Marcas

La FIFA como explicación del Sistema/Mundo

Estrategia Dice Blatter que jamás podrán probar que es un corrupto y hasta ahora no aparece prueba material que lo contradiga

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza

00:00 / 13 de julio de 2015

El dinero invisibiliza principios, diferencias ideológicas y proyectos políticos. Se ha convertido en un fetiche-imán que se devora los más grandes proyectos orientados a satisfacer el bien común, leitmotiv a nombre del que se emprenden revoluciones y procesos transformadores de distintas dimensiones y alcances. El planeta no está devastado por la depredación de su biodiversidad que conducirá a que el cambio climático en continua evolución termine convirtiendo los lugares que habitamos y por donde caminamos, en extensos eriales a lo “Mad Max”, sino, en primer lugar, por la conversión de casi absolutamente todo en negocio, inculcando a las nuevas generaciones que acumular es el sentido mismo de la vida y  para ello basta con ver El lobo de Wall Street (2013), del maestro Martin Scorsese, en el que el personaje principal (Leonardo DiCaprio como Jordan Belfort) es un monstruo con corbata de seda, capaz de amasar millones comprando y vendiendo lo que sea, defraudando al fisco para que sus ganancias sean líquidas, y ejecutando una brutal vida cotidiana en la que la cultura del bacanal consumista no tiene freno y que en determinado momento lleva a preguntar ¿y para qué tanta codicia?

Es en este contexto que el imperialismo como fase superior del capitalismo sigue ganando la silenciosa guerra por ejercer propiedad sobre el globo, porque gracias al dólar, las derechas y las izquierdas que supuestamente pugnan por visiones del mundo contrapuestas, y se manejan en constante lucha, han sucumbido ante la lógica de la acumulación, excluyendo de tan suculentas operaciones a los auténticos movimientos colectivos de base, esos que quieren nada más, agua, luz, teléfono, educación, salud y vivienda para sus hijos. Esto es, una vida digna, alejada de las penurias de la pobreza que conduce al hambre y a la marginalidad.

La glotonería de los negocios, sin embargo, encuentra marcas simbólicas diferenciadas y así tenemos que si un banquero avala préstamos a potenciales clientes con poderes falsos, para luego hacerse de los bienes en garantía de sus indefensos deudores, las gerencias y fiscalías planetarias miran para otro lado porque ese asunto no está vinculado a las apetencias masivas que pasan por legitimaciones sociales como el fútbol, por ejemplo, hecho deportivo, cultural y comercial acerca del que todos se sienten con derecho a decir lo que crean conveniente porque la forma en que se ha construido en los últimos 50 años ha dado lugar a que por lo menos la gente pueda proferir alaridos ante la opulencia y la falta de pudor de quienes administran esta industria del espectáculo que finalmente quedó al descubierto el 27 de mayo con la captura de 14 dirigentes de la FIFA en Zúrich, todos pertenecientes al continente americano, que habrían ejecutado una serie de operaciones de cifras millonarias para beneficio propio.

El móvil, por supuesto, no está basado en una auténtica sed de justicia y búsqueda de desmontamiento de un aparato putrefacto, sino en la molestia imperial por haber sido desbancada por Rusia como sede de la Copa del Mundo a jugarse en 2018, lo que significa —volvemos al punto inicial— que la activación de cualquier emprendimiento judicial que compromete el manejo de billones de dólares está fundamentado en la obsesiva necesidad de continuar reproduciendo el capital para seguir reproduciendo sin grandes impedimentos el control absoluto del planeta, y en ese marco, la FIFA funciona de la misma forma en que lo hace un gran banco o una gran transnacional que trabaja con satélites las 24 horas del día para identificar los próximos recursos naturales de los cuales apoderarse en América, África o Asia.

Dice Joseph Blatter que jamás podrán probar que es un corrupto y esto porque avalar a unos amigotes para que hagan de las suyas durante casi tres décadas no constituye delito alguno, y hasta ahora no aparece prueba material que contradiga la astuta estrategia del suizo que como buen ejecutivo conservador, no cambió un ápice esa cultura dirigencial del lujo desmedido, cuando se supone por historia y raíces culturales de procedencias varias, que el fútbol es una expresión popular, que sus grandes actores han emergido de los barrios pobres, de los pueblos perdidos, de los hogares humildes con grados de instrucción mínimos, y que de manera súbita se convierten en potentados con finanzas manejadas por sus propios familiares y otros agentes de la intermediación, y terminan, sin siquiera saberlo, defraudando al fisco (lo mismo que El lobo de Wall Street) o formando parte de otro tipo de operaciones que esconden papeles legales para que no hayan porcentajes que amenacen con mermar las ganancias de todos quienes deben cobrar su parte en cada cierre de negocio.

Hay sin embargo lugares de un valor intangible que quiere ser preservado. Así lo ha manifestado Luis Segura, presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) que la semana pasada informó que los jugadores que formaron parte de la selección que participó en la Copa América Chile 2015 no se refirieron al tema económico, que todos acuden a las convocatorias por el orgullo de vestir la camiseta celeste y blanca, y habría que añadir que como ganan muchísimo dinero en los clubes para los que prestan servicios, pueden darse el margen de retribuir al combinado nacional de su país, por todo lo que significó el crecimiento profesional de cada uno de estos valores, cuya mayoría juegan en grandes equipos de las ligas europeas. Probablemente se les pagará por los servicios prestados luego de llegar a la final del torneo, pero lo que está claro es que en este específico caso, jugar por la selección Argentina recupera el olor del sentido genuino del juego, ese con el que el hombre, desde sus primeros años, comienza a socializar y a entender el mundo en el que vive.

Hay demasiado dinero en juego y gracias a este maravilloso juego. Y alrededor de él —del dinero— se montan estrategias políticas porque el fútbol se convirtió en otro juego de poder más, como los hay en cualquier actividad en que se juegan intereses por millones. De algo serviría la reorganización administrativa de éste que se ha convertido en despiadado negocio sobre el que se sienten llamados a opinar, y muchas veces sentenciar sin saber, todos quienes se consideran futboleros. Así funciona el fútbol. Así funciona el mundo. El capitalismo sigue haciendo de las suyas y así sucederá mientras quienes acceden a sus mecanismos de poder y decisión pongan por delante, en primer lugar, el precio que cada uno de ellos se pone a sí mismo para tomar las grandes decisiones. El show debe seguir.Julio Peñaloza Bretel es periodista. Encargado de la Historia y Estadística de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF).

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