Marcas

El contrafútbol

De tanto obsesionarse con el resultado por encima de los valores originarios del juego, José Mourinho ha terminado enredado en su propia telaraña. De los entrenadores de élite fundamentales de la última década, es el que se ufana de manejar una infalible fórmula del triunfo, pero que en los hechos es el que más derrotas ha acumulado, ahora en el Chelsea otra vez, eliminado de la Champions League y muy posiblemente relegado a una segunda o tercera posición final de la Premier inglesa. ¿Cómo se puede conceptuar a quienes esgrimen ganar por sobre todas las cosas, pero que terminan perdiendo cada vez con mayor frecuencia?

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel

00:00 / 02 de mayo de 2014

De tanto planificar con obsesividad el cero en puerta propia antes que el uno en la ajena, o dicho de otro modo, las maneras de minimizar los riesgos de ese gol en contra que liquida aspiraciones clasificatorias, equipos como el Chelsea terminan atrapados en la paradoja de perder como sea por intentar ganar negando radicalmente la esencia del balón en el verde césped tal como lo ha reconocido el belga Eden Hazard que a través de un brutal y aparentemente involuntario ejercicio autocrítico ha terminado por reconocer que los azules no están preparados para jugar al fútbol, que máximo consiguen hacer las cosas “de contra, más o menos como el Real Madrid contra el Bayern”.

La declaración de Hazard es un homenaje a la incómoda verdad de quien está haciendo lo que no le gusta, forzado por el fundamentalismo táctico de un egomaniaco que se pone siempre por delante del acontecimiento futbolístico gestado por un plantel de once en el campo, para situarse, siempre él, como el acontecimiento en sí mismo, asunto que el miércoles ha terminado como alguna vez correspondía, es decir, con Mourinho doblegado sin atenuantes ante el triunfo del Atlético de Madrid, incluso, esta vez, bendiciendo la validez del penal con el que pasaron a perder, y no como casi siempre, jugando, además, a árbitro de árbitros como parte del catálogo de excusas para deslegitimar las virtudes del adversario, tal como hacía cada fin de semana que le iba mal cuando dirigía al Real Madrid, que también ha llegado a la final de la Champions, gracias, entre otras cosas, a su salida del banquillo ahora ocupado por un flemático y coherente Carlo Ancelotti.

Con la cosmovisión del portugués, los medios encaramados en un periodismo hecho a la rápida y su socio estratégico, el periodismo de camiseta, las audiencias afiebradas por el espontáneo sectarismo que significa ser hincha de algún cuadro, volvieron a comprar la idea de que lo importante es ganar y que lo demás es lo de menos. Pues bien, el inefable Mou ha demostrado esta semana que su fórmula basada en el empecinamiento de autorreconocerse como depositario de una verdad única, lo que le está generando son derrotas personalísimas: Se va del Madrid y el Madrid llega a una final europea después de doce años, regresa al Chelsea cuando éste ya había logrado, sin él,  por primera vez en su existencia, conquistar el principal torneo de clubes del viejo mundo (Champions 2011-2012) y luego de ser recibido como el sumo sacerdote del club, por su propietario, el ruso Roman Abramovich, emprendiéndola contra uno de sus antecesores, el español Rafa Benítez, unos cuantos meses después el Chelsea es arrollado en Stanford Bridge por otro equipo al que le gusta más la espera que la iniciativa, pero que no le tiene aversión al manejo de la pelota y por ello le hace tres en su casa para dejarlo también fuera de carrera.

José Mourinho ha demostrado que la soberbia sin freno es un sobresaliente rasgo de quien posee una inteligencia de corto alcance.  Que esa soberbia útil para la construcción de un personaje con gravísimos problemas de espejo, termina por volverse contra ese ficticio paladín del resultadismo, que exhibe, maravillosa ironía, los peores resultados posibles si se consideran las dimensiones de las plantillas millonarias de las que ha dispuesto hasta hace un año en Madrid y ahora en Londres, y que por si fuera poco, quienes van paso a paso sin altisonancia, terminan consolidándose como personalidades, no personajes casi de utilería, como Diego Simeone, con cintura política con orígenes de potrero que dice, con la claridad de quien ha sudado la gota gorda en las canchas, que lo lindo del fútbol es que hay distintas maneras de conseguir un objetivo, es decir, distintos estilos de juego, que lo hacen más atractivo e interesante, sin atribuirle a su equipo infalibilidad alguna, a sabiendas de que hoy se puede estar saltando entre nubes y mañana terminar sentado en la última grada de la boca del túnel.

A Simeone le va bien porque parte de su visión del juego tiene que ver con la prioridad de concentrarse en las virtudes de su equipo, en el potencial de su propuesta, y nunca ceder a la tentación de mirar a su rival por encima del hombro, como si fuera más importante aplastar al oponente que exhibir una calidad humana colectiva a través de la identidad de juego de la escuadra que dirige y con la que está consustanciado: Ganar es una consecuencia de sacrificio y calidad de trabajo y no desde una retórica amedrentadora. El fútbol de los colchoneros no es la displicencia basada en una superioridad de papel, sino la constatación de que la actitud es el disparador indispensable para jugar, también en este caso apostando por el contraataque, pero con la ductilidad que implica operar modificaciones de movimientos en función de lo que esté haciendo el rival, que en este caso, se equivocó de un extremo a otro, creyendo ingenuamente que provocaría un adelantamiento de líneas y ante un solo descuido en defensa de los rojiblancos sería suficiente para pasar a la final.

La diferencia entre el Atlético de Madrid y el Chelsea estuvo, en suma, en el lugar del campo donde debía empezar la presión para recuperar la pelota. La aplicación para marcar de los de Simeone activaba inmediatamente variantes en ataque que se tradujeron en la superioridad necesaria, mientras la previsibilidad de lo que haría el equipo inglés con mejor performance internacional de los últimos años terminaba en nada, como dijo el belga Hazard, en no saber jugar al fútbol, arriesgado y sincero reconocimiento de  errores de planteamiento que tendrá ensombrecido un vestuario administrado por el entrenador seis veces derrotado en semifinales de Champions, ese que le hace creer a los aficionados que su fórmula ganadora no tiene competencia  y vive autorrecluido en el balcón de la demagogia.

(*) El autor es periodista y asesor de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF).

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