Marcas

El enojo del Emperador

No ha habido en la historia del fútbol un marcador central elevado al podio de los grandes de todos los tiempos como Franz Beckenbauer.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel

02:59 / 14 de marzo de 2014

Franz Beckenbauer le ha dicho en buenas cuentas a Josep Guardiola que se está pasando de rosca queriendo hacer del Bayern de Múnich algo así como una nueva versión del original e inconfundible Barcelona. El partido jugado por los germanos frente al Arsenal con el que se clasificaron a cuartos de final de la Champions League ha sido el detonante.No ha habido en la historia del fútbol un marcador central elevado al podio de los grandes de todos los tiempos como Franz Beckenbauer. Su combinación de elegancia y eficacia le valieron por años el liderazgo en el Bayern de Múnich y en la selección alemana, con la que además de ser campeón del mundo en 1974 como capitán, lo fue también como entrenador en Italia 90, y como organizador del Mundial de 2006, así que cuando habla el Káiser no está hablando Uli Hoeness, que acaba de ser condenado a tres años de cárcel por defraudar al fisco de su país alrededor de 28 millones de dólares, ni tampoco Karl Heinz Rummenigge, que hace algunas semanas se confesó admirador extasiado de Josep Guardiola como entrenador.

Beckenbauer es pues, como consecuencia de toda su trayectoria, la voz de la conciencia del fútbol germano y es improbable que alguien se atreva a salirle al frente dada su indiscutida autoridad como futbolista, director técnico y dirigente. Y digo esto porque sus declaraciones fustigando radicalmente a Guardiola han sido durísimas, debido a un disparo de Bastian Schweinsteger a la portería del Arsenal en el último juego por Champions League, recriminado por no haber entregado el balón a Mario Gotze o Phillip Lahm.Los bávaros que se clasificaron en ese partido jugado en el Allianz Arena para los cuartos de final del principal torneo europeo, produjeron un encuentro en el que se impuso el control del balón, el intento casi obsesivo de lo que los españoles llaman “tikitaka” y se aplica a todo lo que en materia de pases ha producido el Barcelona en el último tiempo, y que le ha valido ingresar en una galería de excelencia creada por el mismísimo Guardiola en la que figurarán por los siglos de los siglos la genialidad individual de Lionel Messi perfectamente combinada con la propuesta colectiva basada en una limpidez técnica con la que, a la cabeza de Iniesta y Xavi, el pase, la entrega, la devolución —la “pared” en el argot popular—, el trazo de figuras geométricas con principio en la triangulación han hecho del equipo catalán un paradigma difícilmente imitable, y que su autor, ahora a cargo del más grande equipo de la Bundesliga, pretende emular su propia creación, apretando el acelerador a fondo para introducir esa exquisitez con jugadores igualmente dotados para el efecto —Ribéry, Robben, Alcantara, Cross, Müller— subordinando el rasgo de la intensidad pragmática con la que jugaba a cargo de Jupp Heynckes.Beckenbauer le ha pegado en la cabeza a Guardiola como nadie antes lo había hecho: “A la larga nadie nos querrá ver (al Bayern) porque cuando los jugadores estén en la línea del arco contrario para convertir, deberán seguir pasándose el balón retrocediendo”. El ejemplo es a todas luces caricaturesco pero sirve para entender el reclamo que en el fondo significa decir que cualquier formulación táctica bien ejecutada sirve, siempre y cuando esta no conduzca a un fundamentalismo peligroso en el que los futbolistas terminen subordinados, ya no a una previsible tendencia resultadista de su entrenador, sino a una especie de exceso maniaco esteticista en la que el autor de la criatura pareciera convencido de ser un Mozart del fútbol donde la creatividad puede llevar, según insinúa el Káiser, a convertir el juego en un aburrido peloteo por más preciso y  precioso que éste sea, si el juego pierde de vista la indivisible relación de calidad y resultado.

Observando el partido en el que el Bayern terminó empatado por el Arsenal, los punteros del torneo alemán ofrecieron un aburrido concierto de músicos burocráticos que dieron la impresión de no sentir auténticamente los movimientos que ejecutaban con el balón, mientras que el Barcelona, al día siguiente, daba la impresión, bajo el mismo estilo, en el que Messi volvió a marcar la diferencia, que haber acumulado para la estadística el más alto índice de posesión y de pases dentro un mismo equipo, ha llevado a los intérpretes a la ineludible instancia de la saturación, aunque sepan sin lugar para las dubitaciones que esa es la partitura con la que arrasaron en cuanto teatro se presentaron para ser confirmados, día que pasaba, como los mejores de todos los tiempos, como aquellos maestros que fueron capaces de sostener un estilo con una asombrosa regularidad durante más de cinco años.En otras palabras, Beckenbauer parece querer el retorno a la vieja y simple fórmula de la precisión y la efectividad, pues le suena a despropósito querer cambiarle las coordenadas al equipo de sus amores, de una verticalidad trepidante a una horizontalidad especulativa, o dicho de otra manera, de un equipo que simplifica para ser efectivo, para en su lugar instalar este otro que elabora en demasía la búsqueda entre líneas, usando las bandas para meter centros retrasados al medio para que los mejor situados se hagan cargo… ¡de tocarla en el área chica! antes de mandarla adentro.

El debate está servido aunque es casi seguro que Guardiola, fiel a su sigiloso estilo no va a  contestar y si algo tiene para decirle a Beckenbauer, seguramente intentará hacerlo en el cómodo ámbito de lo privado. Valga como último ejemplo para comprender mejor el fondo de la crítica la siguiente comparación: Es difícil pedirle a una orquesta italiana que interprete con la misma fidelidad que músicos germanos la ópera wagneriana, lo mismo que pretender a una orquesta alemana ejecutando las óperas de Verdi con la ductilidad de la lírica italiana. En otras palabras, y a casi la mitad de la segunda década de este siglo, Beckenbauer ha insinuado que Barcelona hay uno solo con su estilo inconfundible e irrepetible, y que lo del Bayern a lo máximo que puede aspirar es a convertirse en una meritoria imitación, ejecutada por el mismo autor, qué paradoja, del modelo original.

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