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La culpa la tiene Irina

Es rusa, modelo y fue novia de CR7 durante cinco años. Como en cualquier melodrama reglamentario es la culpable para que el referente principal del equipo merengue, haya sufrido un bajón súbito y desconcertante. El Madrid perdió dos partidos consecutivos al principio del torneo y luego agarró vuelo ganador consolidándose en la punta de la Liga española, pero la calidad de juego con cambio de sistema ha ingresado nuevamente en zona de turbulencia. Irina Shayk es la jugadora que ha ensombrecido al ídolo nacido en Madeira, Portugal.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

05:26 / 13 de febrero de 2015

El Real Madrid de Carlo Ancelotti navegaba viento en popa en pleno proceso de variaciones tácticas, sustituyendo progresivamente la pragmática verticalidad de contraataque por la propuesta sustentada en la posesión de la pelota con resultados de juego más que interesantes,  hasta que en un momento de desatención del pueblo futbolero, sin que sepamos cuándo exactamente comenzó a producirse, sufrió un sacudón con James Rodríguez alejado del primer plantel por lesión, y de súbito, soportando un tremendo palazo propinado por los rojiblancos colchoneros que el pasado sábado les hicieron cuatro, con ninguno en contra y desataron las furias, las especulaciones y los delirios de una afición y un equipo que se violentan de manera incontrolable cuando les tocan el ego, de la forma en que los de Simeone supieron hacerlo.

A gran parte de la prensa española le ha faltado perspicacia para establecer la conexión entre crisis amorosa y bajón de rendimiento que tiene desnudo y desconcentrado a CR7. Su exnovia la modelo rusa Irina Shayk ha declarado hace cuarenta y ocho horas que a ella le gustan “los hombres fieles y honestos”, misil provisto de sentencia claramente dirigido al ídolo de Madeira, que ya venía cabreado por la ruptura luego de cinco años de noviazgo, en la que dicen, intervino su familia, comenzando por su señora mamá en nueva demostración de que los chicos engreídos lo serán siempre, hasta el día en que sus progenitoras deban partir de este mundo.

Con la ruptura producida, lo primero que Cristiano generó en el campo fue una disparatada expulsión frente al Córdoba (25 de enero) que le costó apenas dos partidos de castigo, dado su prestigio y su influencia política. Si se hubiera tratado de un jugador del montón, por lo bajo hubiera soportado tres, debido a comportamiento agresivo y antideportivo. A partir de ahí, el Madrid empezó un proceso de ablandamiento con el añadido de los egoísmos de Gareth Bale, que ya se sabe, vive incómodo entre sus limitaciones con el castellano y el estrellato indiscutido del luso, nuevamente inflado por la otorgación del último Balón de Oro de la FIFA. Por lo menos en tres partidos consecutivos, el galés prefirió intentar definir por cuenta propia —y fallar en los cara a cara con los porteros rivales— en lugar de ceder el balón a su compañero mejor situado (Ronaldo, quién más), en tiempos en que éste que se levanta a diario con la obsesión de ser el mejor de los mejores, pero que había experimentado un estimable giro de comportamiento, ofreciendo gestos  de compañerismo y solidaridad en el campo que jamás había mostrado en su notable carrera profesional.

Ronaldo, Benzemá, James e Isco, bien soportados por el genio invisible de Toni Kroos estaban regalando partidos memorables, hasta que se apagó  la luz el día en que Cristiano e Irina anunciaron la ruptura, y con dicho corte de energía comenzaba el rompimiento futbolístico que hasta ahora Carletto no comprende en qué momento comenzó a producirse, lo mismo que todos los mortales de la calle, madridistas amargados y no madridistas morbosamente felices por esta nueva caída en desgracia del diez veces campeón de Europa.

Estoy convencido que no hay adicción más profunda y recreativa que la producida por la empatía que conduce al emparejamiento humano y en ese contexto, Cristiano tenía las cosas muy bien administradas, al punto que su felicidad en la cancha era consecuencia de la felicidad obtenida en la suite principal de su casa en La Finca. Si dentro y fuera del campo, un jugador tan determinante como él, va con el mismo talante, optimista e ilusionado, estimulado por premios y reconocimientos, la vida se torna color de rosa, con todos los ingredientes propios de la cursilería latina que tan bien caracteriza ese estado emocional que señala que el enamoramiento nos hace a todos, con sus indiscutibles matices, más o menos tontos.

Concluido el noviazgo del segundo jugador más notable de estos tiempos electrónicos cargados de desenfreno, comenzó a evaporarse el nuevo romance de los merengues con la tribuna y esto se manifestó, casi de manera grotesca, a las pocas horas en que se había concretado la goleada sufrida frente al Atlético (0-4) con la fiesta de celebración de cumpleaños de Cristiano que invitó a un baladista colombiano para animarla, quien no tuvo mejor idea que subir fotografías de la fiesta a las redes sociales, como para que el madridismo en pleno comprobara que su gran ídolo de los últimos tiempos, no tenía por qué evitar las copas de champán para el brindis junto a sus compañeros “extranjeros”, puesto que ninguno de los “españoles” acudió a la jarana y por supuesto que tampoco Gareth Bale. Ni una goleada humillante contra el otro Madrid provocaría la suspensión de la fiesta en la que el acongojado CR7 encontraba la válvula de escape para seguir intentando olvidar, lo más rápido que se pueda, a Irina, actualmente en Nueva York y seguramente a la espera de la aparición de un príncipe “fiel y honesto”.

Una goleada, una fiesta, unas canciones de karaoke y un cantamañanas imprudente tienen ahora dividido al Real Madrid entre españoles y no españoles, entre los que estornudan indolentes ante la congoja popular y los que se recluyen para lacerarse las espaldas a la cabeza de Iker Casillas y Sergio Ramos, líderes históricos de un club que no puede desembarazarse de ese karma que tantas veces como ahora, lo sitúa más en el territorio de la frivolidad farandulera que en la del fútbol bien jugado y bien ganado.

Si se tratara de un guión de telenovela, no habría dudas acerca de que  la culpa es de Irina con esa mirada relampagueante de ojos azules, pero como se trata de la vida real, aunque los códigos sean los del vitrineo más cercano a la ritualidad del mundo del espectáculo comercial y muy hortera, la culpa la tiene Cristiano que debe estar probando todas las fórmulas posibles para sacarse de la cabeza y del corazón a la hechicera rusa que en un abrir y cerrar de ojos acabó con la candidatura del Real Madrid a nuevo mejor equipo del mundo, luego de los milagros producidos por la magia barcelonista  que, dicho sea de paso, comienza a transitar por los pasillos de la reinvención gracias a su mística y a sus grandes jugadores, que en lo posible, deben hacer fiestas entre cuatro paredes herméticamente cerradas, evitando que se filtre por la rendija más desprotegida cualquier baladista indiscreto. Julio Peñaloza Bretel es periodista. Responsable de Historia y Estadísticas de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF).

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