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A ‘Mou’ sólo le falta pelear con su propia sombra

Entrenador Mourinho no será  recordado como quiere, como el mejor técnico de élite, sino como un desaforado verbal

Hasta los palos pasaron factura a ‘Mou’ por violentar códigos de vestuario sometiendo a Iker Casillas a suplente

Hasta los palos pasaron factura a ‘Mou’ por violentar códigos de vestuario sometiendo a Iker Casillas a suplente APF.

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

02:16 / 20 de mayo de 2013

Ha sido tan perniciosa la estancia de José Mourinho en la Casa Blanca, que cierta prensa deportiva española se ha convertido en colateral de las revistas del corazón, en la que predomina el incidente, la gresca, y el palabreo por encima del hecho propiamente deportivo y desde ese comportamiento periodístico se explica que a estas horas continúe siendo más importante el recuento de los destrozos ejecutados por el entrenador portugués que el enorme valor para el Atlético de Madrid de haberse impuesto y conseguido la Copa del Rey con esa memorable jugada de Radamel Falcao García que se quita de encima a Albiol y Khedira, y mete un pase en profundidad para que Costa consiga ganarle las espaldas a la soberbia merengue acumulada en los últimos tres años para convertir el 1-1. Será Joaquín Sabina, gran hincha colchonero, con su talentosa musicalidad de poeta urbano el que en algún momento ponga en su sitio la trascendencia de este gran triunfo que es el tercero en dos temporadas, luego de obtenida en 2012 la Europa League e inmediatamente después la Supercopa doblegando al Chelsea con la conducción de ese guerrero del fútbol a quien todos sus adeptos llaman cariñosamente Cholo y apellida Simeone.

Una cosa es ganar desde la laboriosidad del juego, cualquiera sea el camino estratégico elegido, y otra intentar siempre hacerlo desde la obsesión. Por eso Mourinho no logrará ser recordado como él quiere, como el mejor de los entrenadores del fútbol de élite, sino como aquél desaforado que no dubita en violentar el catálogo de ética emprendiéndola a través de sus garabateos verbales contra los rivales, los árbitros, los colegas y, en fin, todos quienes crea se interponen en su camino de buscar con desenfreno demostrar lo que en esta temporada no ha podido a unas alturas en las que nada más le resta sostener duelo con su propia sombra, salido de las casillas, esclavizado por su endemoniado ego.

Hasta los parantes decidieron ajustar cuentas con Mou que les negaron goles a Ozil, Benzema y Cristiano Ronaldo. Si fuéramos panteístas y nos creyéramos que cualquier materia cobra vida propia gracias a la omnipresencia de Dios, estaríamos convencidos de que los palos le pasaron la factura al entrenador por haber violentado los códigos de vestuario sometiendo a Iker a condición de suplente, y polemizar con parte del plantel, todo porque el ícono del Real Madrid es considerado el mejor portero del planeta y seguramente puso en entredicho la desquiciada autoestima de un entrenador con el típico perfil del líder autoritario que ve en sus jugadores a las piezas circunstanciales que cada domingo puedan procurarle esa autocomplacencia que necesita diván de psicoanálisis.

Todo individualista que cree no tener límites como Mourinho, necesita, por supuesto, al facilitador financiero de su voluntad, sus deseos y sus caprichos, y en esto el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, ha actuado genuflexo tal como ya lo hiciera en su primer gobierno, bautizando de galácticos a los jugadores de su equipo, y ratificando que el Santiago Bernabéu es más un reducto de poder con ínfulas imperiales, aquellas que fueran fortalecidas durante las cruentas cuatro décadas del generalísimo Franco: El club más grande de la historia con los mejores jugadores, un gran entrenador, con la mayor cantidad de títulos obtenidos en casa y fuera de ella sigue pretendiendo fulminar a sus adversarios desde la estratósfera en la que se encuentran archivados sus pergaminos y por eso, cuando debe descender de los cielos al verde césped, se encuentra con que juegan 11 contra 11 y no dioses contra mortales feos e inútiles.

Como para que al desastre madridista no le faltara nada, Cristiano Ronaldo fue expulsado en el tiempo de alargue por agresión, lo mismo que su compatriota que había insinuando que el árbitro estaba comprado. Tal para cual, el uno en el banquillo, el otro en el campo, las estructuras egocéntricas de Mou y CR7 son idénticas. Como diría un caro amigo, habitan el mundo enfermos de importancia y es bastante improbable que alguna vez acepten con serenidad  que en el fútbol llega un día en que toca ser perdedor, cosa que en el último tiempo les ha sucedido con frecuencia.

Julio Peñaloza Bretel es periodista y asesor de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF)

El peor camino para obtener el aprecio de la afición

José Mourinho ha conseguido lo que nadie en la historia del  gran club madridista: Dividir a la afición entre quienes lo consideran un “genio” y los que ya no lo soportan por su mal genio y su irrespeto para con símbolos intocables del club, cosa muy distinta.

Un hincha que se precie de profesar incondicional lealtad por la camiseta blanca no puede admitir que Iker Casillas sea relegado al banco, por quien sabe qué diferencias extradeportivas se hayan planteado entre el considerado mejor arquero del mundo y este egomaníaco que tiene en su favor, algo es algo, una brutal honestidad consigo mismo: “He fracasado, éste ha sido mi peor año como entrenador.”

La prudencia debería aconsejar al luso hacer las maletas para Inglaterra, pero justamente el equipo al que volvería a dirigir, el Chelsea, es el nuevo campeón de la Europa League, venciendo al Benfica, bajo la conducción del español Rafael Benítez.

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