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No da para indignarse, fue una epopeya

Champions Barcelona, que perdió en la ida 4-0, en la vuelta obtuvo un 6-1 espectacular con el que se clasificó a la siguiente ronda.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

07:20 / 13 de marzo de 2017

“Nos pitaron dos penales en contra, pero perdimos 6-1, no es por el árbitro, sino por nosotros”. Toda la grandeza que el Paris Saint Germain no pudo demostrar en el juego, Marco Verratti la tuvo en el análisis. Supo verlo y reconocerlo: si un equipo va tres goles arriba hasta el minuto 88 de un partido y no sabe sostener el resultado ata su suerte al destino. El destino quiso remontada, el dramatismo de la hora lo tornó epopeya. Con el básico argumento de tener un poco la pelota, o incluso de tirarla un par de veces afuera (nadie se hubiese escandalizado) consumaba su pase a cuartos de final. No pudo.

La soberbia actuación del sábado anterior en el 5-0 al Celta (equipo durísimo, eliminó al Madrid en Copa del Rey y está cerca de cuartos en Europa League) hizo soñar a Cataluña con la proeza de levantar el 0-4. Y se dio, aunque no por la siempre ponderada excelencia de su juego, fue un Barcelona confuso, casi torpe, pero valiente, decidido. Guerrero, no lúcido. Alineó solo tres defensas netos (Mascherano-Piqué-Umtiti) de sensacional actuación los tres, todo con el objetivo de reforzar el medio y provocar el asedio constante sobre la fortaleza que edificó el cuadro francés frente a su área.

Más por obra del Espíritu Santo que por virtudes futbolísticas, fue al descanso 2-0 y eso lo tonificó. Ya no parecía tan imposible. Luego devino ese torbellino inexplicable, esos cien mil voltios que a veces descarga el fútbol sobre el césped, y el juego perdió toda compostura. El gol de Cavani que garantizaba la clasificación del PSG, la desazón azulgrana y ese libreto final que ningún productor de Hollywood compraría por demasiado irreal. Cuando la carga emocional es tan intensa el partido se aloca, desaparecen las tácticas y es difícil racionalizar el juego, todo queda expuesto al vaivén de los arrebatos. En ese terreno ganó Barcelona por arrojado, por creyente. El PSG estaba aturdido, tambaleante. Y devino ese salto a la eternidad de Sergi Roberto. Su foto en el aire pateando el balón a la red se seguirá viendo dentro de 100 años. Días pasados escribimos que Manchester City 5 - Mónaco 3 era en sí mismo la explicación de la popularidad del fútbol, su belleza emocional, su fuerza trepidante. Este Barça 6 - PSG 1 es el argumento definitivo de por qué el fútbol ocupa ocho páginas de un diario y la esgrima cuatro líneas.

Fueron 7 minutos y 17 segundos de furia. A los 87’ 23” entró el cuarto gol, a los 90’ 09” el quinto y a los 94’ 40” el sexto. El fútbol tiene cosas maravillosas, un componente emocional que no logra alcanzar otro deporte. Del llanto y la angustia casi insoportable se puede pasar a la felicidad suprema, a un estado que tal vez nunca antes experimentamos, en instantes apenas.

El mundo estalló con ese sexto gol del Barça. Gary Lineker, Steven Gerrard, Rio Ferdinand y Michael Owen estaban comentando el partido para la Tv inglesa y en ese minuto 95 explotaron en júbilo, saltaron de sus sillas, comenzaron a gritar, convirtieron el estudio en una tribuna. Rubén Darío Insúa, exfigura de Independiente, San Lorenzo, Barcelona de Ecuador, nos confesó: “Estábamos mirando el partido con mi hijo y en el sexto gol nos abrazamos con una emoción tremenda. No somos simpatizantes del Barça, pero el que es hincha de fútbol celebra estas cosas, va más allá de los colores de una camiseta”. Tal cual. Como celebramos el título del Leicester el año pasado, o el del Once Caldas en 2004; el gol inolvidable de James a Uruguay, el de Maradona a Inglaterra… Son joyas que están por encima de las camisetas…

El penal, la amarilla, el tiempo suplementario, la discusión, todo el fru fru de la batalla quedó en anécdota, sepultado por la proeza azulgrana, que ya forma parte estelar de la historia de este deporte. Afortunados de haberla vivido.

No obstante, hay una legión de indignados y ofendidos, para quienes este partido lo ganó el referí, el alemán Deniz Aytekin. Pareciera que fue autor de los seis goles. Vale aclarar, sí, que concedió un penal que clarísimamente no fue: a los 89’, entró raudo Suárez al área, le cruzó el brazo Marquinhos por delante pero sin falta y el goleador se zambulló. Neymar puso allí el 5-1. Los otros cinco goles son billetes buenos, valen. Y, como dijo el mismo Verratti, fue 6-1, no 1-0. El primer penal fue claro: Meunier cae en el área producto de un amague de Neymar y, cuando éste va a pasar, el belga haciendo el distraído lo toca con su cabeza para impedirlo. No importa con qué parte del cuerpo haga la falta. Lo hizo caer. Todo lo demás es conversable. Mascherano reconoció un toque en el área sobre Di María cuando éste remataba, pero también hubo falta de Meunier a Neymar en otra que se le iba y lo paró con el brazo extendido. No fue un bochorno. Hubo un error arbitral condenable como hay tantísimos en los partidos. Magnificado porque el Barcelona genera urticaria en mucha gente. Millones no toleran el éxito ajeno cuando es continuado y viene acompañado de alabanzas. Este Barça rompió un statu quo que imperó en España por 50 años: que casi siempre festeja el mismo. Y eso molesta.

“Siempre le dan penales al Barça”, es la queja matriz de los ofuscados. Otra, menor, es que a los rivales les suelen expulsar a algún efectivo. No es ilógico: a un equipo pletórico de virtuosismo, que ha tenido a Ronaldinho, Eto’ó, Henry, Yaya Touré, Messi, Xavi, Iniesta, Ibrahimovic, Villa, Suárez, Neymar, Dani Alves, que ha batido todos los récords de posesión de balón y de goles marcados y que sale a atacar en cualquier cancha desde el minuto uno al 90 desde hace 14 años, es normal que le cometan algunos penales y que intenten bajarlos a la mala.

Barcelona es un equipo noble: no pega, no hace tiempo, no especula, no vive de la trampa (aún reconociendo la simulación de Suárez), solo quiere atacar, golear, agradar. Es entendible que muchos deseen que este ciclo glorioso se corte de una vez, pero no da para estar indignados. La hazaña es legítima. No hay cómo ningunearla.

“Estamos todos con mucha rabia porque el equipo había demostrado hace solo tres semanas que podía ganarle al Barcelona y sin embargo anoche se vio un equipo de niños, acorralados, sin honor y sin orgullo”, señaló el periodista francés Thibaud Leplat, resumiendo la amargura nacional. El PSG solo se hizo los dos primeros goles. Fue al Camp Nou como si fuera el Numancia, pero el Numancia con suplentes. Entre los 85 y los 95 minutos el PSG hizo 4 pases, 3 de ellos para sacar del medio. Todos atornillados atrás, asustados, salvo Édinson Cavani. Ellos mismos estimularon su hecatombe, no el árbitro.

Si algo le faltaba al mejor equipo de la historia era una remontada épica. Ahí está.

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