Fútbol

¿Balón de oro o pelota de trapo?

El fútbol era un asunto de valentía y talento,  nada tenía que ver con las vanidades

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:33 / 07 de noviembre de 2014

Los balones de oro, bronce, plata y lata sirven para potenciar el merchandising del fútbol. Nadie inventará un premio al mejor equipo desde la perspectiva estética a partir de la posesión, o el equipo más veloz y punzante desde la perspectiva estética de la ráfaga del contraataque, porque semejantes pretensiones no figuran en ninguna estrategia de negocios que pueda centuplicar ventas de nada.

Los estilistas de todos los salones y las peluquerías están dedicados a perfeccionar un solo corte de cabello, todo rasurado a los lados y jopos de tamaños a elegir, desde el engominado de CR7 hasta el muy abultado de Sergio Agüero. Los vendedores de camisetas de marca siguen despachando las Adidas-Real Madrid y las Nike-Barcelona para consumidores que forman impresionantes filas vistas incluso en Bolivia cuando una cadena de tiendas de indumentaria deportiva decide ofertar su material de liquidación total con un 70% de descuentos, es decir, lo que costaba 100 se vendía por 30 y las réplicas-originales  —parece un contrasentido, pero así se llaman— se van vendiendo como golosinas a precios para todos los bolsillos.

De los zapatos qué decir: Fosforescentes de todos los tonos, algunos pares dispares, uno fuxia, el otro celeste, y el negocio de las chuteras para jugar o las zapatillas para salir a pintear a la calle expandiéndose en progresión geométrica como si el cuento de la Cenicienta pudiera extrapolarse a historietas de chicos plebeyos que al calzarse los nuevos diseños de las grandes marcas, conseguirán, por puro encantamiento, convertirse en príncipes del fútbol.

La oficial del Barça, la alternativa del Madrid, la oscura del Bayern, la amarilla y azul del Arsenal, la blanca del PSG y no la que diga UNICEF porque ésa es de hace dos temporadas y la nueva lleva en la inscripción y el logo de Qatar Airways. Es decir, “no te equivoques papá, cuidado me traigas una de la época en la que jugaba Di María porque Di María ya no está en el Madrid”. Qué mercado descomunal. El juego de la pelota, el más apasionante y masivo entretenimiento planetario pasa ahora, en primera instancia, por cómo te diseñas la cabeza, cómo te vistes para jugar y qué zapatos usas para estar a la altura del estatus de esos potentados que participan en ligas nacionales e internacionales dos veces por semana en unos campos que parecen mesas de billar y ganan millones de euros por mes.

Miro fotografías de grandes figuras de las décadas de los 50 y 60: Ni un corte de cabello producido por estilista alguno, ni un solo logotipo o inscripción en camiseta alguna, todos los zapatos negros, cero coquetería. Garrincha con la blanco y negro del Botafogo, Pelé con la blanca del Santos, e incluso dos décadas más tarde, Maradona con la roja de Argentinos Juniors. El fútbol, entonces, era un asunto de valentía y talento, y nada tenía que ver con la diversificación de una feria de las vanidades que ha logrado confundir a millones de niños ilusionados, desparramados por todos los sitios, masajeados psicológicamente con la idea de que el hábito hace al monje cuando existen tantos otros millones que si logran una polera blanca básica y un corto azul para el próximo desfile del colegio, deberán darse por felices en lo que resta del año.

Orgullosos debemos sentirnos quienes pudimos resistir las estrategias del mercadeo disparadas desde el cuartel del imperialismo cultural durante cincuenta años, porque en ciertos momentos de la historia contemporánea, algunos remezones sociales y políticos nos ayudaron a separar la paja del grano, lo accesorio de lo esencial, y por eso no hay posible deslumbramiento con el próximo Balón de Oro porque alguna vez nuestra infancia nos enseñó que todo podía comenzar con una pelota de trapo en el pasillo más estrecho del conventillo.

En consecuencia, me interesa un verdadero cacahuate que el Balón de Oro lo reciba Cristiano Ronaldo o no lo reciba Lionel Messi justo cuando Joseph Blatter sale tardíamente a declarar que el 10 rosarino no se merecía la distinción de mejor jugador del mundial jugado en Brasil. Y por cómo están las cosas, por cómo se está jugando ahora en Alemania, Francia, Inglaterra, España e Italia hoy aparece un futbolista que es el más influyente porque mejor futbolista, en estricto sentido, no existe, si queremos ser coherentes con el postulado fundamental que nos enseña que se trata de un deporte colectivo en el que hay mejores según la posición y los movimientos que ejecutan en el campo.

Cristiano es hoy día, el futbolista que más enfáticamente está influyendo en todos los sentidos del juego. Cuando Messi era el mejor sin discusiones, para  quienes es tan indispensable rankear continuamente a las grandes figuras, había un chico que llevaba el balón con una naturalidad escalofriante, como si éste fuera parte de su naturaleza y su corporalidad, mientras que ahora hay otro que ha trabajado tantos años corriendo, trasladando y convirtiendo goles hasta que un día llegó Carlo Michelángelo Ancelotti y le abrió los ojos para hacerle saber que podía hacer muchas más cosas con él que las que hacía hasta hace un poco más de un año, pues ya no solo se trataría de picar y disparar, sino también de tocar en espacio reducido, recibir, devolver, meter asistencias o simplemente arrastrar marcas.

Los balones de oro, bronce, plata y lata sirven para potenciar el merchandising del fútbol. Nadie inventará un premio al mejor equipo desde la perspectiva estética a partir de la posesión, o el equipo más veloz y punzante desde la perspectiva  estética de la ráfaga del contraataque, porque semejantes pretensiones no figuran en ninguna estrategia de negocios que pueda centuplicar ventas de nada.

Que la táctica, el trabajo diario de las prácticas, las charlas de los entrenadores a sus dirigidos, las interminables horas de video para examinar rivales queden para las posibles historias periodísticas a registrarse, porque para esta maquinaria comercial se trata de que en la China se levanten templos de adoración a los nuevos ídolos, muchos de ésos que en buenas cuentas salieron de los conventillos, los pueblos alejados de las capitales, las casas humildes y carenciadas, esos sitios por los que jamás pasará un Alfa Romeo, un Porsche o un Maserati.

Gabriel García Márquez decía que el oro producía pava (mala suerte) y yo, todo lo que dijo y escribió el gran Gabo me lo creo a pie juntillas, y desde esa convicción supersticiosa no me adscribo a estos juegos del mercado en los que no califican otro tipo de jugadores con pasados accidentados y literarios —Franck Ribery del Bayern Múnich—  o provenientes de realidades lacerantes con muerte de hermano incluida en pleno desarrollo del Mundial —Touré Yaya, Costa de Marfil, Manchester City—.

El fútbol es un entramado diverso y fascinante, que alguna  vez comenzó con una pelota de trapo, o de medias femeninas, o de papel periódico, como para dejarnos encorsetar por esos shows en los que el brillo y la elegancia son nada más revestimientos que como todo maquillaje, suelen servir fugazmente como delicadísimas capas que pretenden vanamente esconder historias de carne y hueso muchísimo más interesantes y profundas que cualquier vitrineo televisivo que termina con los estallidos de admiración repletos de frivolidad en las redes sociales.

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