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Ribéry, el maltratado irreverente

Tiene la doble virtud de asistir y anotar, de resolver con eficacia las jugadas

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

02:34 / 17 de enero de 2014

Futbolista determinante en la plantilla del último campeón europeo, el Báyern de Múnich, la historia del francés es la del hombre que llega lejos a fuerza de batallar contra todos los huracanes que amenazan con aniquilar su trágica infancia, marcada por un accidente y el abandono de sus padres. Gerardo Martino, entrenador del Barcelona, dice que la vida de Messi es digna de un guión cinematográfico, pero ciertamente las vicisitudes experimentadas por Ribéry son dignas de un gran guionista, porque su historia, esa sí, merece una película con letras mayúsculas.

Lo acusan de haberse enredado con una prostituta marroquí menor de edad cuando formaba parte de la selección francesa que vivió enquilombada antes, durante y después la Copa del Mundo jugada en Sudáfrica 2010.  Del Marsella pasó al Báyern de Múnich para convertirse en su figura más determinante cuando el equipo alemán llegó a la final de la Champions y la perdió frente al Chelsea (2011-2012) y al año siguiente, cuando finalmente consiguió el título venciendo al Borussia Dortmund luego de una formidable campaña dirigida por el septuagenario Jupp Heynckes, distinguido por la FIFA como mejor entrenador de la pasada temporada.

Algunos dudaban de su predisposición para adaptarse a las exigencias y al nuevo estilo del flamante sustituto de Heynckes (el español Josep Guardiola) y de todas maneras siguió respondiendo con su endiablada velocidad y capacidad de definición en los últimos 30 metros en un frente de ataque en el que el dinamismo y el cambio de posiciones con Arjen Robben lo llevaron a convertirse en uno de los principales definidores de la actualidad futbolística de élite.

Franck Ribéry ganó el título de mejor jugador de Europa en agosto y en el equipo ideal premiado el lunes 13 de enero por Monsieur Blatter y compañía, figura como volante ofensivo por derecha en un esquema 4-3-3, mientras que en otro armado por la UEFA a partir de las preferencias del público, aparece como mejor centrocampista por izquierda.

Lo cierto es que Ribéry, independientemente del lugar que ocupe en el dibujo, suelta las amarras y se manda hacia  posiciones de gol con la misma ductilidad por izquierda que por derecha, y tiene la doble gran virtud de asistir y anotar, de resolver con la misma eficacia la penúltimas y las últimas jugadas.

Ha quedado comprobado que en el glamoroso mundo de las premiaciones estilo Oscar hollywoodense, Franck Ribéry no califica. Y peor si tiene el antecedente de haberse entretenido alguna vez, aunque muy probablemente desconociera el “detalle” de su edad, con una chiquilla sin los años suficientes señalados por ley, junto a su compañero de selección Karim Benzema. Para que las cosas le sean más desventajosas en el mundo dividido entre bonitos y feos, no es un  un carilindo como Cristiano Ronaldo, y menos tiene la expresión de niñato inocentón y desprevenido de Lionel Messi. 

Ribéry es un futbolista de excepción, pero no está para tapas de revistas fashion porque hasta el humor negro de las coincidencias le jugó una mala pasada:  Nació el día en que se estrenó Scarface —memorable actuación de Al Pacino— y dos años después de nacido quedaría con esa profunda cicatriz en el pómulo derecho, resultado de un impresionante accidente automovilístico cuando apenas era un niño, que lo disparó del asiento de atrás por el parabrisas, sin que en ese momento hubiera la más remota idea de que con los años se convertiría en el cara cortada más famoso y fundamental del fútbol mundial.  

Ribéry tiene la expresión de los hombres duros, porque además de ese tremendo accidente y esto es todavía más grave, fue abandonado por sus padres, y no tuvo otra posibilidad que pasar los años de su infancia en un convento de monjas, con la cara troceada por los vidrios, sin que se le presentara la posibilidad de una reconstrucción que mejorara radicalmente su apariencia. A esto habría que agregar su temperamento revoltoso que dio lugar a su expulsión del convento y que comenzara a trabajar muy joven como albañil hasta que el US Bolougne se fijó en sus virtudes, en 2005 el Marsella reconociera su potencial enrolándolo en sus filas y dos años después el más grande equipo de la Bundesliga (2007) se lo llevara y en el que ya juega por séptima temporada consecutiva.   

Luego de la otorgación del Balón de Oro a Cristiano, la película podría titular “El bello, la bestia y Peter Pan” y así marcar las ostensibles diferencias de los itinerarios vitales de los tres candidatos. El ganador, en plan guapo de la cuadra como se diría en un barrio porteño, el tercero, el genio que se niega a envejecer y que solamente puede ser interesante dentro de un campo de juego ya que afuera es un joven común y corriente, y Ribéry, al que los expertos en estereotipos condenarían a la galería de cualquier marginal, asesino serial, o miembro de alguna pandilla de malvados sanguinarios que no le hacen ascos a ningún recurso con tal de concretar sus objetivos. La historia del portugués es la de un chico de extracción popular que lucha por llegar adonde está muy en el plan del american way of life, al punto de haberles regalado un auto a cada uno de los masajistas del Real Madrid, tal como lo prometiera si conseguía el Balón de la FIFA. El rosarino es el más grande futbolista de estos tiempos, pero en el show dorado para Tv aparecía  como un chiquito insignificante pendiente de no apegarse al grandote Zlatan Ibrahimovic. Y el francés es el dueño de una vida digna de un gran guión y un gran director cinematográficos.

En este primer mes de 2014, Franck Ribéry debe comparecer en estrados judiciales por el juicio instalado en su contra por el incidente con Zahía D., la chiquilla marroquí de 16 años con la que presuntamente se viera envuelto hace cuatro años. No tiene que ser para nada casual que cuando se presentó por primera vez ante la Policía de París para rendir cuentas por sus actos (20 de julio de 2010), llevara una polera con la imagen de James Dean, mítico protagonista de Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955).

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