Marcas

Wakatokoris de Ilabaya, en la fiesta del valle Hermano

Los trajes, que tienen como motivo central una estructura de piel de toro, son antigüedades que se han pasado de generación en generación.

La Razón / Ivar Méndez

00:00 / 28 de abril de 2013

El golpe rítmico de los tambores de piel retumba en las montañas que como brazos gigantescos abrazan al pueblo de Ilabaya. El hipnótico sonido se siente como el palpitar de un pujante corazón que pone en sincronía el pulso de los achachilas con el de los músicos y danzarines. Los khena khenas están ataviados con sombreros altos de plumas multicolores, y sus descomunales corazas cubiertas con pieles de jaguar les dan un aspecto amenazador. Las coreografías les hacen ver como guerreros provocando al enemigo con pasos que alternan entre defensa y ataque.

Ilabaya, municipio de la provincia Larecaja, está colgado en las estribaciones del nevado Illampu (6.368 msnm), a 13 kilómetros antes de llegar a Sorata desde la ciudad de La Paz (el viaje por tierra demanda unas tres horas; el transporte público parte de la zona del Cementerio General, noroeste de La Paz).

Del aymara, Ilabaya quiere decir valle hermano (hermano de Sorata) y se encuentra a los pies de los cerros Kaspata e Istipata, los benevolentes achachilas.

Desde el pueblo se puede divisar un valle de incomparable belleza, enmarcado por el espectacular nevado y las aguas cristalinas del río Chilbaya.

Estamos en la fiesta del Señor de Dulce Nombre, patrono de Ilabaya. La llegada de la imagen tiene una historia interesante; se cuenta que en la época colonial, sendas imágenes de Cristo cargando la cruz se destinaron a ambas poblaciones vecinas. La del Señor de Dulce Nombre debía ser instalada en la iglesia de Sorata y la del Señor de la Columna en Ilabaya. Las dos imágenes eran transportadas en mulas de carga desde la sede de gobierno; al llegar a la intersección de caminos, el animal que cargaba el encargo de Sorata emprendió un galope repentino por el camino que lleva a Ilabaya y no paró hasta llegar al pueblo. Allí, en la iglesia de estilo barroco mestizo que se dice es de las más antiguas de Larecaja, se quedó la representación del Señor y patrono sin más trámites.

Los khena khenas apuran el ritmo y el Señor de Dulce Nombre se tambalea en los hombros de los devotos que lo llevan en procesión. La cruz que carga, hecha de hojalata, resplandece bajo el sol del mediodía y el hermoso valle se refleja como un caleidoscopio multicolor en su pulida superficie. El pueblo entero sigue con fervor el rito católico. Los feligreses vestidos con sus mejores galas y con las cabezas rociadas de mixtura participan en silencio, mientras la melodía de las flautas de caña de los khena khenas resuena en el valle.  

Al terminar la procesión, el Señor de Dulce Nombre es devuelto a su morada en la iglesia, donde estará hasta que vuelva a salir en enero del próximo año.

De pronto, hay una agitación en la gente que se ha congregado en la plaza del pueblo, la banda empieza a tocar y todas las miradas se dirigen hacia la esquina norte de la plaza. Son los wakatokoris que hacen su entrada con un brío contagioso. Están guiados por un personaje bufonesco que lleva un palo cubierto de plumas de aves exóticas. El hombre tiene un gesto burlón en el rostro y está vestido con una chaqueta oscura, al estilo militar, y una gorra de lana de brillantes colores. Se me acerca, posa para una fotografía y me invita a seguirlo.

El palo que porta tiene varios metros de largo y lo manipula con gran habilidad y elegancia; me decido a seguirlo y me incorporo al grueso de los danzarines y a su dinámico ritmo.

Varios danzantes tienen medio cuerpo metido en corazas de toro e imitan el movimiento de la bestia, como si estuvieran en una corrida; meciendo con gracia y realismo esa armadura atada a sus cinturas, los cuernos apuntan contra toreros invisibles. Sus trajes son verdaderas antigüedades que han pasado de generación en generación. Los sombreros tienen plumas y pequeños espejos y las caras de los bailarines están cubiertas con máscaras de tela que dejan libres sólo los ojos.

El baile de los wakatokoris (cuyo origen se dice es, precisamente, Ilabaya en el siglo XVI), es contagioso por su dinamismo y me dejo llevar por la energía de los kusillos. Éstos son bailarines ágiles, de todas las edades, con máscaras de lana de nariz larga; se me explica que en esta danza parodian al torero español. De hecho, los wakatokoris (bailarines vacunos) son una burla de las corridas de los conquistadores y una forma de rebelión contra éstos, aunque con los años se ha convertido en una danza de la fertilidad por la importancia del animal (el buey, el toro, la vaca) en las labores agrícolas.

El kusillo lleva espada de madera con la que hace de las suyas, molestando traviesamente a los “toros” y a los espectadores por igual. Su picardía es legendaria y, según el Museo de Etnografía y Folklore, es un personaje de la fertilidad cuyo origen está en el altiplano de La Paz y Oruro.

Ilabaya tiene hijos ilustres, uno de ellos el patriota Vicente Pazos Kanki que nació en 1779, hijo de un español y una mujer aymara. Sacerdote, periodista, filósofo y político, Vicente llevó el apellido materno. Su accionar fue destacado en los procesos de independencia de Argentina y Alto Perú. Embajador en Londres, nombrado por el mariscal Andrés de Santa Cruz, fue también un defensor de la confederación peruano-boliviana. Murió en Buenos Aires, en 1851.

Pregunto si alguien conoce la casa de Pazos Kanki, pero no hay datos. Sólo los ancianos recuerdan el nombre del más famoso hijo del pueblo.

Camino en silencio por las empinadas y estrechas calles, admirando sus casas coloniales, la mayor parte de ellas en pobre estado de conservación, hasta que me topo con unas puertas de un azul brillante. Son las de la antigua capilla de la casa colonial de Ilabaya. Me encamino hacia ellas, que están entreabiertas; por la rendija diviso la capilla abandonada y una oveja que me mira desafiante por invadir su territorio. La música de los khena khenas —lograda con los instrumentos de viento hechos de caña— se escucha en la distancia. Las azules puertas resaltan en medio de la belleza del valle, complementado perfectamente con el límpido cielo del mediodía. La oveja no me quita la mirada y el momento se graba por siempre en mi memoria.

Con la colaboración de Ivonne Aracena L.

(*) El autor es Prof. de la cátedra de Neurocirugía, Universidad Dalhousie (Halifax, Canadá) y Director del Centro Canadiense de Reparación Cerebral.

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