Marcas

Gracias, don Lorenzo

La Razón / Óscar Dorado Vega

10:31 / 26 de abril de 2013

Acaba de irse un notable periodista. Y los que tuvimos la fortuna de conocerlo (además de trabajar con él, honor verdadero) debemos agregar que partió una persona extraordinaria. Un hombre de verdad.

En estas ocasiones —penosas, en las que derramar unas lágrimas no avergüenza ni está vedado— la vida obra como espejo retrovisor y los recuerdos se alborotan, pero acaso no haga falta ordenarlos. Brotan de la memoria, entremezclados, caprichosos para encuadrarse en tiempos determinados.

Sí, nunca pude dejar de ustearlo en el trato personal. Era una cuestión emparentada con el respeto que infundía. Y vaya que costaba, en pantalla, aludirlo directamente por su nombre. El “don” reclamaba un necesario lugar y si algunos compañeros consiguieron eludirlo, confieso que yo no.

Disciplinado a ultranza. En épocas en que las redacciones recobraban dinámica (luego de noches que a veces se hacían interminables, sin las facilidades tecnológicas de hoy) cerca de mediodía, él estaba antes de las nueve de la mañana. Revisando la edición propia. También otras. Bebiendo mate o café.

Acompañado de un cigarrillo que con el paso de los años dejó de ser, al menos para él, amigo cotidiano. Lo reemplazó por caramelos…

Lo conocí frente a una de esas antiguas máquinas de escribir, hoy casi inexistentes. Fui testigo, y compañero, de su paso a la computadora. Supo adaptarse al cambio de época.

¿Usted leyó su página del último lunes, en Marcas? Bueno, he ahí el sello genuino de don Lorenzo. No es exageración, entonces, aseverar que trabajó hasta el último día. Escribir era, seguramente, uno de los antídotos personales para enfrentar la enfermedad. Hasta me atrevo a presumir que —fiel a la sana costumbre, muy propia, de no dejar todo para último momento—  adelantó material de cara a la revista de fecha 29 de los corrientes.

Y quienes admiraron la calidad de su redacción, la capacidad de expresión frente al micrófono, de seguro que se habrían llevado una sorpresa de haberlo visto jugar. Sí, fue parte de algunos torneos de fútbol de salón. No me acuerdo si en el plano interno del matutino Hoy o en razón a convocatorias del Sindicato de Trabajadores de la Prensa, pero lo cierto es que con el balón era exquisito y, sobre todo, lúcido para tocar y recibir en el lugar adecuado.

Faceta distinta y/o poco conocida, que un buen día decidió dejar de lado.

Ser humano derecho, honesto, fiel a sus principios, que eran innegociables. Como el respeto en el trato cotidiano, otra de sus características. Sin embargo, también explotaba (sabrá, allá donde esté, perdonar esta infidencia) porque no resistía la incompetencia —y si la resistía tenía límites— de modo que el pasillo de las cabinas radiales del estadio Hernando Siles fue testigo, en medio de la transmisión de una prueba automovilística, del desahogo espontáneo que le produjo la desprolijidad de un colega, encargado a kilómetros de distancia de suministrar datos que no eran precisamente correctos. Un pecado capital para su rigurosidad periodística.

Se autodefinió como estadístico. Y vaya que lo era. Casi todos quienes lo secundamos en una fuente laboral supimos asistirlo en el chequeo, por caso, de fechas de nacimiento. Su registro —así se patentara en cuadernos, pulcras anotaciones extendidas con marcadores de colores— era peculiar. Y cuando alguna duda lo asaltaba no dudaba en pedir que la información fuera consultada una y otra vez. Detestaba, y va otra revelación, que ciertos protagonistas de nuestras canchas pretendieran ir en sentido contrario a su verdadera edad, lo que provocaba una duplicidad de datos que le resultaba inconcebible.

Amante de la Fórmula Uno. No sólo de las carreras en sí. Disfrutaba hasta de los ensayos no oficiales y por eso una de las últimas consultas que me trasladó tuvo que ver con los horarios, en Fox Sports, de los aprestos cronometrados  inherentes a una competencia a desarrollarse en el Asia. “Me cuesta desvelarme, pero quiero verlos”, argumentó cuando supo que debería encender el televisor bien de madrugada.

Y con Miguel Velarde —otro periodista de talla, tan buen amigo como jefe— armaron un tándem insuperable. Hicieron de Hoy Deportivo un suplemento cuyo tiraje de veras se agotaba para ganar rótulo de colección. Una publicación histórica y quizás irrepetible. Ahora pienso que buena parte de ese éxito radicaba en la complementación y comunión de criterios de quienes estaban a la cabeza. Don Lorenzo Carri era uno de ellos.

En un periodo más cercano asumí la responsabilidad de un programa televisivo eventual (M-2010 / La Noche del Mundial), referido a la Copa en Sudáfrica. Se difundió a través de Canal 7 y en razón a las peculiaridades escenográficas no quedaba más alternativa que hacerlo, en vivo, cada noche, bastante tarde, durante más de un mes, desde un estudio en El Alto. Alguien me desalentó de entrada sobre la opción de sumar al “Maestro”, cuyo concurso era, a juicio personal, imprescindible. Me atreví —no sin temor a la negativa— a plantear la propuesta.

“No te hagas de problemas, cuenta conmigo; lo único que hará falta es un vehículo para llegar al set y después volver a casa”, me respondió, a sabiendas que el regreso se consumaría en los minutos iniciales del día siguiente…

Durante ese espacio Carlos López, Miguel Gariazú y Marcelo Ortubé —a la sazón panelistas invitados—  lo conocieron en su real dimensión. Y disfrutaron de decenas de anécdotas que les refirió en su inconfundible estilo.

Con carácter previo, en la condición de Asesor General de Estadística, me acompañó para la elaboración del ejemplar de El Gráfico consagrado al centenario de The Strongest. Redactó un montón de artículos y aportó ideas. Igual como varios años antes, en función de una publicación encargada por Bolívar.

Sí, ahora que los adjetivos elogiosos abundan  —son, todos, absolutamente justos y  merecidos— opto por un repaso vivencial. Conocí de cerca a don Lorenzo. Y me precio de ello.  Sé fehacientemente que alguna vez le provoqué algún enfado por involuntaria impuntualidad. Justo a él. Que siempre llegaba a todas partes al menos con diez minutos de anticipación.

Juan Pablo, uno de sus hijos, me informó cada tanto, en el pasado reciente, acerca de su estado de salud. Y cuando Ramiro Siles, editor de estas páginas, hace unas cuantas horas me comentó, a través del teléfono, sobre su deceso asumí, junto al dolor que no puede explicarse, esta necesidad de evocarlo como lo que fue. Un caballero. Un tipo leal. Un ser humano de excepción.

(*) El autor es corresponsal en Bolivia de Fox Sports.

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