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La ética del fútbol inglés

Conducta En el fútbol inglés el derribado se levanta para seguir jugando si es que no le rompieron la pierna, y evade el simulacro

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza

02:00 / 15 de diciembre de 2014

Como me dedico solamente a relievar los aspectos salientes de la Premier League y durante este año hemos sido felizmente visitados por ese extraordinario Liverpool con Luis Suárez-Daniel Sturridge anotando casi 40 goles entre los dos, y al que se le quemó el objetivo de ganar el pasado torneo en la puerta del horno, es decir, como el fútbol en las canchas inglesas el fútbol es fútbol por sobre todas las cosas, no hay gran necesidad de conocer los nombres y los apellidos de los árbitros encargados de impartir justicia todos los fines de semana, incluidos los de las fiestas de fin de año, fechas en las que el campeonato no se detiene.

Así como sucedió en Brasil 2014 que de ninguna manera puede ser conceptuado como el mejor mundial de todos los tiempos, aunque en ello estén empeñados los cultores de los rankings, precisamente por no pocos y muy malos arbitrajes, sucede también que en los campos británicos, los antiguamente llamados “hombres de negro” se equivocan y a veces, muy probablemente, incidiendo en los marcadores finales de cada partido, pero sin que a posteriori los alaridos y lloriqueos estallen en las pantallas televisivas, porque hay un manual implícito de formación ciudadana que hace casi imposible la producción de exabruptos.

Hace veinte años, hacia el final de una tarde de sábado, me visitó un dirigente del fútbol paceño que quería conversar conmigo. Había llegado algo entonado y prosiguió en sus afanes celebratorios invitándome a un bar, no recuerdo ni por qué, y en el entusiasta desarrollo de la conversación me confesó con la sinceridad propia de los niños y los bebedores, que alguna vez se había comprado un árbitro para que dirigiera en favor de su equipo en un partido de Copa Libertadores de América. Me dijo que le había dado dos mil dólares para que el colegiado torciera con sus decisiones el resultado final del juego que para el equipo boliviano en juego resultaba crucial.

Este episodio personalmente vivido hace dos décadas me llevó a pensar que si este dirigente encaraba sus tareas con esa mentalidad, resultaba demasiado previsible considerar que él, como muchos otros, formen parte de una escuela en la que se impone el todo vale: Si no puedo ganar porque mi equipo es inferior al adversario, puedo equiparar las cosas con un arbitraje inventivo, plagado de sanciones por infracciones inexistentes, penales que no fueron, posiciones fuera de juego pasadas por alto o expulsiones jaladas de los cabellos.

Es justamente en el torneo nacional más brillante del planeta, el inglés, en el que este tipo de comportamientos, casi surrealistas, son prácticamente inexistentes. No faltará un desubicado en la inmensidad de la ética y un sentido de deportividad inaugurado en el siglo XIX, pero lo que salta a la vista es que son los futbolistas de la Premier, en primer lugar, los que se empeñan con sus conductas en evitar la trampa artera o el reclamo que por otros lados abunda, pidiendo amarilla o roja para el adversario que los arrolló. No. Eso en el fútbol inglés no es frecuente porque el derribado se levanta para seguir jugando si es que no le rompieron la pierna, y suele evadir la tentación del simulacro, propia de cierta viveza latina que tantas injusticias ha producido a lo largo de la historia del balompié moderno.

En Inglaterra hay un artefacto imaginario llamado derecho consuetudinario que se cumple a carta cabal. Para quienes no lo saben, está basado en la fuerza de la costumbre, en la civilizada convivencia si alguna conducta amenaza con afectar a la comunidad, aunque no esté expresamente marcada por una ley escrita, es inhibida por la conciencia personal de cada quien. Eso es lo que precisamente impera en canchas de Londres, Liverpool, Manchester, Birmingham, Newcastle, Swansea, Sanderland, Stoke-on-Trent, Leicester, Burnley, Southampton o West Bromwich, con todos los actores, desde los más exóticos propietarios de los clubes más poderosos hasta los aficionados que concurren a los estadios porque tienen asumido que los árbitros pueden errar, pero que el fútbol es primero un acto lúdico y luego un desafío competitivo en el que solo pueden producirse tres resultados y gracias a esa conciencia colectiva, ni se les pasa por la cabeza que un árbitro pueda ser comprado por más crucial que pueda ser un partido de Champions.

El sábado el Manchester City tuvo que esforzarse muchísimo para ganarle al Leicester. Lo consiguió con un gol de Frank Lampard anotado casi debajo de la portería y que fue objetado por un supuesto fuera de juego. Luego de un par de levantadas de manos, y la anotación consumada, no se dijo más y por supuesto que a ningún personero del equipo local se le ocurrió subir un video a las redes sociales para reclamar.

Neutralizados los hooligans hace un par de décadas, el inglés es un fútbol sin alambrados, sin árbitros que corran el riesgo de ser acuchillados en la calle por un par de forajidos, y menos linchados mediáticamente porque se equivocaron con una expulsión. La ética del fútbol inglés tiene mucho que ver, vaya perogrullada, con la ética de la sociedad para convivir diariamente en distintos planos: Cotidiano, callejero, institucional, o corporativo. Aunque en el otro extremo, en el de las disparatadas excepciones, los diarios sensacionalistas hagan de las suyas con historietas de príncipes seduciendo plebeyas, o reyes decrépitos dejando escapar versiones de súbditos resentidos acerca de sus excentricidades.

Será por algo que en lugar de decir Juego Limpio, los hispano hablantes hemos castellanizado el anglicismo Fair Play.  Y vaya que el origen de las palabras, y los conceptos que éstas resumen, dificilmente mienten.

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