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¿Semillero o geriátrico?

La goleada producida por el Sao Paulo sirve como inapelable radiografía de lo se produce en Bolivia en lo concerniente al llamado fútbol profesional.

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

02:54 / 25 de enero de 2013

En Santa Cruz de la Sierra, la principal ciudad de práctica futbolística en Bolivia, hoy es más importante la mutual de exjugadores que las escuelas para niños y jóvenes.  Es un absurdo que en alguna medida explica catástrofes como la sufrida por Bolívar frente a Sao Paulo.

La ingenuidad y el optimismo futboleros nos encaminan a creer en aparecidos o en milagros, pero no aprendemos aunque la experiencia nos vaya propinando cachetadas continuas. Suponía que la catástrofe bolivarista frente al Santos el pasado año (0-8), pasaría a convertirse en el peor paso de su historia y que dada la estirpe, las credenciales, en síntesis, la identidad e historia académica, los celestes volverían por sus fueros y tendríamos ayer un partido jugado con entereza y alguna propuesta de juego: Nada. Ni fortaleza anímica ni planteamiento, solamente un grupo de chicos desatentos y poco convencidos de lo que hacían rebasados por la superioridad del rival en todos los órdenes. En suma, la goleada producida por el Sao Paulo sirve como inapelable radiografía de lo se produce en Bolivia en lo concerniente al llamado fútbol profesional comenzada la segunda década del siglo XXI.

En cuarenta años de mirar y remirar el fútbol que aquí se produce, con algunas primaveras destacables muy esporádicas, pero que ya forman parte del recuerdo y de la añoranza para nostálgicos, el fútbol de alta competencia internacional ha revolucionado sus cimientos, y por lo tanto replanteado sus conceptos en lo organizativo, técnico, táctico y físico. Futbolista que hoy no aguanta un ritmo sostenido de noventa minutos y cuando mucho llega a desplegar energía nada más que durante sesenta o setenta, está condenado a la intrascendencia y a que sus equipos sirvan solamente para rellenar los sitiales inferiores de las tablas de posiciones de los torneos.

En ese contexto, Bolivia sólo participa. Va de relleno, porque sus equipos no están preparados para competir en serio —aunque terminen perdiendo— frente a adversarios de más quilates, procedentes de realidades deportivas musculosas donde el fútbol se construye de abajo hacia arriba, desde la escuela y el colegio, pasando por las escuelas especializadas, las divisiones infantiles y juveniles de los clubes en las distintas categorías, para luego de ese recorrido natural y progresivo, generar la emergencia de los valores considerados aptos para acceder al profesionalismo, preparados para desplegar sus virtudes y bregar por sus ambiciones.

Leo las opiniones de los bolivaristas dolidos, consternados, desconsolados. Se estrellan contra técnico y dirigentes, camino fácil para descargar responsabilidades como siempre y aquí conviene un sinceramiento con nosotros mismos, con el reconocimiento de un cuadro de situación cada vez más opaco en términos de formación deportiva y fomento de recursos humanos.

Bolivia no tiene profesores de fútbol en condiciones de orientar y conducir talentos por la senda correcta, y digo profesores que no es lo mismo que entrenadores o directores técnicos, pues estos se capacitan para dirigir equipos a conformarse por futbolistas hechos y derechos, listos para participar y competir. He ahí gran parte de la explicación de por qué hace por lo menos una década no aparecen figuras que puedan descollar y trascender fronteras. La vieja escuela de los Roly Aguilera y Enrique Happ no existe más. En síntesis: El concepto de escuela de fútbol en Bolivia prácticamente ha desaparecido.

Por lo tanto, si seguimos insistiendo en que la crisis nunca superada de generación de nuevas camadas de jugadores puede encararse cupularmente, atribuyéndole todas las responsabilidades a los dirigentes de distintos pelajes estamos fritos de aquí a la eternidad,  porque si no es el Estado a través del sistema educativo el que se prodiga en serio y sostenidamente por introducir los conceptos modernos de la educación física y la educación deportiva, desde el preescolar hasta el bachillerato, si no se forman maestros que tengan capacidad para transmitir conocimientos y generar procesos de entrenamiento de largo plazo, en lugar de capataces con vocación militar para hacer dar vueltas y vueltas a chicos y chicas por una canchita polifuncional a título de calentamiento, nunca pasará nada, seguiremos atrapados en la incapacidad para competir y ni se diga sobre peregrinas ambiciones de alguna vez ganar algo, no sólo en el fútbol, sino en la mayor parte de las disciplinas.

Pero si la realidad es así de dura y por el momento inmodificable, se ha llegado al colmo del disparate con la importancia superlativa que por ejemplo se le otorga a la Mutual de Futbolistas de Santa Cruz de la Sierra, allá donde se encuentran los mejores exjugadores profesionales de Bolivia. Pues bien, la Mutual está muy bien organizada con equipos y campeonatos, y con operadores que piden ayuda a instancias políticas e institucionales para recibir  el respaldo que consideran necesario.

Jugadores que en su momento fueran destacados valores de los clubes bolivianos y de la selección nacional,  y que alguna vez militaron en importantes clubes de afuera, están felices con los 200 a 400 Bs que reciben un sábado o un domingo por un partidito Sub-50 o más, más la correspondiente caja de cerveza para el festejo posterior. Genial: Los futbolistas fuera de juego, jubilados, muchos de ellos abrazando causas cristianas a fin de encontrar la senda de vida que los ayude a alejarse de viejos y viciosos hábitos, resultan más importantes que los chicos de las escuelas deportivas que funcionan en condiciones precarias sin respaldo suficiente de municipios y gobernaciones.

El absurdo ha llegado al extremo de que un asilo sea más importante que un centro formativo. Es decir, se apuesta por respaldar el mediocre  e intrascendente partidito de fin de semana de unos señores que ya fueron a los que por supuesto se respeta y agradece por los servicios prestados, y se pone mucho menos énfasis en lo que corresponde a la formación de los chicos que desde los 5-7 años tienen la ilusión de jugar al fútbol y que ven en Messi a su modelo de vida y práctica deportiva.

El fútbol boliviano habita el mundo al revés. El orden de las prioridades se halla invertido, y si este enfoque no es cambiado, no tenemos por qué alarmarnos de las derrotas de nuestros equipos llamados profesionales que juegan a nada como acaba de suceder con Bolívar.

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