Marcas

De bombas, goles e indignados

Luka Modric, el capitán de Croacia, fue un refugiado durante la guerra de los Balcanes en los años 90.

La Razón (Edición Impresa) / Camila Urioste

06:51 / 25 de junio de 2018

El Mundial de Fútbol genera, cada cuatro años, la aparición de tres tipos de personas: los indiferentes, los fanáticos, y los indignados. Los indiferentes necesitan poca explicación, se trata de personas a quienes el fútbol los trae sin cuidado. Su vida sigue, durante el Mundial, como si nada. Los fanáticos son, obviamente, aquellos que siguen todos los partidos y en sus redes sociales publican cosas como ¡GOOOOOOL! cada vez que la selección que apoyan anota, que discuten con sus contactos sobre quién va a ganar, comentan jugadas, insultan a los árbitros, critican a los DT y comparten memes futboleros.

Los terceros, los indignados, son los que me interesa explorar en esta columna.

Los indignados se dedican a “no creer” cómo a alguien le puede interesar el fútbol, cómo pueden millones de personas plantarse frente al televisor durante un mes viendo a 22 tipos corretear detrás de una pelota (“¿por qué no les dan una pelota a cada uno y listo?”, piensan), por qué tantas personas, personas supuestamente inteligentes, adultos con dos dedos de frente, apoyan y alimentan con su atención y su dinero a una institución repleta de corruptos, como es la FIFA, y de jugadores que ganan millones (mientras hay niños en África que no tienen qué comer). En redes sociales, los indignados publican memes que, por ejemplo, muestran una imagen de los niños inmigrantes en Estados Unidos siendo encerrados en jaulas, junto a una imagen de un futbolista gritando gol, con un texto que dice: “Las personas gritan más fuerte un gol que una injusticia”. O textos lastimeros como: “Se dice que los futbolistas juegan bajo presión. Presión es la que tiene una madre soltera cuando no puede llegar a fin de mes, o la de un obrero cuya fábrica está a punto de cerrar”, o un comentario que dice: “Ahora que Argentina está fuera del Mundial, podemos por fin volver a enfocarnos en las miserias de este país”.

Hablan del fútbol como de un opio que tiene al pueblo dormido, hablan de pan y circo.

Leí una vez en un libro del escritor norteamericano Tom Wolf que la indignación confiere dignidad al necio.   

El viernes 22 de junio fue el día internacional del refugiado, un día para recordar y tomar conciencia sobre las millones de personas que se ven forzadas a huir de su hogar, ya sea por la pobreza o la guerra y buscar asilo, auxilio, en tierras lejanas. Miles de miles de personas que viven en tránsito, que dejan un hogar destruido con la esperanza de poder reconstruir su hogar en algún lugar, de poder criar a sus hijos en paz. Personas que se suben a barcos que naufragan, que se suben a camiones sin ventanas, que cruzan desiertos y montañas con nada más que lo que llevan puesto, y la certeza de que cualquier lugar al que lleguen será mejor que el que han dejado atrás.  

Luka Modric, el capitán de la selección de Croacia que le ganó tres a cero a Argentina en el partido disputado el 21 de junio, fue un refugiado durante la guerra de los Balcanes en los años 90. Con tan solo siete años de edad vio a su abuelo ser fusilado ante sus ojos, junto a otros ancianos de Modrici, el pueblo (en ese entonces parte de Yugoslavia) en que vivía. Su padre combatió en la guerra por la independencia de Croacia y él y su madre vivieron entre los escombros, de un hotel de refugiados a otro, hasta que la guerra por fin terminó. Un hombre que lo conoció de niño en uno de aquellos hoteles de refugiados lo recuerda como un pequeño serio, ensimismado, que jugaba fútbol todo el día. “Rompía más ventanas que las bombas serbias”. Ese niño pequeño, de mirada apagada que veía cómo su hogar, su familia y su comunidad eran destrozados por la guerra, se refugió, sí. Se refugió en el fútbol y se convirtió en uno de los mejores jugadores del mundo. Jugaba en los patios y estacionamientos armando equipos con otros niños refugiados, rodeado de escombros y sombras. Su padre había sido futbolista y le transmitió la pasión por el deporte, así como lo hacen los padres, pero también de manera especial para mantener un espacio de “normalidad”, algo lúdico en medio de la desolación. Años después, Modric dijo: “La guerra me hizo más fuerte.

Fueron tiempos durísimos para mí y para mi familia. No quiero arrastrar ese tema para siempre, pero tampoco me quiero olvidar de ello”.

Esto también es importante recordarlo el día de los refugiados, y todos los días: Que no se trata de prestar atención a las desgracias humanas o al fútbol (o el teatro, o la música, o el cine). No se trata de una cosa o la otra. Se trata del hecho de que el deporte, así como el arte, hacen de este mundo un sitio en el que vale la pena vivir, hacen de la vida un tránsito que vale la pena experimentar, no a pesar de las guerras, de las injusticias y las desigualdades, sino precisamente a causa de ellas. Y que el arte y el deporte no solamente hacen la vida vivible, sino que en muchos casos, nos han salvado la vida.

Yo soy artista, y como tal he pasado la mayor parte de mi vida defendiendo mi derecho a dedicarme a algo que muchos perciben como inútil: escribir poemas, hacer teatro, escribir novelas, organizar festivales, ir al cine, escribir guiones. Es verdad, mientras escribo poemas, mujeres son violadas. Y mientras veo un partido de fútbol, miles de niños migrantes en Estados Unidos están siendo enjaulados como animales. Y es verdad que desde tiempos ancestrales, los poderosos nos quieren dormir con su pan y circo, y que no hay circo mayor que la Copa Mundial de fútbol. Sin embargo, aquellos indignados que no se cansan de difundir estas noticias e imágenes en redes sociales y respingar la nariz frente a los aficionados del fútbol están comprando baratísima la sensación de “hacer una diferencia” y “cambiar las cosas”. Baratísima.

Admiro a las personas cuya misión en la vida es rescatar a los refugiados, luchar por las leyes a favor de las mujeres, detener la guerra y salvar el medio ambiente. Mi misión en la vida, como la de los artistas y los deportistas, es hacer de este mundo un lugar que valga la pena salvar.

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