Marcas

Transpirar la camiseta

En estos tiempos sí que las camisetas de los futbolistas  terminan empapadas

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

03:25 / 13 de diciembre de 2013

Como nunca antes en sus 120 años de historia, el fútbol moderno se juega con exigencias de una casi perfecta condición física. Por eso los futbolistas de élite hacen de sus vidas diarias un conjunto de hábitos en los que la disciplina en el entrenamiento, la buena alimentación, el buen descanso y el uso creativo del tiempo libre forman parte de los requisitos para ser jugadores a tiempo completo donde calidad técnica y rendimiento atlético se han convertido en una sola cosa.

Hace 50 años no se jugaba al fútbol a la velocidad turbo de ahora. Y, por lo tanto, eso de transpirar la camiseta terminó convirtiéndose en una metáfora machacona que aludía a que todo tiempo pasado fue mejor y, por lo tanto, antes se jugaba nada más que por el honor de representar a un club o a la selección de un país, en tiempos en que la vorágine capitalista todavía no había metido al juego más apetecido por todas las audiencias del planeta en la lógica de los negocios con sus variadas formas de explotación y construcción de emporios dentro de las estrategias de acumulación donde se respira dinero a borbotones y los astros transcurren sus vidas nadando a diario en piscinas de millones de euros.

Mentira. Ahora se transpira la camiseta 50 veces más que antes. Ahora, haga calor o frío, se juegue en Recife o en Moscú, los futbolistas de élite y alta competición están siendo formateados dentro las exigencias cada vez mayores del esfuerzo físico, porque correr y jugar son asuntos que se han fundido, que se convirtieron en una sola cosa, pues correr tocando la pelota, metiendo pases en profundidad o reventándola hacia la grada más próxima para neutralizar el asedio del adversario, demanda 90 minutos de ritmo sostenido, donde el que flaquea y empieza a encorvarse para apretarse las rodillas, da muestras de debilidad, capitulación y, por lo tanto, muy probablemente, de derrota.

En estos tiempos sí que las camisetas de los futbolistas que se consideran profesionales terminan empapadas, producto de un inmenso desgaste, de la inversión de energía que son capaces de desplegar en partidos como los jugados en la última fecha de grupos de la Champions League, en la que el último campeón, el Bayern de Múnich, ganaba 2-0, y gracias a un monumental sacrificio de su rival, el Manchester City de Manuel Pellegrini, dio vuelta el marcador con un trabajo defensivo impresionante, particularmente atribuible a Fernandinho, Zabaleta y Demichelis.

Había que sacarle la pelota a los de Guardiola, era necesario lograr cortarle los circuitos que son capaces de conectar con su endemoniada posesión acelerada por Ribéry, y era necesario buscar las pocas opciones para encontrar los espacios vacíos que permitieran batir a Neuer, especialmente a cargo de un inspirado David Silva y con la desventaja de siete ausencias entre las que se deben contar las fundamentales de Yaya Touré y Sergio Agüero.

Con ese mismo espíritu, el Nápoles de Rafael Benítez tuvo que esforzarse al máximo para romperle la manija a Tomás Rosicky, Mikel Arteta y Santi Cazorla, que durante la primera fracción insinuaban que el Arsenal de Arsene Wenger controlaría de principio a fin, que el primer lugar en su grupo no corría riesgo, pero conforme fueron avanzando los minutos en la segunda etapa, el sureño equipo de Italia equilibró las cosas con piernas decididas a no permitir más de tres pases seguidos y buscar los huecos para que, en dos de las pocas ocasiones que dispuso en ataque les facilitara a Gonzalo Higuaín primero y a José María Callejón hacia la expiración del tiempo reglamentario, un resultado que les permitió soñar por unos minutos con la clasificación debido a que el Borussia Dortmund de Jürgen Klopp empataba con el Marsella, marrando una seguidilla de ocasiones de gol para obtener una victoria que finalmente pudo conseguir muy a duras penas.

Pero si el Manchester City y el Nápoles sacaron a relucir su máxima capacidad de aguante y contraataque, el Barcelona, en un partido de trámite más bien favorable, por lo cómodas que le resultaron las cosas de principio a fin para imponerse 6-1 al Celtic, certificó otra vez su inconfundible sello de sostener el ritmo sin apearse a dosificación alguna, sin dejar de ir al frente  para buscar más anotaciones —sin las presencias esenciales de Lionel Messi y Andrés Iniesta— y el funcionamiento colectivo intacto que desató continuamente jugadas de una vistosidad centuplicada por los malabares a cargo de Neymar que marcó tres goles y las corridas fulgurantes de Alexis Sánchez: sólo faltó un gol en que los ataques masivos terminaran con cinco jugadores colgados de las redes escocesas, dada la precisión para tocar tres y hasta cuatro veces el balón dentro del área chica.

Con intensidad distinta, pero con la misma predisposición de dejarlo todo en el campo, la noche del miércoles, Lanús de Argentina doblegó al Ponte Preta brasileño para conseguir la Copa Sudamericana. Luego de concluido el partido, entre vítores, cánticos, saltos y vuelta olímpica, los jugadores del campeón afirmaban que el título logrado era producto del trabajo iniciado en la pretemporada, que habían hecho un enorme sacrificio en tanto se trata de un cuadro sin luminarias, donde el trabajo de Guillermo y Gustavo Barros Schelotto, caracterizados por su fuerte temperamento, había sido decisivo para un equipo que, además, está aspirando al título del torneo argentino de ganarle el domingo a Newell’s Old Boys de Rosario.

Los jugadores argentinos, y también los derrotados brasileños, chorreaban de transpiración, luego del partido. Lo habían dado todo en el campo, habían sudado la gota gorda como suelen hacerlo todos los fines de semana en sus torneos domésticos. ¿Antes se jugaba por amor a la camiseta? Seguro. Hoy también se juega por la camiseta, pero no tengo dudas de que hoy se la transpira más que hace 50 años.

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