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La Razón / Lorenzo Carri es periodista y estadístico

00:00 / 09 de abril de 2012

Es cierto que nos importa menos el fútbol y mucho más lo que sucede antes y después de un cotejo. Y casi siempre, cuando nos ocupamos de lo que sucede en el césped, es para ingresar en la polémica a raíz de alguna decisión arbitral.

Sucedió hace unos días en el partido Barcelona-Milan a raíz de un penal que sancionó justamente el juez, pero que se criticó duramente porque eso (un jugador que agarró la camiseta de un rival dentro del área) “no se sanciona en ninguna parte.”

Irónicamente, la crítica tenía un argumento verdadero. Una gran mayoría de los jueces de todo el mundo ignora esos agarrones, y a los que “arrojan su cuerpo sobre el rival de modo lícito” (¿) como sostenía un comentarista internacional, como dejan de ver los empujones disimulados y los golpes nada disimulados.

Quiero creer, con bastante ingenuidad, que la máxima autoridad en el campo no alcance a ver el 20% de esas infracciones. Pero ocurren en todos los partidos y varias veces por cotejo, y la televisión, cada vez más detallista, se encarga de mostrarlas.

Sucede con esas faltas —que deberían sancionarse con pena máxima si las comete un defensor— lo que ocurre con el mayor castigo del fútbol: el tiro penal.

Los árbitros advierten al arquero que no debe adelantarse y al resto de jugadores que no deben invadir el área antes del remate, pero la ceremonia tradicional se queda en eso. Y cuando algún juez respetuoso de las reglas (que los hay, por supuesto) hace repetir un penal, se expone a la crítica y a la burla, porque en la repetición sucede lo mismo…

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