Marcas

La prensa canalla

Una buena porción de culpa de los males del fútbol argentino es de su periodismo sabelotodo, exigente, tremendista y feroz.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

06:54 / 25 de junio de 2018

Había empezado el partido siguiente, un día después, entre Brasil y Costa Rica, cuando en la Argentina aún ardían los últimos focos del incendio ante Croacia y se disputaba un mundial aparte, el de memes hirientes, declaraciones estruendosas y titulares sarcásticos. Hay una dramatización exagerada en todos los países de las derrotas deportivas, especialmente en una Copa Mundial, y demasiado especialmente en la Argentina, donde se maximiza hasta el sufrimiento. Y en el resto de los países se disfruta bastante: cuando se trata de Argentina, no está mal ver un poco de sangre.

El fútbol no genera inflación ni desempleo, no ocasiona muertes ni altera el desarrollo de los países, apenas afecta el humor social por un breve lapso. Y eso es lo que pasará si finalmente la selección albiceleste es eliminada en primera fase del Mundial. Nada más.

Pero hay periodismo en exceso. Al menos en la Argentina; muchos canales de televisión deportivos, radios, diarios, medios digitales, y una superpoblación de periodistas que compiten para destacarse, ver quién es el más cruelmente ingenioso y destructivo. Quién da la nota por ser el más original en la desmesura. Las redes sociales potencian todo ese combo negativo y pernicioso. Se deben llenar horas y horas de programación, competir contra centenares de colegas. Hay sobreabundancia de debate, análisis, panelismo. Se necesita ser más mordaz, más locuaz, más combativo para impactar y ganar audiencia. Todos gritan, acusan, se burlan…

Argentina está mal futbolísticamente por sus dislates institucionales, los entrenadores que han pasado sin dar en la tecla y la escasez de buenos jugadores, pero lo peor, lo más dañino es su periodismo, que instala primero expectativas altas, luego exige y por último enciende la hoguera de la crítica. Y la disfruta. Y mientras ve arder los muñecos que quema, vocifera, condena, hiere. Además, todos tienen el dato preciso de lo que pasó en el vestuario, lo que se dijeron los jugadores y el técnico, el insulto a tal o cual, que Messi arma el equipo... Una intromisión desmedida. Y un protagonismo extremo.

Esto genera una presión brutal sobre la selección, que vive en crisis y juega siempre en estado de urgencia, de angustia y dramatismo. Ni los generales que debieron tomar la terrible decisión del desembarco en Normandía, que suponía de antemano la muerte de decenas de miles de soldados, habrán sentido la presión que tiene Messi en su mente y en su cuerpo cada vez que se pone la camiseta celeste y blanca. Es inhumano. También sus compañeros.

Les tiemblan las piernas por el temor al fracaso. No es una buena selección esta, aunque estamos persuadidos de que no es tan espantosa como para no poder hacer tres pases seguidos. De última, en un Mundial y dos Copa América consecutivos perdió un partido en 19, y en alargue y contra Alemania. Pero sin serenidad y confianza nada se puede hacer con éxito en la vida. Una buena porción de culpa de los males del fútbol argentino es de su periodismo sabelotodo, exigente, tremendista y feroz.

Es natural que, después de una derrota dura, impere la rabia o el dolor, pero eso es para el aficionado, el periodista es formador de opinión, por lo tanto tiene la obligación de serenarse, no puede enardecer más al público, que además ahora está conectado mediante Twitter, Facebook, Instagram y participa aportando más leña.

Reproducir las barbaridades que se han dicho por la debacle argentina ante Croacia sería caer en la misma miseria. Y ahora hasta podría darse el caso de que Argentina pase de ronda si vence a Nigeria. Lo cual no le será sencillo porque nada le resulta así. Siempre estará la tensión al máximo y habrá una horda de verdugos esperando con el hacha. Y, si clasifica, la selección no habrá hecho más que calmar momentáneamente al monstruo.

Lo inquietante de esta forma de hacer periodismo es que se está extendiendo. Un periodismo sin hidalguía, pues nunca se desdice ni rectifica.

A mediados del año 2000, el papa Juan Pablo II se dirigió a unos dos mil periodistas de 54 países congregados en el Vaticano para celebrar el Jubileo del gremio de la prensa. El Pontífice hizo interesantísimas reflexiones acerca de la misión trascendental de comunicar. Lejos de halagar el oído de los presentes, su mensaje fue un llamado a la responsabilidad, al compromiso irreductible con la verdad, a los límites —que existen para la prensa como para cualquier otra actividad— y esencialmente a la ética.

Expresó que debe considerarse al periodismo como una profesión “sagrada”, cuyo objetivo es “comunicar la verdad”. Naturalmente, los periodistas presentes se habrán sentido encantados, hasta privilegiados con la palabra “sagrada”, aunque un tanto incómodos con ese vocablo tan terrible que suele ser “verdad”.

“El periodismo no puede guiarse por las ganancias o los índices de audiencia”, sostuvo, para agregar: “Ustedes no pueden escribir o difundir con los ojos puestos en los índices de la audiencia”, en una clara advertencia sobre el sensacionalismo. “Debido a su amplia y directa influencia sobre la opinión pública, el periodismo no puede estar guiado solo por las fuerzas económicas, por las ganancias o por los intereses parcializados”, siguió Juan Pablo II. “Tampoco pueden hacer uso indiscriminado del derecho a la información sin tener en cuenta los otros derechos de las personas”.

A esa altura, la mayoría estaría con el semblante verdaderamente adusto, dado que cada día son menos quienes cumplen (o les es permitido cumplir) con premisas tan fundamentales en esta labor. “En cambio —siguió el Papa—, debe percibirse como una tarea que es en cierto sentido sagrada, que se realiza con el entendimiento de que los poderosos medios de comunicación son encomendados a ustedes para el bien de todos”.

El jefe de la Iglesia Católica graficó que una persona puede ascender a las alturas del genio humano o caer al abismo de la degradación mientras está sentada sola ante un teclado o una pantalla. Señaló que, a ningún artículo, película o programa de televisión, por fascinante que fuera, se le puede permitir lastimar la verdad. Y acuñó una frase que es toda una sentencia de muerte para la arrogancia de muchos: “Toda libertad tiene límites, incluso la libertad de expresión”.

Una maravilla.

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