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El león vencido sacude su melena...

El Barcelona sacó la chapa de gigante y ganó con un Messi antológico: 3-2 en el último suspiro. Con estirpe para resucitar.

La Razón (Edición Impresa)

07:39 / 24 de abril de 2017

Hasta la semifinal del Mundial ‘54, un pequeño país de poco más de un millón y medio de habitantes marchaba invicto en el mundo. Era Uruguay. Se había coronado sin caídas en los Juegos Olímpicos de París (1924) y Amsterdam (1928), juegos que equivalían entonces al torneo universal. Luego fue campeón mundial sin derrotas en 1930. No volvió a participar hasta 1950, en que otra vez ganó el título sin perder ningún partido. Y en Suiza mantenía su increíble marcha victoriosa. En semifinal le tocó la máquina húngara de Puskas, Kocsis, Czibor, Hidegkuti, Bozsik... Los ‘Magiares Mágicos’ ganaban 2-0. Parecía sellado y embalado, sin embargo, un cambio cambió las cosas: entró Hohberg, argentino nacionalizado uruguayo, y marcó dos goles, el segundo cuando acababa el juego. Hazaña celeste, emoción sin límites. En ese instante, el célebre narrador oriental Carlos Solé, en medio de gritos incontenibles de euforia en la cabina, acuñó una frase para los tiempos: “El león vencido sacude su melena...”.

Hizo llorar a un país. Casi se inunda en lágrimas Uruguay.

Ayer, algún relator catalán podría haber apelado, sin pecado de plagio, a la preciosa metáfora de don Carlos: el león azulgrana sacudió su melena en el Bernabéu. Una vez más… Golpeado, con el rótulo de acabado, de visitante ante un Madrid empinado, el Barcelona sacó la chapa de gigante y ganó con un Messi antológico: 3-2 en el último suspiro. El equipo cumbre de la historia se resiste a que se utilice la frase “fin de ciclo”.

Siempre apela a la estirpe para resucitar y dar una clase más, una última prueba de su inmensa grandeza.

Fue todo como un guión cinematográfico, se dio un partido excepcional, tal vez el mejor que este cronista haya visto (y ha visto…) porque fueron dos colosos en riña sin cuartel, palo y palo, buscándose el lado flaco, hiriéndose, hasta que en el minuto 91 con 48 segundos (el juez había dado 2 de adición) ese genio descomunal llamado Leo Messi dio la cornada mortal. Perdió el ultrafavorito, ganó el que llegaba a Madrid para ser apaleado y enterrado. Como en las peleas de alces, el viejo jefe de la manada hizo valer su sabiduría, su clase. El Madrid podrá ganar la Liga de todos modos, pero tendrá que esperar, y su eterno rival dio un fantástico golpe de autoridad. Le dijo al mundo: esto es el Barsa.

¡Qué precioso es el fútbol cuando se juega así…! Hace una diferencia muy amplia con todos los demás deportes porque genera un vaivén emocional inigualable: deja sin aliento o hace explotar de alegría. Fue un final con 220.000 voltios descargados sobre el césped. Hicieron gala de lo que son: los mejores equipos del mundo, más allá de algún otro con feliz actualidad. Ambos fueron magníficos, imposible poner a uno sobre el otro en la tabla de merecimientos. Luce más lo del Barsa porque ganó, desde luego, y porque hasta en las casas de apuestas lo daban muy abajo en las preferencias. Pero el Madrid fue enorme también, igualó 2 a 2 estando con diez hombres y hasta casi lo gana en el minuto 89 con un zurdazo de Asensio. Fue como aquella primera pelea entre Frazier y Alí, tan grandes ambos que uno no sabía con cuál quedarse.

Claro que lo del Barsa fue de magisterio: pelota al pie, salida limpia, toque y toque, de primera o en dos tiempos, con precisión, sin complejos por ser tan visitante. Y con un Messi estelar, al que intentaron bajarlo por lo civil o por lo criminal, pero les ganó a la brava también. Su guapeza no es pegar, es recibir el balón y encarar. Marcelo le dio un codazo que le sangró el rostro, Casemiro le hizo tres faltas que iban del amarillo al naranja y del naranja al rojo, pero no lo expulsaron (¡Oh, casualidad…! un error del juez que benefició al Real Madrid…). Hasta que al final Sergio Ramos decidió poner fin al problema: salió a partirlo. Él sí recibió la roja. Y se fue a lo Sergio Ramos: pegando, protestando y amenazando.

El Madrid respondió con lo suyo: profundidad, verticalidad, velocidad. Sin poesía, pero con el empuje que le marca su tradición. Y en ese indisciplinado cambio de golpe por golpe, lo perdió como lo pudo haber ganado.

A todo esto, los dos arqueros habían alcanzado el rótulo de figuras e iban por el de héroes. Los dos equipos llegaron cantidades de veces a posición de gol. El haber quedado con uno menos no amilanó al cuadro blanco, que empató a los ’85 con un soberbio gol de James (había ingresado tres minutos antes). James primereó a Busquets, le ganó la posición y conectó con primor un centro de Marcelo. Como hacen los grandes definidores, con un toque, para asegurar, no a fusilar. James le mandó un telegrama a Zidane con ese gol y se dio una lección a sí mismo: tuvo movilidad en la acción, y la movilidad genera espacios y posibilidades. No se quedó esperando la bola, la fue a buscar. Un gol que le sirve: lo vieron cientos de millones de personas en todo el planeta. Acaso el error de Zidane fue haber cedido ante la presión de Gareth Bale, que volvía de una lesión y no estaba al cien por ciento, pero quería jugar. El propio Zinedine había confiado que no sabía si alinearlo, pero cedió y le dio titularidad. El galés se volvió a lesionar y además fue el de menos aportación entre los merengues. Fue nulo.

El día anterior al clásico, el diario Sport de Barcelona, en un tono más de esperanza que de premonición, le había dado la portada completa al número 10 azulgrana con el título: “Territorio Messi”. Hablaba del Bernabéu. Leo le dio total verosimilitud: llegó a Madrid con 498 goles oficiales con el Barsa y se fue con 500 redondos. Es el jugador que más le ha marcado al Madrid en toda la historia: 23. Y el que más ha convertido en la Casa Blanca: 14. Él es la gran explicación del triunfo catalán. Llenó de tarjetas a los blancos (amarillas Casemiro y Kovacic, roja Ramos, Marcelo que se salvó…), generó las mejores combinaciones y anotó dos goles de altísima calidad técnica. En el primero recibió dentro del área, eludió a Carvajal que quedó pateando el aire, y definió abajo, a lo crack. Y en el segundo, consciente que era la última jugada del partido, hizo lo de James: le pegó con más precisión que potencia, a colocar, junto a un palo para que el notable Keylor Navas no llegara. Y para que no se le fuera.

Ter Stegen providencial como nunca, Piqué y Umtiti sensacionales, Sergi Roberto predestinado (hizo la última jugada, como en el 6-1 ante el PSG), cerebral y necesario Busquets, el Barcelona se pareció al mejor Barsa de los años anteriores. Y Messi, claro. “Está muy bajo”, dijo el viernes un periodista argentino por Tv. “Tiene graves problemas psicológicos”, afirmó otro. Messi es el máximo goleador de la Liga y de la Champions. Y lidera la Bota de Oro de Europa. Él nunca contesta con palabras, habla con la pelota.

Se habían ido todos los jugadores y el público, se habían apagado las luces y aún salía vapor del césped. El Bernabéu había sido el tablado de una épica batalla. Lo único que quedaba era una certeza: no se puede jugar mejor al fútbol que esto. No hay más.

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