Marcas

El fútbol del falso debate

Hablar, hablar y hablar. Sindicar y contestar. Quince años de escuchar lo mismo

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

03:01 / 26 de octubre de 2012

Claure, Chávez, Portugal, Azkargorta. Palabras, palabras, palabras. Ni una sola idea concreta, ningún plan real y posible para sacar de la postración al cada vez menos competitivo fútbol boliviano. Los dirigentes y los portavoces les están robando el fútbol a los jugadores, decía Jorge Valdano en sus mejores tiempos. Insultos que no llevan a nada, salvo, probablemente, a los ajustes de cuentas propios de las corporaciones.

Dicen los que creen en aparecidos que el espíritu del prócer de la Academia, Mario Mercado Vaca Guzmán, ha salido de su merecido y eterno descanso a vagar por desconsuelo en la cancha del estadio de Tembladerani porque eso de no encontrar posición horizontal para continuar el sueño lo obligó a estirar las piernas luego de la vergüenza ajena que le han debido provocar las destempladas declaraciones del actual propietario de  Bolívar de sus entrañas, Marcelo Claure, para sus amigos del colegio Calvert de la zona Sur de La Paz, G.I. Joe (castellanizado como yiyo), sobrenombre puesto por algún ocurrente compañero escolino al haberle encontrado enorme parecido con el muñeco militar del ejército nor-teamericano que fue concebido para ser el símil de Barbie en la industria de los juguetes (lo de Ken fue un invento posterior) gracias a la película The story of G.I. Joe, dirigida por William Wellman en 1945, apenas concluida la Segunda Guerra Mundial.

Mientras el fútbol es siempre una invitación a la felicidad con el espectáculo en otras latitudes —Pacho Maturana dice que Radamel Falcao estudia a los arqueros, César Luis Menotti afirma que no le gusta el juego del Madrid, Tito Vilanova declara que como ahora se sufre para ganar, supone que ya no aburren a quienes los sindicaban por tal cosa…—, es decir, mientras en los escenarios futbolísticos se juega y habla del juego, aquí se juega, bastante mal en términos generales ya se sabe, pero se habla de los árbitros, de un “payaso”, de unos “pobres” clubes “quebrados”, de un juicio para obtener un millón de dólares, suma proporcional a la chequera del bocón de turno y podríamos seguir, pero con estos datos es suficiente para establecer nuevamente que lo que aquí domina y vende es el falso debate sobre un fútbol que parece jugarse cada vez menos en el verde césped, y cada vez más y peor en los mierderos creados por las atestadas cabezas de sus mandamases.

Hablar, hablar y hablar. Sindicar y contestar. Quince años de escuchar lo mismo de lo mismo (1997, desde que perdiéramos la final de la Copa América contra Brasil en el Hernando Siles), con la diferencia de que los señores de los clubes más grandes jamás necesitaron apelar al adjetivo facilón, agraviante y de mal gusto, pero al fin de cuentas… hablar, hablar y hablar, mientras el fútbol boliviano ha ido transitando hacia atrás, en el que casi todos lo están haciendo perfectamente mal. Desde la Federación Boliviana de Fútbol (FBF) pasando por la Liga y las Asociaciones, hasta llegar, ahora, además, a niveles como el del director técnico de Bolívar, Miguel Ángel Portugal, aparentemente más preocupado en su vida diaria por seguir las andanzas del Madrid (véase su cuenta en Twitter) que en ponerse de acuerdo consigo mismo a fin de encontrar la senda de la coherencia, en lugar de pala-brearse con el técnico del equipo rival y de hacerse botar de la cancha como si fuera un niñato engreído que para justificarse ha decidido explicarlo todo a partir de los supuestos errores arbitrales que cada partido perjudican a su equipo, ese Bolívar que en tiempos de Mario Mercado Vaca Guzmán no andaba en la estupidez porque contaba siempre con una plantilla de excelentes futbolistas.

Si apellidan Claure, Chávez o Portugal, da lo mismo porque los resultados no son otros que los de la hueca palabrería, mientras jugadores como Carlos Saucedo han tenido que aprovechar la oportunidad de emergencia y no la surgida de una auténtica valoración de su trabajo y rendimiento como goleador del torneo boliviano, cosa que hasta a San Xabier Azkargorta involucra, considerándose que mandó a la cancha al ariete de San José contra Uruguay no por convicción, sino por extrema necesidad, brillante manera de conseguir un marcador abultado en el que se lleva unas flores que a diferencia del 93, esta vez no le corresponden en nada. Es decir, si apellidan Claure, Chávez, Portugal o Azkargorta jugamos al eterno retorno del fuego cruzado en que “todos tienen la culpa menos yo que soy estupendo”.

Y lo peor de este panorama es que algunos futbolistas se han contagiado, queriendo explicar derrotas propias por dos penales supuestamente no cobrados y por la expulsión de un compañero que fue a romperle las piernas al compañero con el que una semana antes habían compartido en la selección. Efectivamente, Juan Carlos Arce sintetizó en la expulsión de Wálter Flores luego de agredir por segunda vez a Alejandro Chumacero, el motivo de la derrota celeste en el clásico, corroborada por el propio Portugal que culpó al árbitro luego de haber tenido “contra las cuerdas” a The Strongest. El fútbol boliviano es un desastre por organización, pero que ahora, además, algunos jugadores hayan puesto de vacaciones sus posibilidades de razonamiento, indica que las alarmas siguen saltando y que no pasará nada mientras la sordera continúe garantizada.

Bolívar se merece otra cosa, otro lenguaje, otro discurso. Bolívar merece    ser gobernado desde su sede histórica, La Paz, y merece que sus manager y dirigentes restituyan la sensatez y el buen decir en desagravio a su nombre, su trayectoria, su identidad futbolística y la urgente necesidad de una reconciliación consigo mismo. Y el fútbol boliviano en términos generales se merece la llegada de una nueva generación dirigencial para acabar con el anquilosamiento, la estrechez de miras y la falta de creatividad, aunque la florida retórica de su mejor portavoz, el técnico de la selección, Xabier Azkargorta, ratifique su indiscutible habilidad verbal, pero en este su segundo desembarco, para tapar el sol con un dedo.

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