Marcas

Con Aroma de barrio

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

08:02 / 28 de agosto de 2017

Recorriendo la biblioteca hallamos un libro insospechado, del año 2005: el del Centenario de Central Español, obra de los amigos y colegas Marcelo Decaux, Luis Inzaurralde y Jorge Señorans. Central es uno de esos deliciosos clubcitos uruguayos cuya única gloria es seguir compitiendo, y que han dado al fútbol cuatro o cinco fenómenos. Entidad pequeña, con aroma de barrio, plena de maravillosas historias futboleras. Esos clubcitos que, cuando uno entra, están las camisetas secándose en el patio, un perro en la puerta del vestuario, el masajista cebando mate y el ruido de los tapones de los muchachos que salen para entrenar. El sol y la quietud de una mañana cualquiera confieren a la escena un toque de maravillosa sencillez.

En rigor es Central Fútbol Club, pero en 1971 firmó un convenio con la oficina de migraciones de España que le garantizaba un ingreso de dinero para subsistir y, a cambio, agregó a su nombre el “Español”. Al poco tiempo el acuerdo perdió conveniencia y ahora están viendo la forma de quitarle el gentilicio y volver a ser Central, nomás, como antes. El nombre surgió por su proximidad con el cementerio Central de Montevideo. Su modesta cancha está situada frente al estadio Centenario y lleva algunos años jugando en la “B” (va puntero y sueña con volver).

De Central salió Juan Delgado, el Negro Juan, famoso centromedio de los años 10 que jugó —y ganó— el primer Campeonato Sudamericano, en 1916, en Buenos Aires. Uruguay goleó a Chile 4 a 0 y los delegados chilenos protestaron el partido “por la inclusión, en Uruguay, de dos profesionales africanos”. Los “africanos” eran dos negros renegridos: Juan Delgado e Isabelino Gradín, descendientes de esclavos afro, pero más uruguayos que Artigas.

El Negro Juan fue el tercer jugador extranjero de Boca. El ansia boquense de conquistas lo hizo fichar en 1914. Pese a ello, Juan nunca se fue del barrio Palermo. Vivía allí, viajaba los sábados a Buenos Aires para calzarse la azul y oro y se volvía a Montevideo en el primer vapor que alcanzaba. Era el Vapor de la Carrera, que salía a las 12 de la noche de Buenos Aires y llegaba a las 7 de la mañana a Montevideo cruzando el Río de Plata. Delgado luego pasó a Peñarol y, al retirarse, fue por muchos años el utilero del equipo. Al retirarse lo sucedió su hijo Jorge. Y al jubilarse éste, tomó la posta el nieto, otro Juan. Fácil, ochenta años alistando botines y camisetas los morenos.

En los tiempos pioneros el fútbol era amateur, no se pagaba pase por los jugadores y éstos eran libres de fichar donde querían. No había tanto reglamento. Para cambiar de club, los tentaban con un trabajito liviano, alguna ropa nueva, irse a vivir a un barrio mejor. Pero pocos lo hacían, los muchachos permanecían en un cuadro por fidelidad. Y si se mudaban de colores debían justificarlo muy bien, estaba en juego la lealtad, el honor. Además, siempre se defendía al club del barrio donde moraban. Ante un cambio sobrevolaba la palabra traición. Cuando Juan ya brillaba en el medio juego de Central, Peñarol lo pretendía.

Si me voy de Central, en Palermo me matan —se excusó él. Palermo es el barrio (entonces malevo) de Central. Peñarol preparó un plan: lo mandó raptar. Una estratagema. El jugador desaparecería y lo tendrían guardado hasta el instante mismo de comenzar el campeonato. Una vez que empezaba jugando para un equipo, ya no podía cambiarse a otro. Se lo llevaron (con la anuencia del Negro) y lo escondieron en los fondos de un bar. Pero Central tenía gente brava y se enteraron de la maniobra. Y averiguaron dónde lo escondían. Le encargaron el rescate al guapo Antina, un sujeto de lo más representativo del malevaje montevideano, que dormía más en la comisaría que en su casa. Se cuenta que muchas veces, corrido por la policía, saltaba el paredón del cementerio y se escondía adentro de un nicho hasta que pasaba “el peligro”.

Antina era cuchillero. Fue caminando con varios pesados como laderos, entró al bar y lo vio al Negro Juan con un traje nuevo, muy a gusto, tomando copetines. Ya lo habían endulzado los de Peñarol. Antina dio un paso al frente y los captores otro. En medio de la tensión de la escena, dijo con tono grave:

— Negro, vamo’ pa’ casa.

— El Negro es libre y se queda donde le dé la gana -intentó contradecirlo alguien desde atrás del mostrador-. Delgado no temía, pero tampoco hablaba. El tira y afloje tuvo un par de vueltas más. Hasta que Antina amenazó:

— Juan se viene con nosotros o acá morimos tres o cuatro.

Siendo así… Delgado devolvió el traje, tomó sus cosas y enfiló con la caravana de vuelta al barrio. Esa temporada siguió jugando en el cuadrito rojo, azul y blanco. Al año siguiente, los mirasoles repitieron la maniobra del secuestro y ya los de Central lo pasaron a pérdida.

— Déjalo al negro vendido ese…

Efectivamente, a fines de 1917 Juan Delgado pidió pase para Peñarol y se fue de Central. Lo tentaron con dos tortas y una mejora en su empleo municipal; era peón en el cementerio. La historia nos la refirió Diego Lucero, inolvidable y genial escriba uruguayo que había sido jugador de Nacional en los años 20 y lo enfrentó. Diego nos honró con su amistad.

De Central, como de todos esos clubcitos pletóricos de sueños y necesidades, surgieron varios cracks. Uno de ellos, el célebre Wálter Gómez.

Otro fue campeón del mundo: Víctor Rodríguez Andrade, lateral izquierdo uruguayo en la tarde del Maracanazo. Cuenta Víctor en el libro del centenario:

— Antes de la final aquella hubo un hecho que me tuvo decaído. Todos recibieron cartas menos yo. Entonces, el Cotorra Míguez, que me vio tristón, me dio una bolsa de bombones que le había mandado la novia. Me dijo: “Tomá, esto te lo trajo Valentini, te lo manda una admiradora”.

Yo quedé feliz de la vida y entré a jugar contento. Pero apenas terminó el partido, lo primero que hizo Míguez fue sacarme los bombones y decirme la verdad.

La anécdota sola vale todo el libro. Víctor, que era muy amigo de Obdulio Varela, ofrendó otro relato maravilloso de aquella inmortal victoria sobre Brasil por 2 a 1 en 1950.

— El gol brasileño fue fuera de juego. Lo vi bien y protesté. Incluso el línea levantó la bandera. Se me acercó Obdulio: “¿Qué pasa, Víctor?”. Fue offside, le dije. Obdulio agarró la pelota, discutió con el árbitro, hizo entrar al intérprete, demoró y acalló la euforia del público. Cuando ya todo se había enfriado, nos dijo: “¡Vamos, que a estos japoneses les ganamos!”.

La expresión “japoneses” en el Río de la Plata no es despectiva hacia los nativos del Japón, alude a que “son todos iguales”, no hay un distinto, un destacado. O sea, son normales y se les puede ganar. Y pudieron.

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