Marcas

Hincha pelotas

Se ha hecho más clara y manifiesta la tesitura de los hinchas con la irrupción de las redes

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

01:32 / 16 de noviembre de 2012

El fútbol debería ser exclusivamente un espectáculo para estimular la creatividad y la comunicación, pero la obsesión por el triunfo o por ver a nuestro equipo en el podio de campeón, puede conducirnos a perder de vista que sólo se trata de un juego, de un gran negocio, de un acontecimiento cultural, y de ninguna manera de una guerra.

Se les llama “hincha pelotas” a aquellas personas cargosas, que se caracterizan por la insistencia machacona para plantear cualquier cosa y no será casual que el origen de la calificación tenga que ver con un talabartero del club Nacional de Montevideo que se encargaba de inflar a pulmón los balones para los entrenamientos y los partidos de su equipo —eran tiempos en que todavía no existían los modernos infladores, ni los utileros— y que se caracterizaba por alentar fervorosamente al cuadro uruguayo. Era en sentido literal un hincha pelotas y a partir de ese hecho la palabra hincha se ha popularizado para identificar al seguidor de fútbol que forma parte de las llamadas barras que acuden a los estadios con fervores y entusiasmos de distintos volúmenes e intensidades.

A raíz de la publicación de algunos artículos sobre lo que sucede con clubes bolivianos de fútbol, he podido comprobar que se ha hecho más clara y manifiesta la tesitura de los hinchas con la irrupción de las redes sociales en las que cada quién se debe hacer cargo de lo que escribe, en lo posible con nombre y apellido, para manifestar un punto de vista, para el caso, mayoritariamente más inducido por la militancia enceguecida que por una auténtica vocación por divertirse con el juego y sus matices.

La primera cosa que me parece execrable del “hinchismo” es que en realidad ése que parece un amante del fútbol, lo es en realidad casi en exclusiva de una camiseta y lo que a partir de su fortísima carga simbólica pueda significar en materia de producción de resultados. Hay pues un predominio de eso que se llama exitismo a partir del ganar como sea y a quién se interponga con ciertos criterios a esos propósitos casi desenfrenados, será respondido con una andanada de insultos, amenazas, alusiones malsanas a la honorabilidad y otras yerbas de parecida fragancia y en esa medida el hincha estará generalmente situado más cerca del fanatismo que del divertimento recreativo.

Las grandes hinchadas con prestigio mundial son capaces de desplegar emocionantes coreografías de banderas y otros símbolos, así como de corear a sus ídolos desplazándose en las canchas e inventar cánticos durante noventa minutos, casi sin pausa, tal como sucede con la famosa “12” de Boca Juniors, que parece no tener comparación en lo que concierne a eso de alentar en las buenas, pero sobre todo en las malas, pero cuando uno se interna en la intimidad de esos conglomerados humanos en escrutinio de la combinación de comportamientos individuales y colectivos, descubre cosas no tan agradables, inadvertidas desde la tribuna de enfrente: manipulación política del grupo, estimulación de ciertas prácticas vinculadas a consumos exacerbados y adicciones, propensión al desorden y a la violencia, tendencia a la intolerancia y a la agresión del adversario de turno.

En mi búsqueda de lo que sucede con los hinchas, las barras, las barras bravas, los torcedores brasileños, los tifosi italianos o los energúmenos hooligans ingleses, he ido descubriendo, sin embargo, que felizmente existen futboleros que no por manifestar una abierta parcialidad por un equipo, terminan autoexcluídos de las casi ilimitadas posibilidades de mezclar la pasión con la razón y he encontrado justamente en la web del director técnico Miguel Ángel Portugal, los siguientes criterios de un hincha de nombre Marcelo Taborga que demuestra que lo que acabo de decir es posible a propósito del partido ganado por Bolívar contra Blooming (1-0):

“Otro apunte que creo que nos beneficiaría, es cambiar definitivamente de puesto a Cardozo. Este muchacho tiene velocidad, tiene regate, hace bien las diagonales, tiene remate (gol), va para dentro y fuera; es decir, no está como para ser más lateral, deberíamos aprovechar todo ese talento y acercarlo al arco. Me parece, puedo estar equivocado, que tirado ligeramente a la derecha y partiendo de tres cuartos para adelante, tendríamos mas posibilidades en ataque por todas las características mencionadas. Jugar con dos extremos tampoco es descabellado. Arce durante su inicio en la Academia, mostró que es más desequilibrante cuando va pegado por la derecha. Por la izquierda tenemos a gente como Yecerotte o Suárez que es un chico con muchísima velocidad; Lizio y Campos deberían ser constantes ‘botellas de oxígeno’ en donde estos jugadores puedan descargar el juego. Incluso Miranda, que a mi parecer es un buen volante mixto que puede colaborar en ambos aspectos, marca y ataque.

Es la manera que tengo de ver el fútbol y la manera que me gustaría ver jugar a nuestro equipo. Por supuesto que para aspirar a jugar de esa forma, se requiere vocación defensiva por parte de los extremos, ni bien se pierde el balón, todos deben colaborar en defensa (mucho físico), no es imposible. Esta forma de juego además, nos permitiría presionar más arriba, sin dejar tiempo a que el rival se acomode; esperamos muy atrás y creo que tenemos los jugadores para presionar siempre. En fin Míster, son solamente ideas, aportes de un hincha del fútbol; de un hincha de la Academia”.

Las historias de crímenes por el resultado de un partido en el torneo argentino, o los suicidios brasileños porque la verde amarilla perdió una final de Copa del Mundo son las que ayudan a diferenciar al hincha promedio con el fanático incontenible, y como cada vez que la oportunidad me parece propicia, recuerdo que el fútbol es un juego para celebrar, independientemente de los resultados de cada partido, y que sería siempre mejor tener seguidores como el aquí citado para hacer del espectáculo masivo que más entusiasmos despierta en todas las latitudes, un buen motivo para el diálogo y el esparcimiento y no un pretexto para sembrar terrores y horrores.

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