Fútbol

El Chelsea o la negación del juego

El Chelsea de José Mourinho juega a no jugar, y hace que el verde césped se parezca a un gran sofá para la abulia

El portugués-español Diego Costa, del Chelsea, trata de superar la marca de James Milner y Pablo Zabaleta, del Manchester City.

El portugués-español Diego Costa, del Chelsea, trata de superar la marca de James Milner y Pablo Zabaleta, del Manchester City. AFP.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza / La Paz

00:53 / 22 de septiembre de 2014

Si algún mérito tiene el Chelsea, otra vez en manos de José Mourinho, es el de respetar el fair play financiero que tan en serio se ha tomado la UEFA, y que el club londinense honra a carta cabal, invirtiendo en nuevas contrataciones con menos dinero que el ingresado en sus arcas. Fiel a su irremediable e insoportable estilo, el entrenador portugués había intentado calentar la previa contra el Manchester City, acusando al equipo de los ciudadanos de no respetar esa regla de juego y que por ello debería recibir duras y aleccionadoras sanciones.

La cosa se pone de verdad fea cuando el juego declarativo se acaba en el momento en que las cosas deben resolverse en el campo, que es desde donde emana el talante adusto del técnico luso que alguna vez creyó que pasaría al bronce de la inmortalidad, convirtiéndose en el mejor estratega de todos los tiempos a la cabeza de ese club llamado Real Madrid, tan proporcionalmente antipático a él, y que ha debido retornar a dirigir a los azules luego de pulverizar los códigos de vestuario de la Casa Blanca. Es un verdadero contrasentido que un calculador in extremis sea un bocón sin matices.

La fealdad del fútbol que practica el Chelsea, encuentra algún disimulo cuando Diego Costa estrella un balón en el parante, o minutos antes Andrew Schürrle ejercita una corrida de aproximadamente cincuenta metros, desmarcándose de derecha a izquierda para recibirla en la puerta de la custodia de Joe Hart, para firmar la eficacia con la que el entrenador quiere que su equipo consiga las cosas, no importa si durante ochenta minutos todo pasa por el aguante, el despeje y el desgaste del adversario que choca contra dos líneas defensivas tan férreas que en el campo rival no queda nadie, porque solo se trata de recuperar y en una de ésas, desnivelar el marcador, que para eso tiene indiscutibles definidores.

Se sabe de sobra que lo imprevisible del desarrollo de un partido de fútbol hace que la variable justicia/injusticia no funcione en sus coordenadas, y como en este juego para los mourinhistas, solo se trata de ganar, y no de otras cosas fundamentales vinculadas al espectáculo para lograrlo, el Chelsea certificó cuán posible es estar cerca de marcharse con un triunfo ante un rival que había hecho todo para conseguir la victoria, y que finalmente igualó las cosas, gracias, nada menos, a Frank Lampard, veterano jugador que junto a John Terry, fue por varias temporadas símbolo del adversario al que enfrentaba, y que en el final de su carrera fue transferido al último campeón de la Premier al que no le alcanzó con Dzeko y  Agüero la vocación ofensiva y la dinámica para quebrar la muralla del puntero.

La mejor manera de quedar a resguardo de las amenazas de bostezo y de monotonía con que el Chelsea salta a las canchas, es programar el visionado de otros partidos, si uno no quiere ser presa de la mezquindad y el cálculo, especialmente si equipos con la categoría del City, tienen apenas en Milner, algo en Touré y Silva, las opciones para quebrar funcionamientos tácticos en los que no hay lugar para las distracciones o la impericia técnica.

Quienes creen que el fútbol es proponer y atacar saben de las muy buenas posibilidades de éxito que pueden tener aquellos que creen en la religión de defender y contraatacar, y por eso cuentan con definidores reciclados como Didier Drogba, que puede mandar a guardar un balón recogido en la inmensidad del azar, que en este juego, a veces incide más de lo que nuestra imaginación puede concebirlo.

El Chelsea juega a no jugar, y hace que el verde césped se parezca a un gran sofá para la abulia, y si el equipo que tiene al frente no cuenta con las individualidades explosivas que amenacen el imperio del resultadismo, los partidos se irán sucediendo como para que los de Stamford Bridges estén disputando siempre la cima de la tabla de posiciones.

La Premier recién comienza, el Manchester United se perfila como el gran animador del torneo con las incorporaciones de Di María y Falcao, el Arsenal se ciñe a su característica ofensiva con un entrenador (Arsene Wenger) que bordea los veinte años al frente de los Cañoneros, y el Liverpool ya evidencia cuanta falta le hace Luis Suárez en la zona de definición. Es temprano aún para perfilar candidatos, pero está claro que como en España terminó como el villano del banquillo, Mourinho ha retornado a Inglaterra para intentar, otra vez, hacerle creer al cosmos futbolero, que lo que hace es suficientemente bueno como para levantar trofeos, fórmula que funciona mejor, por supuesto, cuando los equipos amantes de los espacios y no del balón, juegan con la pasión por delante como lo hace el Atlético de Madrid de Diego Simeone.

Si el Manchester City quiere levantar vuelo nuevamente, necesita encontrar las formas que le permitan esos cambios de ritmo y esa incisividad que necesita en los últimos metros para ser nuevamente protagonista y para evitar la funcionalidad de la que fue presa frente al equipo que el pasado año, su inefable entrenador, dijo que se le debería llamar “the happy one”.

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