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Pañuelos para Chile, pañuelos para Messi

Desde el día que salió de Barcelona hasta llegar a Nueva Jersey Messi viajó 44.200 kilómetros para estar con la selección. Una muestra de su compromiso con la camiseta. Todo para ese telón de espanto. La imagen de Messi llorando en plena cancha es dolorosísima. ¡Y qué injusta es...! Renunciar a la selección argentina es una decisión extrema, pero justa y acertada. No se puede vivir con la responsabilidad absoluta de sacar campeón él solo al equipo y bajo hostigamiento constante. Es una presión brutal que nadie más aceptaría.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

07:11 / 28 de junio de 2016

Cuando pasen 50 años muchos mirarán el historial y se preguntarán cómo pasó esto: ¿cómo fue que en dos años sucesivos los mismos dos equipos llegaron a la final de la Copa América, las dos veces empataron 0 a 0, fueron al alargue, a los penales, y en ambos se impuso Chile…? Pues así fue, hemos sido testigos contemporáneos de esta rareza histórica. Toda la felicidad y la gloria para Chile, aún sin marcar un gol. Toda la amargura (y un poco más) para Argentina. Que la falta de gol en las finales no lleve a engaños: Chile es un excelente campeón. Y supo serlo.

Hasta los 42 minutos del primer tiempo, cuando el juez brasileño Heber Lopes se inventó la expulsión de Marcos Rojo, que ni siquiera había cometido falta, Chile la pasaba mal. Tenía un hombre menos. Argentina dominaba todo, campo, pelota, llegadas. Messi encaraba y había hecho amonestar a Marcelo Díaz y Vidal, y luego expulsar a Díaz. Las cosas pintaban mal para la Roja.

Pero ese minuto 42 cambió todo. Lopes, un histrión, equiparó el número de jugadores echando a Rojo y ahí Chile vio su oportunidad: “Se puede”, pensó este grupo de magníficos futbolistas y gladiadores chilenos. Vio que, una vez más, podía no perder, lo que significaba poder coronarse otra vez en los penales. Y lo logró. Luchó, peleó, fueron pasando los minutos y, efectivamente, llegó a la gloria desde los doce pasos.

Argentina perdió dos chances maravillosas, de esas que se dan pocas en una final: una, como siempre, en los pies de Higuaín, totalmente solo frente al gran Claudio Bravo. Dudó, se embatató y definió mal. La otra, cuando Messi dejó a Agüero solo para que marcara el gol del campeonato y Agüero, también tan habitual, la tiró alta. Muy. Hubo una más, un cabezazo del mismo Agüero que se colaba en el ángulo y Bravo, en memorable volada, la arañó, la bola rozó el travesaño y fue al córner. Las tres más claras del partido, desperdiciadas.

Sacando a Messi y Mascherano, Chile tiene mejores jugadores que Argentina, sobre todo en el medio y en ataque. Más número de buenos. Y posee una idea más clara de juego. Se advierte una comunión grupal en pos del objetivo, sabe cómo lograrlo. También mejor técnico; Sampaoli fue más astuto tácticamente que Martino el año pasado. Y Pizzi ahora. Chile enfrentó, las dos veces, el gigantesco inconveniente de tener que anular a Messi. Y pudo sortearlo. Volvieron a enjaularlo entre tres o cuatro cada vez que tomaba la pelota. No es nuevo, se lo han hecho casi todos los equipos: tratar de anticiparlo para que no la domine o, si lo hace, rodearlo entre varios, entonces uno lo roza, otro le da un tironcito, aquel un empujón, otro pone una piernita, la cuestión es desacomodarlo para que no pueda progresar. Y si aun así se va, lo bajan. Saben que es tan genial que con uno no alcanza. Por el contrario, el entrenador que tiene a Messi no sabe aprovecharlo. Messi luce aislado, sin compañeros con quienes armar el toque, la jugada. Total, la culpa del fracaso siempre la tendrá el menos culpable: Messi. Y la asumirá. Martino perdió las últimas tres finales de América consecutivas, 2011 con Paraguay, 2015 y 2016 con Argentina. En la primera, cero gol en 90 minutos, en las siguientes, otro cero en 240 minutos. Cinco horas y media sin convertir. Y con apenas cuatro o cinco ocasiones creadas entre las tres definiciones. Además fue superado mentalmente por el adversario. Y en los penales. Martino ya tuvo a Messi en Barcelona y en Argentina. No le pudo sacar una gota de jugo.

Chile tiene más número de buenos. Vidal, Díaz, Aránguiz, Bravo, Alexis, Vargas, Medel, Jara, Isla son buenos en serio. Argentina es un ejército de casi buenos. Figuran como estrellas Higuaín, Di María, Agüero que nunca lo han demostrado. Higuaín falla en las situaciones clave; Di María juega para sí mismo, corre alocadamente por su andarivel y arroja centros y pelotazos sin sentido ni precisión; lo de Agüero en la selección es fantasmal. Conforman la mal llamada “Generación de Oro”. Ninguno se asocia con Messi salvo para servirse algún pase precioso del “10”. Pero nadie hace foco en Di María, Agüero o Higuaín. Apuntan a Messi. Martino llevó a la Copa a Pastore y dejó a Dybala en la casa. Pastore está lesionado desde hace 45 días. No jugó ni un minuto.

Al llegar los penales, las estrellas de ambos equipos malograron su remate: Vidal en Chile, Messi en Argentina. La diferencia estribó en que los compañeros de Vidal lo salvaron convirtiendo los otros lanzamientos, a Messi volvieron a fallarle sus compañeros. Y una vez más la cruz, una cruz de millones de toneladas, cayó sobre la cabeza de ese fabuloso jugador que es Lionel. Se le vino el planeta encima. El mundo hizo foco más en él que en el título ganado por la Roja. Y al salir del vestuario Messi hizo el anuncio más increíble: se va.

“Son cuatro finales, no es para mí, lamentablemente. Lo busqué, era lo que más deseaba, pero no se me dio. Más que nunca quería ganar al menos esta Copa, pero no pudo ser… Es muy duro, pero la decisión está tomada. Ya no lo voy a intentar más y en esto no habrá marcha atrás… Creo que es lo mejor para todos, para mí y para mucha gente que lo desea. Se terminó la selección para mí, es una decisión tomada. Lo intenté muchas veces (ser campeón) pero no se dio”.

Desde el día que salió de Barcelona hasta llegar a Nueva Jersey Messi viajó 44.200 kilómetros para estar con la selección. Una muestra de su compromiso con la camiseta. Todo para ese telón de espanto. La imagen de Messi llorando en plena cancha es dolorosísima. ¡Y qué injusta es...!

Renunciar a la selección Argentina es una decisión extrema, pero justa y acertada. No se puede vivir con la responsabilidad absoluta de sacar campeón él solo al equipo y bajo hostigamiento constante. Es una presión brutal que nadie más aceptaría. No se puede dar tanto a cambio de tan poco. En 10 años no lo entendieron sus compañeros, que no le dieron cinco pases decentes. No lo entendieron millones de hinchas. Tampoco la prensa argentina.

“Messi es el mejor jugador del mundo. Ese título lo sigue teniendo. Si será grande que todos hablan de él y pocos de Chile que salió campeón”, tuiteó Alberto Kesman, popular relator uruguayo. Tal cual: el anuncio de Lio tapó hasta el festejo de la Roja.

“Un tipo tan bueno merecía ser feliz esta vez”, dice Ricardo Vasconcellos, jefe de Deportes de El Universo. “Un futbolista maravilloso que tanta alegría genera no puede ser alegre. Dios quiera y el fútbol también, que se porta mal con Messi, que sea el desquite en Rusia 2018”. Pero solo el tiempo dirá si hay Rusia para él.  

Pañuelos para saludar la nueva consagración chilena; pañuelos para dar el adiós al crack de su selección.

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