Marcas

¿Esclavos los futbolistas...?

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

00:27 / 29 de septiembre de 2014

Una suerte de leyenda urbana sitúa a los jugadores de fútbol como a una especie de esclavos de los dirigentes, de los representantes, de las marcas deportivas; como objetivos de los vivos que se acercan a ellos y se aprovechan de su bondad, de su generosidad e inocencia. Los ve como unos indefensos blancos contra los que disparan los medios y a quienes explotan las botineras, la familia, los amigos... Existe una creencia —bastante generalizada— de que son cándidos seres oprimidos a quienes otros les sacan el dinero y los hacen trabajar donde quieran y como quieran.

Paradigma de esto último es Falcao García... En cada una de sus hipermillonarias transferencias el vulgo ve algo así como que él es un pobre vasallo sin voz ni voto al que fuerzas del mal le ordenan un destino. Que los malignos fondos de inversión le manejan la carrera. Y allí tiene que ir, encadenado, el sacrificado Radamel, a jugar al Manchester United, a vivir en una oprobiosa (aunque despampanante) mansión en Inglaterra, obligado a trasladarse en un batimóvil y a ganarse sus modestos 14 milloncitos de euros por año (libres de impuestos...). Realmente, no hay derecho a hacerle esto a nadie...

Lo muy gracioso de esta película inexistente es que quienes más se conduelen de la supuesta “esclavitud” son sujetos que viven con lo mínimo, trabajando duro por un sueldito con el cual no llegan a fin de mes.

Y después del retiro, cuando muchos jugadores han cometido la proeza de despilfarrarse millones y millones (porque no es fácil tirar tanta plata, eh...) la gente, mucha, siente una pena enorme por estos desprotegidos individuos, víctimas “del negocio” a los que “la maquinaria del poder” usó y después desechó.

Luego, estos desdichados muchachos a los que la vida ha golpeado tan duro dándoles mundo, gloria, fortuna, mujeres espectaculares y comodidades extraordinarias por saber jugar muy bien a la pelota, deciden un día transformarse en periodistas y entran en un santiamén, sin estar preparados ni tener condiciones, a comentar en televisión, algo que a un comunicador podría llevarle años de capacitación y espera. O bien se introducen en política (en Brasil es bastante frecuente) y consiguen sin mucho esfuerzo una banca en el Congreso o un cargo de concejal o de director de deportes. O hermosos puestos en el Estado.

Ello sin contar con el poder devastador del que gozan. Son la última palabra, deciden todo, si renuevan contrato, si se van, si aceptan ir a tal o cual club...

Entrenador que se enfrenta con ellos tiene que irse. Pueden darle incluso un golpe de estado al presidente de la institución. Más, ¿qué debería hacer Joseph Blatter si los 40 o 50 mejores del mundo se juntaran y lo declararan persona no grata...? Hasta el presidente de la FIFA tambalearía si los Messi, Cristianos, Robbens, Mullers o Riberys le bajan el pulgar. Ellos son el comienzo y el final de todo. El 90% del ingreso de los clubes es para pagarle a los jugadores. Si queda algo, es para todo lo demás.  

La reflexión deviene de la noticia, triste sin duda, de que Iván Zamorano ha perdido todo su patrimonio, que era muy grande, e incluso está sumido en deudas. Ojalá Iván logre revertir la situación y recuperar su dinero. Dicho de todo corazón. Era un jugador corajudo, contagiante, al que en su esplendor admiramos. Deseamos lo mejor para él. En general todos anhelamos para los héroes deportivos un retiro confortable; por las alegrías que nos dieron y porque encarnamos en ellos muchos de nuestros sueños. Les guardamos perenne gratitud. Pero Iván no es víctima de nada, tan solo de sus fallidas inversiones.

Los futbolistas son, sin duda posible, ciudadanos de privilegio. Reciben desde muy jóvenes cariño, atenciones, honores, manantiales de dinero. Amén de ello rara vez deben apelar a la billetera, ni para el café o el taxi. Esto viene desde el fondo de la historia. Pepe Schiaffino, genio de la pelota, geómetra del pase, pasó en cifra récord de Peñarol al Milan en 1954. Y cautivó rápidamente a los italianos. Gianni Rivera, El Bambino de Oro, quien heredó su puesto de conductor de juego milanista, lo definió como “la máxima inteligencia táctica del fútbol mundial”. Cesare Maldini, su compañero de glorias, resaltaba que “tenía una computadora en el cerebro”. Schiaffino vivió en sus primeros tiempos en Milán en un hotel. Luego el club lo ubicó en un apartamento; abajo del edificio funcionaba un coqueto restaurante cuyo dueño era fanático rossonero. Cuando se enteró que Pepe sería su vecino ilustre se emocionó de tal modo que una noche le dijo: “Pepe, usted y su esposa son invitados de honor de esta casa, pueden venir todas las veces que quieran a comer, no pagan”. El botija intentó decir que le daba un poco de vergüenza, pero el comerciante insistió, gustoso. Schiaffino comió dos años seguidos allí. Pese a que ganaba un dineral, nunca debió echar la mano al bolsillo, ni por el frío.

Ser jugador de fútbol es una suerte extraordinaria. Le hicieron una nota a Hugo Lamadrid, un exvolante de Racing; le preguntaron si extrañaba el fútbol.

“Extraño todo, hasta los calambres de la pretemporada”, dijo. Y amplió: “Uno cuando juega se queja de que concentra en los mejores hoteles, de que viaja en los mejores aviones... Cuando colgás los botines te chocás con la realidad, te enterás de que los chicos a la noche lloran, que a veces se enferman...”

Hasta tienen que trabajar; obligaciones terrenales de las cuales los cracks están exentos.

Si hay un sujeto en la faz de la Tierra que es justamente la antípoda de la esclavitud, de la explotación, es el futbolista. Nadie tenga dudas.

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