Marcas

He aquí el finalista del sacrificio

La inagotable persistencia de los azules dio lugar a remontar; fue toda una proeza.

La Razón (Edición Impresa) / Óscar Dorado Vega

06:59 / 12 de julio de 2018

Lección de fútbol y carácter para encaramarse a una inédita final. Croacia llegó a Moscú superando tres prórrogas y dos definiciones desde el punto penal. A los cinco minutos Inglaterra la aventajaba con un estupendo gol de tiro libre y antes de concluir el periodo inicial pudo padecer el segundo. Todo cuesta arriba. Sin embargo, no claudicó. El intermedio la revitalizó. Regresó convencida de sus argumentos y se apoderó indeclinablemente —luego de más de dos horas de extenuante disputa— del pasaporte a la final.

Lo expresado se personificó en una gran figura: Luka Modric. Y en varios escoltas de formidable nivel: Ivan Rakitic, Ante Rebic, Sime Vrsaljko.

En la alta competencia no es sencillo remontar un marcador. La inagotable persistencia de los azules dio lugar a esta proeza.

Y es que cuando tempraneramente Kieran Trippier dejó sin chance alguna a Danijel Subasic pareció que la balanza se volcaba con viso engañoso de lo definitivo. El triunfo parcial mostró a los ingleses dueños de la situación y en dicho contexto Sterling no encontraba oposición en sus frenéticas corridas, asistidas por Henderson, Dele Alli y Lingard, aunque este último despilfarró una oportunidad de oro, que acaso hubiera liquidado el pleito.

La seguridad británica dejó de ser tal en el complemento. No solo eso. Incorporó distracciones, graves deslices, inusual desprolijidad en el empleo del balón. Proporcionalmente los balcánicos crecieron, sobre todo en la intención de prevalecer en el área contraria. Y de los avisos —Walker evitó una inminente caída— pasaron a resolver gracias a la suela de Ivan Perisic, que luego vio cómo uno de los verticales le vetaba el doblete.

Era, sin duda, una batalla de fisonomía muy distinta a la del arranque.

La iniciativa correspondía a Croacia e Inglaterra, como nunca antes en el torneo, accionaba turbada, errática. Recostada sin reacción sobre su zona.

Antes del término Lingard no supo definir y en contrapartida Pickford tapó frente a Mandzukic.

El primer periodo suplementario generó las modificaciones derivadas de la erosión física. Pudo recuperar el cuadro de Gareth Southgate la supremacía numérica luego de un frentazo de Stones, pero la respuesta de Mandzukic volvió a toparse con una acertada intervención del arquero del Everton, sorprendido, eso sí, posteriormente ante el mismo protagonista, que sacó provecho a uno de esos despistes que su retaguardia evidenciaba con alarmante frecuencia.

De ahí en más el cronómetro reapareció como actor de rango preponderante, al igual que el pronunciado cansancio.

Inglaterra terminó con diez (Trippier imposibilitado de caminar), luego de consumir la cantidad de cambios y sumó infructuosamente delanteros en un agónico afán de asirse al extremo recurso de los penales.

Croacia emuló y rebasó a aquel plantel de hace veinte años, tercero en el Mundial de Francia. El recuerdo de Robert Prosinecki, Davor Suker, Darío Simic y Zvonimir Boban se paseó en el estadio Luzhniki en pro de realzar la casta de este elenco que Zlatko Dalic ha desarrollado en base a matices de juego como la asociación efectiva de sus piezas, dispersas adecuadamente e inclaudicables en el reto uno a uno, como también en la entereza colectiva.

Es el finalista del sacrificio. Sufrido, abnegado. Radica en el polo opuesto de su adversario del domingo, que no sabe lo que es rebasar noventa y pico de minutos. Exhala, asimismo, sed de revancha por lo ocurrido en aquella semifinal de París. Aquilata experiencia, aptitud y seguramente ningún ápice de fatiga —sin desconocer que la almacena— conspirará contra el sueño de gloria que Rusia le concede con irrefutable derecho.

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