Fútbol

Campeón…o te marchas

El haber alcanzado la décima Champions hace un año no sirve como antecedente

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

01:56 / 29 de mayo de 2015

En el capitalismo serio, las cosas se usan y se botan. Es decir, nada queda guardado en la trastienda de los desperdicios. Lo mismo sucede con los entrenadores de fútbol que incluso ganando terminan despedidos de los clubes que les abrieron las puertas. Ancelotti consiguió la décima Champions con el Real Madrid. Ganó. Pero eso fue hace un año. Y como bien dicen las latas de conservas, si la fecha de caducidad está marcada, es riesgoso intentar consumirlas cuando amenazan con provocar una intoxicación.

Los tiburones del megacentro de las finanzas y las grandes operaciones en las que se pone 50 para obtener un rédito multiplicado a la N potencia han terminado por vaciar de contenidos —que no sean otros que los de las transacciones— al mercado futbolístico mundial.  Hay demasiado dinero en juego, muchos evasores de impuestos,  y varias hileras de codiciosos agentes de jugadores y otro tipo de intermediarios pululando en las junglas de cemento,  que han hecho del dólar o el euro, un fin en sí mismo, convirtiéndolo en un fetiche más letal que cualquier otro tipo de adicción humana.

Por esto, cuando alguna personalidad influyente de cualquier sociedad afirma que el dinero no le interesa, que es mejor tener lo estrictamente necesario para no multiplicar obligaciones y cuentas que merman el tiempo cotidiano, sigo preguntándome qué hace alguna gente en ese desenfreno por acumular sin detenerse un segundo a mirar el horizonte.  A la hora de tener la inmejorable oportunidad de embolsar algo más hacia la alforja propia, se acaban las filosofías, las ideologías, y los izquierdismos terminan cruzando hacia la vereda de enfrente. Así es fácil tener principios revolucionarios con voluminosas cuentas bancarias labradas en la esfera del capitalismo puro y duro, y por eso, el capitalismo continúa rampante digitando las coordenadas de la conducta humana.

El dinero destroza, pulveriza, hace flecos la frontera entre la conciencia social y las oportunidades para los negocios, una vez se encuentra el pasadizo hacia la opción imperdible de amasar en unas horas lo que no se pudo en toda una vida, y eso tiene perfecta explicación en el inflacionario mundillo de contratos, salarios, primas y premios de jugadores del mundo profesional. Sus carreras son cortas, como ráfagas de viento en el Sahara, y por eso cobran en un mes lo que un obrero no alcanzará a cobrar en toda una existencia, pero a veces sucede, esporádicamente diríamos, que cierto tipo de decisiones empresariales no pasan por si se pagan unas monedas más o menos,  por la renovación o expiración de un contrato como acaba de suceder con Carlo Ancelotti, que al Florentino modo del presidente del Real Madrid, fue cesado como entrenador por no haber ganado un solo título en la última temporada, y que el haber alcanzado la décima Champions hace un año no sirve como antecedente en el implacable “Aquí y Ahora” del fútbol de élite.

De esta manera, ha pesado en la decisión del madridismo la insoportable constatación de que ni poniendo todos los millones para tener la mejor plantilla posible el triunfo está garantizado. Que el equipo puede haber jugado de maravilla durante un par de meses con el acertado ensamblaje concebido por Ancelotti, agregándole variantes a su funcionamiento, orientando polifuncionalidad en sus figuras determinantes, reduciendo las tensiones del vestuario hasta conseguir gran armonía grupal. Pudo haber conseguido todo eso, pero todo eso no es suficiente cuando de decidir ratificaciones o rescisiones se trata, y así, el italiano, aunque se diga que por la puerta grande, ha tenido que marcharse cuando las principales figuras de la plantilla estaban convencidas de que se quedaba.

En el mundo medieval, había que ser dueños de vidas y haciendas, pero además acumular honores, distinciones, reconocimientos públicos, es decir, continuos gestos de legitimación social, pues no era suficiente con poseer, sino que el reconocimiento periódico, halagando las vanidades de turno, terminó convirtiéndose en un certificado de renovación de confianza de la comunidad y como para hacer honor a su nombre, la realeza futbolera de este siglo cibernético, tiene la necesidad de levantar trofeos, de recorrer la capital —“para que sepan los indios quién manda allí” como dijo alguna vez Sergio Ramos— en bus de doble piso para detenerse en La Cibeles con el propósito de hacer aspavientos, de refregarles en las narices a propios y extraños cuán estupendos son estos tíos que tienen al goleador de Liga, pero esta vez, otra vez, no el trofeo, que ha terminado en la vitrina del Barcelona FC para despedir como se merecía al extraordinario Xavi Hernández.

El Real Madrid tiene que ser bueno y para conseguirlo de manera rotunda tiene que parecerlo. Y para dar consistencia a las apariencias hay que ganar. Hay que ser campeones sí o sí, y por eso, por más gran campaña que haya logrado engranar, por más excelente profesional que sea su entrenador, por más que desde las gradas del Santiago Bernabéu rueguen que se quede… nada señores, lo único que revalida el certificado de ingreso al campo es un nuevo título y por eso el proyecto de la Casa Blanca nunca es otro que el de producir goles como fuegos de artificio para levantar orejonas, porque en su esquema ideológico no importa enviar un mensaje sobre una visión de mundo, un compromiso para hacer escuela o una renovación de votos con los valores más intrínsecamente terrenales del hombre. Lo que importa es ganar y si para ello tiene que sentarse Capello, Pellegrini, Mourinho, Ancelotti o el que venga no es tan fundamental porque se trata de que el equipo juegue como debe jugar una plantilla que puede acomodarse con admirable ductilidad a cualquier dibujo táctico.

Es muy improbable la renovación de confianza en una empresa futbolística que los únicos códigos que termina admitiendo como válidos son los de la eficacia y el triunfo, y por eso alguna vez Vicente del Bosque recibió una patada en el trasero, como acaba de recibirla Carletto. Hay que ganar en el Madrid, incluso jugando como sea, porque siempre será muy probable que alguna condescendencia estética tranquilice a quienes esperan siempre que vayan de la mano “el qué y el cómo” porque Cris, James, Kroos o Modric estarán siempre en condiciones de conseguir algo fuera del libreto.  Mientras tanto, para el inmanejable egocentrismo de los de Chamartín, debe ser indigesto que los rivales históricos amenacen con hacer en la temporada un tres en uno: Liga, Copa del Rey y Champions League.

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