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Xabier Azkargorta : ‘Bigotón me pusieron los jugadores y me siento muy honrado’

El Vasco cuenta en esta entrevista historias y anécdotas de la intimidad de la Verde: ¿Qué hizo para que sus jugadores no pusieran excusas? Los festejos en los vestuarios  y sus cábalas.

El Vasco posa con una réplica de la camiseta que lució Bolivia en la campaña de 1993. Foto: Christian Calderón

El Vasco posa con una réplica de la camiseta que lució Bolivia en la campaña de 1993. Foto: Christian Calderón

La Razón Digital / Jorge Asturizaga / La Paz

14:29 / 15 de agosto de 2018

Xabier Azkargorta, español, condujo en 1993 a la selección nacional en el exitoso proceso que derivó en la clasificación de Bolivia al Mundial de Estados Unidos. Se cumplen los 25 años, las Bodas de Plata, de esa gesta.

El Vasco cuenta en esta entrevista historias y anécdotas de la intimidad de la Verde: ¿Qué hizo para que sus jugadores no pusieran excusas? Los festejos en los vestuarios  y sus cábalas, que él siempre las respetó a rajatabla.

¿Qué hacía para evitar indisciplina? ¿A instancias de quién nació el apodo de Bigotón? Le presentamos una entretenida charla.

— ¿Qué les dijo a sus jugadores la primera vez que se reunió con ellos?

— El primer contacto serio que tuvimos fue en El Carmen, en Cochabamba; aunque antes había tenido una charla con otro grupo que formamos, porque de sorpresa nos dijeron que debíamos ir a la India para jugar la Copa Nehru. En las dos empecé con lo mismo, con dos palabras que están reflejadas en mi libro Difícil de entender, imposible de olvidar: “No excusas”. Dije eso porque me encontré con un grupo y un país con demasiadas excusas, pues siempre había el “es que”. A ello había que incluir el tema de “la hora boliviana”. Les decía: “oiga, cómo pueden hablar de horario si el reloj es suyo, no pueden echar la culpa de atrasos a esa frase”.

Reconozco que me costó mucho al inicio porque a los jugadores no les gustaba las charlas, así que había que poner ejemplos amenos que sirvieran también para la vida.

— ¿Y en el trabajo específico del fútbol?

— Hice un análisis de la situación y me di cuenta de que en el aspecto técnico, táctico y físico no había problema. El problema era quererse a sí mismo, había que darles autoestima a los jugadores.

— ¿Cómo lo hizo?

— Puse este ejemplo: en una familia, cuando la hija decía que estaba comenzando a cortejar con un chico futbolista, respondían “¡no, por favor, futbolista no!”. Había un concepto del jugador muy básico, malo, entonces comenzamos con eso, buscamos que el jugador se quiera y a partir de ahí que se dé valor a su trabajo. Y a ello agregarle el sentimiento de la gente. Llegué en un momento difícil.

— ¿Se acuerda que le dijeron “ilustre desconocido”?

— Llegué justo en octubre de 1992, cuando se recordaba el Quinto Centenario (de la llegada de Cristóbal Colón a América), me decían “otro español que viene a llevarse la plata”. A lo de “ilustre desconocido” respondía con “ilustre ignorante” porque en aquél tiempo si querías estar al tanto había que ver las revistas El Gráfico, Once, Kicker o Don Balón. Hoy en día con una tecla tienes toda la información. 

— ¿Por qué Vladimir Soria no estuvo en la lista final para las eliminatorias?

— Sabía que se iba a ir del grupo, hizo declaraciones en las que mencionó que no lo tratábamos bien, que éramos muy duros y se fue.

No jugó ningún partido de la eliminatoria y luego lo volví a reclutar porque era un jugador que trabajaba duro, se cuidaba y tuvo una buena temporada a pesar de no estar en la selección. A partir de ahí fue uno de mis grandes colaboradores en el fútbol, tanto en Bolívar como en la selección  nacional.

— ¿Y con Marcos Ferrufino, tuvo alguna diferencia?

— No, ninguna diferencia. Creo que Ferrufino tuvo influencia sobre Vladimir Soria, pero conmigo no tuvo problemas. Se dio cuenta de que no contábamos mucho con él, que la idea de fútbol estaba para Marco Sandy, Gustavo Quinteros y Miguel Rimba y sencillamente dio un paso al costado, pero no fue por algún problema.

— Recuerde un poco su idea de fútbol para esa selección...

— Cuando no teníamos el balón éramos apenas tres defensores, pero al momento en que estaba en nuestro poder eran cinco atacantes: William Ramallo como referente de área y luego una segunda línea de tres muy ofensiva con Erwin Sánchez, Julio Baldivieso y Marco Etcheverry, a ellos se sumaban por los laterales volantes Carlos Borja y Luis Cristaldo. Jugábamos sin  contención, sino con uno de distribución que era Milton Melgar, lo llevé de la derecha al centro y era él quien distribuía la pelota.

— ¿Tenía cábalas?

— Una con la ropa, si me iba bien repetía la vestimenta, así que tuvo que pasar varias veces por la lavadora.

Me parecía que las cábalas eran signo e incultura hasta que leí El Olor de la Guayaba de Gabriel García Márquez y ahí vi que estaba lleno de cábalas, entonces dije “tampoco debe ser tan inculto”.

— Me cuentan también que del hotel en San Pedro al estadio iban siempre por la misma ruta.

— Siempre por la misma ruta y escuchando la misma música Mi saya mi negra de Los Kjarkas y todos cantábamos, y capitaneaba el fallecido  Ramiro Chocolatín Castillo. Todos juntos repetíamos “bailando saya con mi negrita yo me voy a Chicaloma...”

— Ramiro Castillo daba la impresión de ser una persona introvertida...

— No. ¡Qué iba a ser introvertido!, con él tuve conversaciones fantásticas en la concentración, si hasta me enseñó cómo de chicos él y sus amigos se robaban gallinas y chanchos en su natal Coripata. Hablar con él era una diversión.

— ¿En algún momento se fueron por otra ruta al estadio?

— Nunca. Una vez los escoltas se fueron por otra ruta y el conductor del bus les seguía, reaccionamos y le ordenamos que volviera al camino habitual, el de siempre, y al rato los policías nos dieron alcance y les dijimos que ellos se habían equivocado. No recuerdo  qué partido fue, pero como lo ganamos, entonces funcionó.

— ¿También dicen que salía a dar vueltas por el El Prado en la noche con sus colaboradores?

— Antonio López (su asistente) más que yo. Donde solía ir cada viernes con el doctor Miguel Elías era al penal de San Pedro, y siempre regalaba poleras y ropa deportiva. Hubo un momento en el que el torneo de internos llevó mi nombre. Ir por El Prado se hizo imposible por la gente. Los que salían a dar una vuelta para ver el ambiente eran Carlos Aragonés (asistente), Luis Orozco (preparador físico) y López.

— ¿Por qué eligieron el hotel de San Pedro?

— No había plata. Se llamaba Max Inn y nosotros le decíamos “Menos Inn”. Cuando regresábamos de los entrenamientos veía que todo el mundo salía corriendo del bus y entraba rápido a la concentración, pensaba que no había trabajado tan duro para que los jugadores sigan veloces, y Marco Sandy me decía que el agua caliente alcanzaba solo para diez y que el resto debía aguantar el frío.

  • Con Ramiro Castillo, de quien el DT recuerda sus divertidas conversaciones. Foto: Libro El salto al futuro

— ¿No tuvieron entonces  comodidades?

— La gente no sabe lo que nos costó llegar al Mundial, pero siempre digo que fue una cosa de todos.

Hoy en día veo demasiados intereses ramificados en que le vaya bien al mío, a mi candidato, hablo del seleccionador, de los jugadores, directiva y presidentes. Hay como demasiada ramificación.

En esa época era así: Guido Loayza decidía, Percy Luza estaba en la organización, Willy Soria administraba la poca plata que había y Wálter Kreidler controlaba el tema de Liga, y no había que dar más explicaciones a nadie.

Recuerdo bien que en el Gran Centro de Obrajes había un lugar de reuniones grande, donde me juntaba con la directiva y había como 15 personas que pertenecían a distintas comisiones y pensé que iba a ser difícil trabajar.

Me levanté y les dije la frase de Napoleón: “si quieren que algo no funcione nombren una comisión”. “Quiero trabajar con uno de cada sector para intercambiar ideas, opinar, pedir, decidir, pero no con 100 personas”. Lo resolvimos así y avanzamos.

Eso vale para todo en la vida: cuando hay un conflicto si por intereses quieren que siga el problema, entonces formen una comisión.

— ¿Cómo estaban los jugadores en ese tiempo?

— William Ramallo hizo la pretemporada con nosotros en El Carmen, Cochabamba; pero luego no lo tomamos en cuenta, aunque él siguió y no se rindió nunca.

Jugamos un partido en Santa Cruz entre la selección y un equipo formado por futbolistas de la Liga y ahí actuó Ramallo y lo hizo muy bien, no estaba tomado en cuenta pero tuvo gestos y actitudes que me gustaron y nos jugamos por él contra todos.

Nadie lo quería, todos eran “que llame a Álvaro Peña” o que “Jaime Moreno es mejor”, “que seleccione a Víctor Hugo Antelo”; pero me la jugué con Ramallo y luego fue el máximo goleador de las eliminatorias, no defraudó al país.

— ¿Qué jugador fue su mejor amigo en la concentración?

— Carlos Trucco. Era nuestro   arquero titular, pero ya pensaba como entrenador, grababa todas mis charlas y luego se sentaba conmigo en la mesa y discutíamos conceptos de las charlas. Hoy en día él está como director de la Universidad del Fútbol de Pachuca y un tanto por ciento de contenidos que se aplican allí son míos a través de Carlos.

— ¿Aplicó sugerencias de Trucco en algún momento?

— Tengo un programa de radio en Santa Cruz y al saludar siempre digo “buenos días escuchantes y no oyentes”, porque no es lo mismo oír que escuchar. Escuchaba todo lo que me decían Trucco y otras personas, pero decidía yo,   hacía lo que consideraba que era más conveniente para mi equipo.

— ¿Notó que hubo casos de indisciplina esa vez?

— Cuando detecté indisciplina, me encargué de que no se repita. Me enteraba rápido si

algunos salían porque a la señorita de recepción le daban propina, entonces yo le daba más y sabía todo enseguida. Los jugadores tomaron conciencia de que había que hacer las cosas bien.

— ¿Qué sintió cuando el plantel cantó “borom bom bom, borom bom bom, es el equipo del Bigotón”?

— Fue después del partido con Brasil (triunfo 2-0 en el estadio Hernando Siles), llegué un poquito tarde al vestuario, los jugadores me rodearon y creo que el mayor incitador para ese canto fue Marco Etcheverry y empezaron a saltar y a cantar. Los medios lo reflejaron al día siguiente. Ahí nació mi apodo de Bigotón, cosa que me honra mucho porque me lo pusieron los jugadores.

A partir de ahí todos los medios, la gente —grandes y chicos— me decían Bigotón.

— Percy Luza compró una radio en Guayaquil para seguir paso a paso lo que sucedía en el partido Brasil vs. Uruguay, que jugaban a la misma hora que Ecuador y Bolivia, ¿se acuerda de ese detalle?

— Recuerdo que prohibí expresamente cualquier información en el banco de suplentes del partido de Brasil con Uruguay. Lo hice porque nosotros teníamos que hablar  de nosotros, con un empate estábamos adentro, pasara lo que pasara en Brasil y no quería que la gente esté pendiente de eso y me dijera “allí pasa esto”, “allí están así” y cosas.

Sabía que Miguel Elías y Luza oían el partido y cuando Ecuador nos empata salgo del banco y grito, para apretar al equipo, porque no quería que los jugadores se relajaran, y Elías, que era más bueno que la madre Teresa de Calcuta, me agarra y me dice “profe, tranquilo, que Brasil le está ganando a Uruguay”. Ese momento le dije: “a mí qué mierda me importa, si lo que quiero es clasificarme por mí, no por Brasil ni Uruguay”.

— ¿La vuelta cómo fue?

— Borrachera. Los únicos sobrios éramos el doctor Elías y yo, brindamos y nada más. 

Al bajar a La Paz era alegría total y también había peligro,  la gente quería subirse al bus, entrarse al hotel, una locura.

— Los jugadores planifican una reunión para este 19 de septiembre, quieren recordar los 25 años de la clasificación.

— Algo me dijeron, espero que sea una reunión íntima y no politizada, tengo miedo de eso. Conseguimos que la selección sea cosa de todos: collas, cambas, chapacos, cochalas y hoy en día veo que hay mucho equipo político. Ojalá que el 19 de septiembre nos juntemos todos por un tema deportivo y nada más.

— ¿Volverá a juntarse con Guido Loayza, presidente de Bolívar, con quien tiene diferencias ahora?

— Vino a la presentación de mi libro en la feria. Creo que tiene muchas escamas, sabe de muchas cosas. Un día declaré a La Razón  que con el tema de mi salida de Bolívar y de mi relación con Martín Claure (Baisa SRL) me sentí traicionado por él y sigo teniendo esa sensación, pero en España decimos un refrán: Lo cortés no quita lo valiente.

Nunca le giro la cara a nadie, nunca me verán hacer eso.

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