Marcas

Si el río suena… (III)

La Razón (Edición Impresa) / Cé Mendizábal

07:05 / 12 de marzo de 2018

A principios de los noventa, un bicho picó a Mario Mercado. De la noche a la mañana, se propuso traer a Diego Maradona para que juegue en Bolívar. La frase  —lo del bicho— se la debo al jefe de redacción del periódico en que trabajaba por ese entonces, quien la pronunció con voz constipada.

Como en cualquier parte, el anuncio levantó olas de comentarios y demás. Unos decían “somos un país pobre. No podemos tirar la plata en estas cosas cuando hay gente que pasa hambre”. Otros preferían atacar lo improbable del proyecto. Otros más, su malformación congénita. Los que sabemos, comenzaron a deshojar margaritas por cientos: “me quiere, no me quiere…”.

El plan, al menos en la mente de Mercado, era simple: pasaba por pagarle un millón de dólares al argentino para que juegue la Libertadores del 94, después del Mundial, en la Academia. Otras versiones, más inciertas o infladas, dicen que le ofreció dos millones por un año. Según la más veraz, la primera, Maradona debía jugar la primera fase de la copa y punto. Como sea, la idea tenía sus bemoles: después de un bajón, el hombre había regresado a la cúspide de su carrera; era considerado el mejor jugador del mundo y ya se había alzado un Mundial, el del 86. Para matizar, algunos incluso decían que era la mano derecha de Dios. Era un chiste con pizcas de mala fe: aludía al gol con esa extremidad que el Pelusa le marcó a Inglaterra, ese 86, ante el pasmo del árbitro que se tragó el pito. Como sea, el argentino estaba disponible y estudiaba ofertas como quien revisa un menú suculento. Mientras, aquí arreciaban los comentarios y los que sabemos amontonaban pétalos de margaritas por miles: “me quiere, no me quiere…”.

Nunca supe si Mercado tenía ese dinero para tirar al aire, pero la idea no sonaba mal en sus labios. La cosa iba por poner precio alto a las entradas: “Cincuenta mil personas…” —lo que cabía esos días en el Siles, cuando la gente no veía mal apapacharse— “…que paguen a veinticinco dólares por nuca por partido, y hacemos un negocio redondo. ¿Quién no va a querer ver a Maradona jugando en el Bolívar? Hasta los del Strongest van a hacer fila”, apostillaba el empresario a quien quisiera oírle. Para aquellos días el precio era alto pero no sideral, así que medio mundo, comenzando por el astro, revolvió bien la idea. La prueba es el hecho de que se tardó varios días en responder. “Agradezco a Mario”, comenzó diciendo cuando hizo arrancar el último pétalo que barrió con la ilusión. Otros proyectos se cruzaban en el momento y Maradona no se vistió de celeste.

El hecho muestra la manera en que está organizado el fútbol por aquí y por allá. Un personaje —patrón, dueño, inversionista o como quiera llamársele— que hace y deshace a voluntad, casi como un hobby juvenil. No está mal en sí, pero ya deberíamos ser capaces de entrever la superación del caprichoso modelo. Además, ¿lo tienen todos, es decir, cada club tiene su santón particular a fin de que se dé una competencia equitativa? No. No lo tienen aquí ni en España ni en Inglaterra. Que el modesto Wigan, un club de las afueras de Manchester, ponga sus once para enfrentar al Man U o al Manchester City, propiedad de un poderoso grupo de Abu Dhabi, no significa que tenga la mitad de las posibilidades de ganar.

A sabiendas de eso, nosotros aumentamos los participantes de 12 a 14 para un torneo atrozmente deficitario desde siempre. Sí, hay chicos que quieren jugar, que merecen oportunidades… pero sus clubes no cuadran los gastos ni por las tapas, y es en ese trance que se lanzan a toda suerte de martingalas para sobrevivir, sin otro fin que intentar agarrar un boleto a una copa internacional... ¿Se puede culparlos por ello? Y el sistema que los prohíja, ¿qué?

Considérese, además, la manera en que los grandes manejan sus finanzas. The Strongest, el más exitoso en términos económicos por sus seis participaciones seguidas en la Libertadores —en unos días irá por la séptima, lo que es un récord nacional, y quizá continental— afirma por boca de su presidente, César Salinas, que gran parte de las ganancias se fueron en impuestos. Cuando él tomó las riendas de la institución —después de la bizarra gestión de Kurt Reintsch, tan exitosa en lo deportivo como desmadrada en lo económico— el SIN estaba encima y fue necesario asumir un plan de pagos a fin de que el Estado no se cargue al club. Como fuere, ¿llegará el día en que los clubes hagan públicas sus auditorías como, digamos, lo hacen los bancos? ¿Por qué hay que ir tras ellos para que lo hagan?

Bolívar, el más exitoso en términos deportivos —llegó a semifinales de la Libertadores del 2014 obteniendo un jugoso rédito en cada etapa— dice, por labios de Marcelo Claure, que si no le dan un perdón impositivo, la figura no le cabe y peligra su futuro estadio. Contra eso, Fernando Dips, controversial exdirigente celeste, en una ácida carta abierta a Claure, a mediados de 2016, ensayó números de la era BAISA. No pondría las manos al fuego por sus cifras, pero tampoco por las que, de tanto en tanto, lanzan Claure-Loayza. Según Dips, los egresos naturales del club (contratos, sueldos, primas, premios, gastos), más las deudas, sueldos de directorio, gastos de éste, incluso siendo onerosos, resultan menores a los ingresos obtenidos estos años por participaciones en las copas internacionales, patrocinios y demás que sumarían unos 3 millones de dólares por año, monto de por sí grande y al que hay que añadir una guinda tan oscura como enorme: la venta de las torres de Obrajes que se construyeron donde existía el Gran Centro Mario Mercado, de propiedad de Bolívar. Las cifras de Dips, no por aproximadas carecen de sentido: 29.270 metros cuadrados vendidos a un promedio de 1.100 dólares cada uno, hacen un global de más de 32 millones de dólares. El costo de la construcción, unos 600 dólares por metro cuadrado, se llevó 17 millones y medio de dólares, lo que dejó un ingreso de más de 14 millones y medio de dólares americanos. Dips apunta que es comprensible que BAISA, como inversor, tenga ganancias, pero aclara que ya antes había comprado el Centro en 2.000.000 de dólares (“de acuerdo al impuesto transaccional pagado”). Sin saber a cuánto alcanzan las ganancias de BAISA, e incluso admitiendo que son altas, la conclusión de Dips es contundente. Cito: “si sumamos los ingresos del Club más las utilidades del Gran Centro, menos (…) los gastos efectuados por Uds., en pago de deudas (…), contrataciones (…), planilla (…), sueldos del directorio, (…) pasajes y alojamiento (…), que pese a todo el despilfarro, con seguridad, que Uds al Bolívar le deben plata”. A partir de ahí, el exdirigente solicitó una auditoría al Ministerio Público, sin más respuesta que un silencio sepulcral. Mejor: un silencio atronador que resalta más lo denunciado, mientras apunta a las autoridades que, otra vez, prefieren mirar al techo. En este punto, es casi folklórico recordar que los palos que le dieron a Dips en las redes no fueron por su denuncia… sino por su actividad en Cotel. Así vamos.

En defensa de sus actos, Claure y Loayza han explicado varias veces que en la gestión de Mauro Cuéllar los juicios, las deudas, las amenazas de embargo estaban llevando a la entidad al abismo. De no mediar su intervención, hoy Bolívar sería una linda foto. Cierto o no, lo real es que la falta de auditorías amplias y contrastables en la tienda celeste resulta insufrible, lo que, aunque sea a la rastra, da la razón a Dips.

Es que lograr informes detallados de los mandantes de Bolívar ya resulta tan difícil como ponerse a jugar tenis con tomates. No hay cuándo deduzcan que no es posible reducir todo a discursos efusivos por los logros, que más hacen recuerdo a esas discusiones de cacho en las que, cuanto más firmes suenan las convicciones, peor quedan los números. Es, ni cómo negarlo, un viejo hábito. Y bien se sabe que el hábito hace al monje. Lo que no se sabe tan bien es que el monje hace de eso una ideología. Ya lo dice el refrán: “si el río suena, es porque aguas trae…”.

(Fin de Tercera Parte) (*) El autor es escritor y periodista

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