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El ‘espíritu Dakar’

El podio final está en la mente de todos los pilotos, es lo que más desean, pero en mitad del camino está el de Bolivia, en Uyuni, donde saben que les espera lo más grande: el cariño sincero de la gente.

La Razón (Edición Impresa)

04:00 / 11 de enero de 2016

En 1963 Bolivia entera vivió una gran fiesta: la selección nacional se coronó en aquella ocasión por primera y única vez campeona sudamericana de fútbol. La gente bailaba en las calles, todo el mundo en el país estaba feliz.

Treinta años después se repitió la historia: la Verde, con otra camada, logró en 1993 la clasificación —por primera vez por mérito propio— a un Mundial de fútbol, el de Estados Unidos de 1994.

Nada se iguala a esos dos hitos del deporte nacional, además porque por más que se los busque, no se los halla porque no existen ni se repitieron.

Sin embargo, desde 2014 la gente, el pueblo, ha encontrado una veta para alejarse de las frustraciones que provocan las derrotas y alegrarse en grande, incluso a tal punto de apasionarse: es el Dakar.

La carrera más importante y difícil del mundo ha logrado construir —en tres ediciones de las ocho que lleva en Sudamérica— una historia aparte en el país como no ha ocurrido en ningún otro: si bien los pilotos ponen el espectáculo, es la afición la que le da vida en las rutas y arropa con su cariño a los visitantes, a quienes les cuesta irse sin decir por lo menos gracias por todo lo que han vivido.

El Dakar agrupa a hombres y mujeres de decenas de nacionalidades de los cinco continentes y Bolivia ha conseguido integrarse a ellos y a ese espíritu de aventura. En estos días —los que recién pasaron— el país fue otra vez gran protagonista y no porque sus sacrificados pilotos hayan ganado podios (no es necesario, con el esfuerzo que hacen ya es suficiente), sino porque la gente volvió a ser —como ya ocurrió en 2014 y 2015— anfitriona de verdad.

El podio final está en la mente de todos los pilotos, es lo que más desean, pero en mitad del camino está el de Bolivia, en Uyuni, donde saben que les espera lo más grande: el cariño sincero de la gente.

El “espíritu Dakar” es una pasión compartida, y la mayoría de los bolivianos lo entiende así. Quizás por eso la fiesta, cuando vienen motos, cuadriciclos, coches y camiones —que en 2016 entraron por primera vez—, es distinta, tiene algo que en lo humano representa una señal que atrapa, golpea el corazón y hace que, aun cansados, agotados o molidos, los pilotos se sientan felices y añoren con volver el próximo año.

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