Marcas

Croacia; el fútbol como batalla

Es la constatación de que el talento puede emerger a pesar de las circunstancias.

La Razón (Edición Impresa) / Camila Urioste

10:32 / 15 de julio de 2018

¿Dónde estabas tú cuando Croacia metió ese último gol en el tiempo de alargue del partido contra Inglaterra? ¿Dónde estabas en el momento del último pitazo cuando Croacia se convirtió en el país más pequeño en meterse a una final del Mundial, después que Uruguay lo hiciera en 1950? ¿A quién abrazaste en ese momento en que te diste cuenta de que la FIFA puede bien ser una institución corrupta, y favorecer a los equipos grandes, que el fútbol puede bien estar prostituido a los intereses capitalistas, pero que aun así sigue siendo mágico, que aun así hay espacio para los milagros? Yo estaba en Sucre, viendo el partido en una plaza de comidas con pantalla gigante. Por suerte tenía a mi lado a mi compañero para abrazarlo y casi hacerlo caer con silla y todo al piso de losa blanca, porque ese era un momento para abrazar, para abrazar a la persona que tuvieras al lado, y más si era tu compañero, un momento para caer abrazados gritando gol.

Escribí hace unos días que, desde la eliminación de Uruguay, el mundial había perdido su emoción para mí. Y es verdad… jamás es lo mismo si no juega Uruguay. Pero desde que conocí la historia de Luka Modric, Croacia ocupó el segundo lugar en mi lista de favoritos. De hecho, Croacia es el único equipo cuya victoria podría emocionarme casi casi tanto como la de Uruguay. Es por el asunto del underdog que les comenté en una columna anterior: la pasión por el desfavorecido, por el país pequeño, el equipo de escasos recursos, el no-favorito, el David que se enfrenta a algún tipo de Goliat con nada más a su favor que la inteligencia y el talento. Y una buena dosis de pasión.

El fútbol (y casi todos los deportes de equipos) es una especie de simulación de la guerra. Tienes dos bandos, un campo de batalla, táctica y estrategia para vencer, tienes los cuerpos de los soldados que son a la vez las armas. Tienes la munición en forma de pelota. Tienes un capitán, y héroes, y un pueblo entero de cada lado, tienes banderas e himnos, y solo puede haber un “ganador”. La guerra es tan antigua como el ser humano, y es tal vez esa parte de la atracción que ejerce sobre nosotros el deporte; algo innato en nosotros que nos atrae a la violencia y la confrontación, que nos hace adictos al sueño de la victoria. En el fútbol no hay sangre, no hay muertos; es una batalla transformada en juego, una guerra estética, como una danza.

Croacia es un país que sabe de guerras. Luego de la caída del bloque socialista, las guerras en la región de los Balcanes destruyeron familias y ciudades. Croacia se convirtió en el país que es hoy tras lograr la independencia de Yugoslavia en 1992. Croacia entró a la FIFA en el 92 y en su debut en el mundial de Francia 98 llegó a la ronda final, ganando el tercer lugar, una hazaña que ha logrado superar 20 años después. Hoy, la selección croata juega la final contra el favorito, Francia. 

Leí en un artículo que lo de Croacia no tiene sentido ni razón. No hay, detrás del éxito croata en el fútbol, una política, una decisión de las autoridades, no hay un sistema, ni grandes recursos. No hay un Tabárez liderando un movimiento, no hay una política de entrenamiento y reclutamiento de jóvenes talentos, como la hay en Bélgica, nada de eso. Lo que hay en Croacia, si hay algo, es la constatación de que el talento puede emerger a pesar de las circunstancias. Si hay algo, es pasión y talento que se imponen por encima de la corrupción de sus instituciones, de la falta de recursos y de todos los obstáculos propios de los países pequeños, politizados y corruptos. Si hay algo, es lo que me gusta llamar “la garra charrúa”.

Ya me gustaba Croacia por la historia de Modric, de aquel niño flaquito que jugaba fútbol en los hoteles de refugiados durante la guerra de los Balcanes. Pero me terminé de enamorar del equipo durante el partido contra Inglaterra. Porque no se rendían, porque el arquero, lesionado, no se rendía. Porque seguían corriendo, seguían dominando, porque estaban jugando su tercer tiempo de alargue y los penales eran algo así como un final indigno para tanta pasión. Como una nación que tiene que seguir a pesar de la guerra, como una familia que tiene que seguir adelante a pesar de que la casa se ha quemado, con esa tenacidad con que los seres humanos nos aferramos a la vida, así jugó Croacia todo el partido, pero sobre todo el tiempo de alargue, hasta que Mandzukic la mete hasta la red y también después, después de aquel gol siguieron. Sus piernas ya casi no funcionaban, sus pulmones se expandían y contraían con desesperación, sus cuerpos crujían y sus músculos dolían, pero aun así no los paraba nadie. Los jugadores de Croacia superaron sus límites físicos, viajaron por encima de esos y de todos los límites hasta el triunfo. Y cuando sonó el pitazo final, algunos de ellos corrieron a la cancha envueltos en una euforia, y varios de ellos se hundieron en el suelo, sobrepasados por el esfuerzo físico enorme, pero también por el peso enorme de su logro. Croacia. País de 4 millones de almas.

Los jugadores croatas que todavía podían moverse corrieron hacia sus fanáticos en la tribuna, bailaron y cantaron, bajaron a sus hijos a la cancha, sacaron banderas e inundaron de alegría el estadio Luzhnikí.

Hay que decir algo acerca de Gareth Southgate, el gentleman inglés que dirige a la selección de Inglaterra, el hombre sensato vestido de gris, ese que no pierde la clase, que no pierde la compostura frente a ninguna situación. Ese hombre sensato (así lo llama la mismísima prensa inglesa, a sensible man) miró desde la mitad de la cancha, la escena de festejo de los ganadores. Había en su rostro una especie de tristeza digna. Southgate esperó pacientemente para felicitar a los jugadores y equipo técnico de Croacia. Esperó porque no parecía querer interferir en el festejo o interrumpir su momento. Tal vez tampoco quería evadir el fracaso, la desilusión.

Tal vez ese momento de derrota no evadida le servirá como inspiración, para la próxima. Sería una actitud propia de un hombre sensato.

Hoy veré el partido con el corazón a cuadritos blancos y rojos. No tendré a mi lado a mi compañero para abrazarlo si ganamos (ahora Croacia es un nosotros), pero cada gol croata será festejado a distancia con la misma complicidad y alegría.

Camila Urioste es escritora.

Invitada por Marcas de La Razón durante el Mundial Rusia 2018.

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