos los argumentos para imponer otra vez el discurso de un juego ofensivo, donde el riesgo sea carta fundamental, otra vez, como parte trascendente de las formulaciones tácticas. En esa lógica, además de las protagonistas ya citadas, hay que contar a Holanda, Chile, Colombia, Costa de Marfil, Uruguay, Inglaterra, Francia, Argentina, Portugal y Bélgica.

Concluido el primer mes de 2014, quedan nada más que cuatro meses y medio para el pitazo inaugural. Y me queda en limpio que el poder del fútbol es tan extraordinario que los indignados brasileños terminarán llamándose a una tregua porque así como un día hubo Pelé, Garrincha, Zico, Sócrates, Romario, Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho Gaúcho, hoy existe un chico llamado Neymar, por el que acaba de armarse un lío formidable gracias a un contrato repleto de sospechas, cuando él, nada más, dijo que quería jugar en el Barcelona, aunque otros clubes le ofrecieran más dinero.

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