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Contra la demagogia del recuerdo

¿Espejismo? Había que involucrar a todos para que la eliminatoria del 93 no terminara casi en espejismo luego de 20 años

Eliminatorias del 93. Foto: el Salto al futuro

Eliminatorias del 93. Foto: el Salto al futuro

La Razón / Julio Peñaloza Bretel

00:00 / 16 de septiembre de 2013

Bolivia ya contaba con un equipo sólido para las eliminatorias conducentes a Italia 90. No es un dato menor el hecho de que haya quedado eliminada por un gol de diferencia con Uruguay, lo que cuatro años más tarde quedaría superado con el éxito que generó el encuentro para el trabajo entre el nuevo seleccionador y unos valores individuales que en términos futbolísticos, en el estricto sentido de las aptitudes para el juego, nuestro país no ha vuelto a producir desde entonces.

Esa selección que contaba con el temperamento de Luis Cristaldo, las habilidades de tiempista de Milton Melgar, la visión periférica de Julio Baldivieso, la prestancia en el fondo de Miguel Ángel Rimba, la claridad para generar juego hacia delante de Erwin Sánchez y el talento desequilibrante de Marco Antonio Etcheverry fueron atributos inteligentemente potenciados por Xabier Azkargorta, que como seleccionador tenía —como nunca antes le había sucedido a nuestra selección nacional— el perfil ideal para delinear y consolidar una propuesta de juego, gracias a su formación como entrenador, médico y a unas aptitudes naturales para constituirse en un lúcido conductor de grupo.

Hasta aquí todos de acuerdo, las decisiones organizativas que se tomaron para otorgarle a la selección las mejores condiciones para encarar la eliminatoria a jugarse frente a Brasil, Uruguay, Ecuador y Venezuela, fueron acertadas por donde se vea, pues el resultado final se tradujo en la clasificación a la Copa del Mundo Estados Unidos 94.

Pero el recuerdo empieza a opacarse cuando el día después de la euforia y la celebración, Bolivia con una pléyade de futbolistas de calidad que pasearon sus talentos en importantes equipos de fuera del país, no hizo los deberes necesarios para generar eso que los estrategas del desarrollo denominan sostenibilidad y por eso termina reduciéndose a demagogia esa propensión incurable a la autoalabanza cuando quienes ejecutan esa extasiada retrospectiva, pierden de vista que para pasar de la promesa permanente a la realidad competitiva constante había que involucrar a todos los actores nacionales para que esto efectivamente comenzara a suceder, y la eliminatoria del 93 no terminara, luego de 20 años transcurridos, convertida en casi un espejismo.

En el fútbol los recuerdos son lindos y estimulantes cuando se hacen las cosas para consolidar los cimientos y de esa manera evitar el alocado y fugaz entusiasmo por lo que queda en la superficie, en este caso, transcurridas dos décadas, en algo así como una delgada capa asfáltica que debajo no tiene base de sustentación para evitar el resquebrajamiento progresivo, el deterioro por falta de renovación del único recurso natural con el que cuenta el fútbol: El jugador de nueva generación, ese que hoy debe encontrarse con que el fútbol ha cambiado muchísimo y ya no basta con poseer condiciones para el manejo de la pelota si no se las refuerza con un muy serio trabajo en el aspecto físico.

Pasaron los años y luego del subcampeonato obtenido en la Copa América del 97 jugada en nuestro país, el fútbol boliviano ha ido transitado por la parte descendente de la curva, que se nota especialmente con el tipo de fútbol casero que se practica: Lento, con jugadores insuficientemente preparados físicamente, con muchísimas debilidades técnicas, y por lo tanto con casi nulas posibilidades, en términos generales, de actuar en la esfera internacional con un mínimo de consistencia, allí donde la resistencia, la velocidad y la inteligencia táctica terminan marcando las diferencias.

Concluye la eliminatoria sudamericana que clasifica a 2014 y la selección boliviana ha evidenciado como ninguna otra una muy apretada lista de jugadores preparados para el desafío de jugar con las selecciones del vecindario. Con todas sus carencias, sin embargo, a pesar de no haber producido estructuras para formar y profesionalizar nuevos futbolistas, hay una luz que han encendido los nuevos exponentes que mostraron lo suyo en el segundo tiempo jugado la semana pasada frente a Ecuador, pero esto puede quedar en promesa y en otro intento fallido si los de siempre persisten en la añoranza y no se hace lo que se debe para que los Quiñónez, Cabrera y Arrascaita puedan consolidarse como indiscutibles profesionales del fútbol del nuevo tiempo.Julio Peñaloza Bretel es periodista y asesor de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF).

Un fútbol excesivamente politizado

Dice que dice que dijo, pero en realidad no dijo lo que dicen que dijo, sino que dijo otra cosa. Así, con este horrible trabalenguas se pueden caracterizar las actitudes de muchos dirigentes en permanente campaña política, en una necesidad obsesiva de exponer lo supuestamente estupendos que son, cuando el tiempo para el debate y la ratificación o la remoción de cúpulas debería circunscribirse a lo que dicen las reglas institucionales: Elecciones cada cuatro años y durante ese tiempo, dedicar los mejores esfuerzos a trabajar, cada quién desde su esquina, a buscar caminos de generación de nuevas dinámicas que nos permitan divisiones desde la Sub-7 hasta la Sub-20.

Ese debería ser el denominador común, pero lamentablemente, respaldados por cierta amplificación mediática, se habla mucho en Bolivia sobre las afueras de lo que sucede en las canchas, cuando los periodistas deberíamos, todos, hacer un severo esfuerzo por rehuir esa vorágine coyunturalista y presionar con micrófonos y cámaras por cambios reales para el fútbol boliviano, en la que la prioridad deben ser los futbolistas y un conjunto de buenos formadores que por hoy en nuestro país prácticamente no existen.

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