Marcas

El club de sus amores

La Razón (Edición Impresa)

00:14 / 03 de noviembre de 2014

El fútbol es un éxito en casi todas partes. En Bolivia, no. El deporte que despierta multitudes en otros lados, aquí genera desinterés. Si no es un clásico Bolívar vs. The Strongest o un Blooming vs. Oriente, los estadios no se llenan; por el contrario, dan pena. Si un equipo logra llevar unas 10.000 personas a la cancha ya es un éxito. En general, no pasan de las 5.000.

El aficionado es el primero en reclamar. Si no le gusta cómo juega su equipo grita, se hace sentir, hasta insulta, se cree con los suficientes derechos para eso y más. Son pocas las personas que aplauden a pesar de la derrota. Es que no saben premiar el esfuerzo, son tan exitistas que solo les conforma el triunfo.

El nivel del fútbol boliviano está mal (muy pocas veces ha estado bien). Los clubes están en crisis, y la culpa siempre es de los dirigentes. Los jugadores cobran cada vez más, pero rinden por lo general menos. Los clubes ya no dan, ya no tienen de dónde sacar dinero. Los presidentes y los pocos que les colaboran— están cada vez más arruinados.

De nada sirve jactarse de tener miles y miles de seguidores. Éstos dicen, orgullosos, “soy de tal” o “soy de cual”. Eso no sirve de nada, porque no son socios, no aportan ni un peso al mes, ni siquiera van al estadio con frecuencia, y así —con ese tipo de actitud— le quitan al club de “sus amores” la posibilidad de subsistir mejor.

El hincha quiere que los dirigentes contraten al mejor entrenador, a los mejores jugadores, pero no ayuda, se hace el de la vista gorda. Y si al equipo le va mal es el primero en darle la espalda. Debería ser al revés: en sus aportes tendría que partir una parte del sustento para armarse bien, pagando su entrada siempre debería asegurar que no falte por lo menos una parte del dinero para pagar los salarios.

En Bolivia no hay eso. Lo que tienen los clubes es escasez de socios. Llevan a la tribuna gente solo si están en racha ganadora. Si les va mal están arruinados.

En otras partes es distinto. La gente va masivamente a las canchas. Su equipo está último pero igual lo apoya. Las colas son largas alrededor de los estadios. El entusiasmo por el fútbol es tremendo. Entra al estadio y vive de verdad con pasión, gane, empate o pierda el club que, en ese caso, sí es de sus amores.

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