Marcas

La elección de Neymar

Neymar ha sabido relucir su perfil más noble y humilde afirmando respeto

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:36 / 07 de junio de 2013

Dice César Luis Menotti con esa precisión verbal que lo caracteriza que “en el Barcelona hay lugar para los solistas” y en esa medida la incorporación de Neymar es todo un acierto. El Real Madrid le ofrecía más dinero a la joven estrella paulista, pero hay decisiones en la vida que no pasan por el vil metal como acaba de demostrarlo este humilde joven que lloró al partir de su casa matriz, el Santos, y quedó desbordado cuando recibió la ovación de los culés que lo esperaban en el Camp Nou para ofrecerle la bienvenida.

Las primeras imágenes de un jovencito llamado Neymar, puesto a jugar con la camiseta del Santos F.C. (2009), eran las de un acróbata antes que las de un futbolista. Iba y venía por donde se le antojara, ningún defensor podía con su dribling, pero a momentos parecía que corría hacia ninguna parte. Había llegado un saltimbanqui, uno de esos virtuosos que maneja la pelota a placer, para dominarla, para ejecutar pases largos, para jugar en corto, para rematar al arco con todas las variantes que le exigiera cada situación definitoria, en suma, para restituirle al balón su simbología lúdica como juguete más apreciado que rueda por centros y confines del planeta. Y si digo “restituirle al balón…” es porque en tiempos de eficacia y simplificación, la pelota de fútbol se ha convertido para demasiados entrenadores y demasiados equipos en instrumento de una geometría gélida que mandó al desván de los recuerdos su potencia mágica: Hay que ser rápidos, furiosos, expeditos, porque detenerse en exquisiteces pospone riesgosamente las posibilidades de ganar.

Había llegado Neymar con su penacho de ave tropical a distraernos un poco con ese look rabiosamente llamativo y tuvimos de él noticias muy cercanas cuando un imbécil le tiró una cáscara de plátano en el Hernando Siles (partido contra Bolívar por Copa Libertadores de América, 2012), lo que encendió su corazón de hombre discriminado por un racista académico, para días más tarde ejecutar sin piedad una venganza estrictamente futbolística con ese 8-0 conseguido en Vila Belmiro. Al insulto, Neymar le respondió con genio futbolístico y con algún gesto excesivo, de esos que hacen gustosa la revancha de devolver con clase y estilo a esos individuos agazapados en el anonimato del gentío que en algún momento tiró mugre, sin medir las consecuencias traducidas en goleada.

El fútbol brasileño decidió hace un par de años comenzar la repatriación de varias de sus figuras atraídas por el desafío europeo, sustentarse en agresivas políticas de esponsorización y simultáneamente comenzar las tareas de preparación para hacer de la Copa del Mundo 2014 un acontecimiento de proporciones como nunca antes coloridas en ese territorio donde el fútbol vive fundido con el medio ambiente y con los sonidos de sus músicas envolventes, contagiantes y profundamente celebratorias desde la bossa nova más intimista hasta el forró más desarrapado y bullanguero.

Cada vez que debo referirme a un talentoso brasileño es imposible dejar de mencionar al ginga, ese duende certificado por la estética, la expresión corporal armoniosa y el sentido de plasticidad del espectáculo con el que supieron encantar al mundo, exponentes de unas habilidades incomparables, desde Garrincha y Pelé hasta Zico, Romario y Ronaldinho Gaúcho, éste último, referente con el que se quiere asemejar a Neymar que en los últimos días ha sabido relucir su perfil más noble y humilde afirmando respeto y admiración por el propio Dinho, por Messi a quien pretende “ayudar a seguir siendo el mejor jugador del mundo” y su decisión de ir al Barcelona porque su corazón así lo dictaba.

Facheros les llaman los argentinos, otros les dicen “fashionistas”, los futbolistas de élite europea proyectan, a través de imágenes perfectamente pulidas por el foto shop, la obsesión por un modelo atlético con abdominales cuidadosamente troceados a ser situados en el pedestal de las estrategias marketeras, mientras Neymar salta al Camp Nou confesando que su decisión de vestir la azulgrana no ha sido en primer lugar activada por el dinero, sino por una forma de vivir interiormente el fútbol.

La escuela (la Masía) le ha ganado otra vez a la chequera (Florentino desde la Casa Blanca y sus ínfulas de generalísimo del fútbol del siglo XXI) y para que esto haya sucedido fuera del campo, tenía que llegar uno de esos jovenzuelos desprevenidos ante la sofisticación organizativa, con las armas que le confieren su genética, su identidad, su ritmo y esa insondable conexión entre el juego y los dioses, bastante difícil de comprender para los distantes del conocimiento de las raíces afro-brasileñas.

Para quienes saben de espectáculos trashumantes y callejeros con personajes dotados de habilidades sobrenaturales, Neymar da Silva Santos Junior que para sus compatriotas tiene ginga, para novelistas como el chileno Hernán Rivera Letelier, sería como aquél maravilloso personaje de su novela El fantasista, que sin llegar a ser futbolista, posee todos los secretos del dominio del balón. Esa fantasía llegará a convertirse, muy probablemente, en mucho más que eso gracias a la cultura del Barcelona. Este grandísimo jugador, como se dice en España, le agregará a esa liviandad casi increíble para desplazarse en el campo —tal como supo demostrarlo en Santa Cruz de la Sierra  vistiendo la verde amarilla hace un par de meses— trabajo físico, trabajo táctico, compaginación para participar de automatismos.

Su nuevo equipo, espera de él, con toda seguridad, las últimas jugadas, esas que terminan en gol y que felizmente tendrán que ver con la combinación de su sello personal con el juego asociado, elaborado con paciencia, como ningún otro equipo ha sabido hacerlo a lo largo y ancho de la historia del fútbol. Neymar ha podido elegir privilegiando su feeling y dejando en segundo lugar la codicia. No es poco en tiempos en que las grandes figuras actúan por lo general, obsesionadas por facturar.

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