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El morboso manoseo de las selecciones menores

Performance A Bolivia le fue mal en Colonia, Uruguay, frente a Paraguay, Ecuador, Perú y Argentina porque éste es el fútbol que produce el país.

Jeferson Virreira, de Bolivia, presiona al peruano Luiz da Silva en uno de los cotejos del Sudamericano. Foto: Xinhua

Jeferson Virreira, de Bolivia, presiona al peruano Luiz da Silva en uno de los cotejos del Sudamericano. Foto: Xinhua

La Razón Digital / Julio Peñaloza / La Paz

00:00 / 26 de enero de 2015

La cultura castigadora como rasgo dominante en las conductas informativas de ciertos proverbiales oportunistas precipita siempre a tomar la parte por el todo, dicho de manera más precisa, a utilizar el resultado final como el mejor activador para salir del paso, y desviar la atención acerca de las responsabilidades de cada quien cuando de derrotas y malas actuaciones se trata. Ha vuelto a suceder hace 48 horas cuando algunos portavoces, con no se sabe qué sombríos intereses, se dieron a la tarea de utilizar el fracaso de la Sub-20 en el Sudamericano que se juega en Uruguay para reflotar una consabida repartija de culpas.

Cero análisis. Ni de los partidos jugados por esta Bolivia dirigida por Claudio Chacior y menos de un escudriñamiento comparativo con las formas de trabajo de nuestros vecinos, provistos, en primer lugar, de recursos económicos cinco a diez veces más robustos de los que dispone el fútbol boliviano para la preparación de selecciones Sub y ni siquiera así, a veces como ahora, con resultados concordantes a esos esfuerzos económicos, de planificación y preparación como lo evidencia la selección chilena dirigida por el otrora lugarteniente de José Pekerman en las juveniles de Argentina, Hugo Tocalli, que bajo su experimentado e indiscutible profesionalismo, la roja debió soportar una escandalosa goleada (1-6) frente al anfitrión, resultado que podría desembocar en la dimisión del estratega.

El fracaso chileno es enorme porque con comodidades financieras, un DT de probada capacidad y un trabajo estructural de divisiones menores sostenible en el tiempo, con jugadores que tienen competencia toda la temporada, ha naufragado quedando afuera del hexagonal final y con un marcador incongruente con un proceso bien montado y ambicioso. Lo de Bolivia, en cambio, pasa por la historia de omisiones, espontaneísmo y carencia absoluta de políticas estatales que han dominado, en todas las disciplinas, a las representaciones deportivas de nuestros atletas y jugadores a lo largo y ancho de su historia. Bolivia ha perdido casi siempre en la mayor parte de las especialidades y ha ostentado la deprimente marca de situarse en los últimos y penúltimos lugares en casi todo y de eso no tiene la culpa Sancho, Pedro, Martín o Evo, porque si así fuera, sustituimos a unos por otros como santo remedio ¡y a ganar se ha dicho!

Se trata de simplonería en unos casos y de mala intención en otros. A Bolivia le fue mal en Colonia, Uruguay, frente a Paraguay, Ecuador, Perú y Argentina porque éste es el fútbol que produce el país, con una Liga “profesional” sin estructura de competencias en las distintas categorías e infantiles. Con clubes que se gastaron algo así como 15 millones de dólares en el último lustro y no produjeron un solo jugador de exportación que esté actuando más allá de nuestras fronteras. Lo contrario: De los muy pocos con los que contamos, están de retorno Jhasmani Campos y Carlos Saucedo.

Éste es el fútbol boliviano. Con asociaciones departamentales que hacen lo que pueden con lo poco que tienen en sus arcas, y que, sin embargo, siguen constituyéndose en fuente primigenia de promoción de valores a los llamados primeros equipos de la docena que forman parte de la Liga, y a la que se le devuelve, a cambio, acusaciones irresponsables e insostenibles acerca de las conductas personales de sus principales responsables. En ese contexto, debe movernos a sonrisa condescendiente que algún cansado dirigente saque pecho porque un ente internacional de historia y estadísticas sitúe a la Liga boliviana en el puesto 31 de todas las existentes en el mundo, cuando sabemos, en los hechos, que nuestra Liga tiene en su haber un récord de incidentes vinculados a la improvisación, la incongruencia y el folklore, en gran parte de los casos, otra vez, por insuficiencia de recursos económicos porque de 12 clubes, con suerte cuatro pueden llegar más o menos erguidos a fin de mes a cumplir con las planillas —muchas de ellas desproporcionadamente armadas— de sus primeros planteles.

¿Algún club liguero anunció la contratación de un nuevo valor nacional? En los prolegómenos del Clausura 2014-2015 que se juega hace dos semanas, Bolívar se debatía entre la capa del uruguayo William Ferreira (casi 32 años) y la espada del ecuatoriano Carlos Tenorio (casi 36 años), y The Strongest anunció orgulloso la llegada del paraguayo Germán Centurión (34 años) y el argentino Bernardo Cuesta (26 años). Éstas son las “figuras” del fútbol boliviano que llenan el espectro mediático, mientras al otro lado del fútbol unos chicos, que ya no lo son tanto, deben todavía estar abatidos por lo mal que les fue en Uruguay y que seguramente los pone a pensar muy en serio acerca del futuro que les espera en la actividad futbolística.

Educación integral y como parte de ella, educación física moderna, a cargo de profesores con vocación pedagógica, y no de vigilantes es la principal carencia de Bolivia en materia deportiva. Los jóvenes que forman parte de nuestras selecciones infanto juveniles proceden de hogares sencillos, muchos de ellos atestados de complejas relaciones intrafamiliares. Sostengo que la calidad de los procesos enseñanza/aprendizaje en Bolivia son inferiores, desde el punto de vista cualitativo, comparados con los del resto de Sudamérica para no ir más lejos. Mientras un chico argentino le dedica seis horas a la semana a la educación física en la escuela y el colegio, un boliviano, y peor si pertenece al mundo rural, con mucha suerte le dedica tres horas, bajo la atenta mirada de un profesorado anacrónico, verticalista, poco actualizado, inconsciente de las revoluciones del acceso al conocimiento y a las innovaciones tecnológicas del nuevo tiempo.

En casa, de muy niño, mi padre me inculco eso de mirar primero el origen de un problema para comprender sus consecuencias. Y es en este contexto que abomino el simplismo morboso de ciertos redactores o productores televisivos amparados por las sombras que se niegan a ingresar en un territorio analítico y sistematizador para encarar, en serio, una cruzada que llevará muchísimo más tiempo que erradicar totalmente la pobreza extrema —objetivo previsto para 2025— porque si hay una actividad humana que necesita de sentido de empresa en el mediano y el largo plazo es el deporte, y para muestra miremos nada más la década que la ha significado a Alemania lograr el equipo apto para ganar la última Copa del Mundo.

La obligación del Estado es revolucionar a través de sus mecanismos gubernamentales la educación física. Que la organización de juegos intercolegiales e interdepartamentales sea el resultado de un trabajo de transformación en la currícula de los seis años de la primaria y los otros seis de la secundaria. Esa es la primera instancia. La segunda tiene que ver con las responsabilidades de los gobiernos subnacionales —gobernaciones y municipios— como extensiones para la práctica de las distintas disciplinas deportivas, y para el caso del fútbol, con programas interconectados con las asociaciones departamentales.

Las instancias de alta graduación son los clubes profesionales y las selecciones nacionales. Los unos generando deportistas con aspiraciones a formar parte de la galería de los mejores, de las élites. Se trata de una pirámide que comienza con la ancha base social desde el preescolar hasta la cúspide que significa llegar a vestir la Verde para representar al balompié boliviano. Ésta es la ruta crítica que deben emprender todos los actores, directos e indirectos, del fútbol y del deporte en general. Lo otro es lo que dije en un principio: El manoseo abusivo e irrespetuoso de unos jóvenes que nuevamente terminaron un campeonato internacional con los sueños rotos.

Julio Peñaloza es periodista.

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