Marcas

Hinchas de ocasión

En Bolivia los futboleros de pura cepa son muy pocos, fácilmente identificables

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:02 / 09 de agosto de 2013

Los breves torneos de pretemporada convocan en Bolivia a muchísimos aficionados a los estadios en los que se disputan. Se supone que en ellos se juegan partidos preparatorios para lo que será el campeonato oficial, ése que debiera realmente importar porque en él se juegan los títulos y las clasificaciones a las copas Libertadores y Sudamericana. En nuestro país es tremendamente llamativo que el orden de las prioridades quede invertido porque más vale una copita corta y emocionante con eliminaciones de ida y vuelta, que un largo torneo en el que se supone se imponen los mejores, los que acumulan puntos por méritos y regularidad de rendimientos.

Reviso las redes sociales y encuentro allí incendios contra unos, otros y los de más allá y por supuesto que todas las panaceas de salvación futbolística nacional. Unos piden la cabeza de fulano, los otros la de sutano y casi todos redactan con una autoridad propia de quien lo sabe todo y cuenta con las credenciales de la ética y la militancia futbolera al día, como si realmente se tratara de hinchas que se rebanan el cerebro a diario por activar debates esclarecedores y precisos acerca de los males sobre el estancado fútbol boliviano que acaba de aplazarse en la Copa Sudamericana de manera estruendosa.

Tratando de ser cuidadoso para no cometer inaceptables omisiones e incurrir en inmerecidos ensalzamientos, ya no tengo dudas de que en Bolivia los futboleros de pura cepa, ésos que se desvelan por sus equipos son muy pocos, fácilmente identificables y se encuentran en las graderías de los estadios con los colores de San José, Oriente Petrolero, The Strongest, Bolívar y me parece  que en alguna medida ahora también Guabirá, que cuenta con una fanaticada bien organizada en Montero. Del resto de los clubes llamados profesionales no puedo dar fe de que cuente con barras ensambladas con el suficiente repertorio de cánticos y el imprescindible número de banderas y trapos para decir que hacen auténticamente lo que en Argentina se llama el aguante.

Y digo todo esto porque para comenzar, yo mismo me considero un pésimo hincha y por lo tanto, con la honestidad que corresponde, debo confesar que no estoy en condiciones de exigirle nada a mi equipo o a mi club, porque yo, por razones varias que no viene a cuento explicar en tanto sonarían a justificativo barato, no hago absolutamente nada de nada por renovar mi compromiso por los colores que abrazo desde la cuna familiar. Sería una impostura de mi parte, por lo tanto, jugar a estupendo profiriendo sentencias contra gil y mil.

Hinchas de ocasión es lo que tiene Bolivia, circunstanciales, esporádicos, cíclicos. Asistentes a un clásico que se juega cada dos meses. Alguna vez haciendo un pequeño esfuerzo para ir a apoyar —o a silbar— a la selección nacional. O con arrebatos de entusiasmo que lo atraen hacia los partidos definitorios de cada torneo y así, con los estadios colmados extraordinariamente de veinte a treinta mil personas, darnos el margen para especular por un rato con la ilusión de que la gente va a la cancha. Éstos son en términos generales los rasgos de quienes dicen gustar del fútbol en nuestro país, muchos de los cuales aseguran saber muchísimo acerca de su historia y otros más se sienten capaces de narrar anécdotas gracias a su pequeño almacen de datos dispersos e inconexos.

Y si el hincha de fútbol es fundamentalmente todo lo hasta aquí descrito, ¿qué podemos decir de las llamadas masas societarias? Simple y llanamente que no existen, que aquellos que corren presurosos con sus hijos recién nacidos a la secretaría del club para inscribirlos como hinchas antes que como ciudadanos, son los menos y tal cosa puede comprobarse en el momento en que cada club decide realizar elecciones y abriendo las urnas para el conteo de votos será fácil comprobar que un presidente puede ser tranquilamente elegido con menos de quinientos socios, esos poquísimos que pagan religiosamente sus cuotas mensuales.

La explicación podría estar en el hecho de que la calidad de nuestro fútbol ha provocado en los últimos años una estampida de hinchas que se niegan a volver a los estadios porque no están dispuestos a malgastar sus pesos y a someterse a insufribles soporíferos, pero esa explicación indicaría que antes sí la gente iba a la cancha, cosa muy relativa y variable en función de la realidad que vive cada región: en el oriente del país las asistencias y recaudaciones son en promedio mayores a las que se generan en el occidente.

Bolivia fue futbolera a tope en 1993 cuando logró clasificarse al mundial de Estados Unidos del año siguiente. La selección que logró encender la pasión nada tenía que ver con el estereotipado equipo que transpiraba la camiseta y todo lo conseguía en base a sacrificio y puro corazón. Fue el tiempo en que espíritu de lucha, talento, calidad y mucho trabajo concurrieron en las dosis correctas para despertar la euforia y la ilusión, para que  después, ya lo sabemos, la llama se fuera extinguiendo casi imperceptiblemente hasta llegar al momento en que nos encontramos.

Y digo todo esto para que nos quede absolutamente claro a todos, que para pontificar sobre el fútbol boliviano, acerca de sus gracias y sus desgracias, todos nos creemos mandados a hacer, cuando desde nuestro humilde lugar de militantes del fútbol, poco hacemos de verdad en el día a día por renovar nuestro compromiso con una sana e indesmentible vocación por el juego y sus avatares.

A los bolivianos nos gusta el fútbol, eso está claro, pero de ahí a que tengamos futboleros de verdad, ésos que aparecen al pie del cañón, especialmente cuando sus equipos caen en desgracia, prácticamente no existen. Es más, muy probablemente un equipo descendido como La Paz Fútbol Club está a las puertas de la extinción, porque su caída libre no tiene pausa, porque no hay milagreros que puedan inventar el dinero para salvarlo, sobre todo si no hay auténticas motivaciones que justifiquen un último intento. Éste es el fútbol que desde las graderías tiene Bolivia, así son sus muy difícilmente clasificables hinchadas. Las excepciones antes citadas, por supuesto, estimulan el espíritu que impulsa a buscar los caminos para que el actual estado de cosas algún día pueda cambiar.

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