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La Razón / La Paz

01:56 / 22 de octubre de 2012

Juego limpio, pide la FIFA. ¿Es posible? Sí, tiene sus cultores, felizmente. No todos, desgraciadamente. Por el contrario, es habitual ver en las canchas de fútbol —en las nuestras— cómo hay quienes hacen caso omiso y más bien se dedican al juego sucio.

No hace mucho, apenas unos días, Wálter Flores y Alejandro Chumacero jugaron codo a codo defendiendo la misma camiseta, la boliviana. Entonces eran compañeros —de concentración, de prácticas, de charlas—, sin olvidar que en el certamen doméstico eran rivales.

Volvió la Liga y ahí estuvieron, frente a frente, cada quien luchando por lo suyo. No muy lealmente en el caso del académico, así lo testifican las imágenes (si el atigrado hizo algo lo disimuló muy bien y en estos tiempos es difícil poner las manos al fuego por alguien). Flores fue dos veces contra Chumacero y aunque el capitán celeste diga otra cosa, primó en ambas su mala intención, porque una cosa es jugar fuerte —el fútbol es de contacto, ya lo sabemos— pero otra es ir a ‘matar’.

El atigrado voló en la primera. De milagro no terminó ‘partido’. Ya entonces el agresor tenía que haberse ido de la cancha, con roja directa. El árbitro, contemplativo desde mucho antes, le sacó sólo amarilla y le dio carta blanca.

La segunda fue menos fuerte, pero igual, la plancha fue directa a la pierna rival, ni siquiera a la pelota. Ahí sí vino la expulsión, de la que los celestes se quejaron sin razón. Bienvenida hubiera sido una posterior disculpa. El agredido era un compañero ¿Se acuerdan? No hubo tal, por el contrario, más suciedad, más mentiras, más agresiones, de las verbales en este caso.

Menos de 24 horas después, otro partido polémico en Sucre. Y aunque otros fueron los actores, la historia fue la misma: Pegarle al contrario, hacerle daño. Tremendo cabezazo de Rolando Barra a Alcides Peña. Éste no se había quedado como un santo, algo había hecho —una patada previa— y había dicho —un insulto, quizás—. El fútbol debería enamorar, contagiar emociones, ser una religión de cada día, de cada partido. La cancha, el estadio, tendrían que ser templos sagrados. ¿Será posible? Soñar ya es pedir demasiado.

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