Fútbol

Espectadores de ‘credit card’

El fútbol en este lado del mundo es la columna vertebral de la cultura popular

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

01:08 / 09 de mayo de 2014

El fútbol se vive en Brasil como en ninguna otra realidad sociocultural del planeta. Los mandamases con sede en Zúrich han obviado tan significativo hecho, y han procedido sin dubitaciones a ejecutar un plan en el que mandan las políticas de marketing, la comercialización de productos, las ventas de derecho y las zonas de demarcación para que pueden venderse-comprarse unas cuantas marcas y no todas. En ese sentido, el Mundial a jugarse desde el próximo mes, y parece que esto no tiene correctivos, ha malversado la identidad profundamente futbolera de un país que vive los partidos de fútbol, en primer lugar, como motivos de regocijo popular.

Las noticias sobre el acceso a las entradas para asistir a los partidos de Brasil 2014 nos remiten al atrapante mundo globalizado que como aplanadora uniformizante conecta rápida y fácilmente con los sujetos de crédito que lo compran todo a través de plásticos, pines, rellenado de formularios, todo por internet. Resulta que en los 12 estadios brasileños en los que se jugará la Copa del Mundo entre junio y julio, estarán presentes habitantes de distintas latitudes, incluidos brasileños, pertenecientes a la llamada clase media alta, según las categorías que se manejan en las esferas del capitalismo salvaje. Como buenos depredadores de supermercados y megacomplejos comerciales de gigantescas urbes que son, han respondido a las convocatorias de la FIFA con puntualidad para adquirir boletos que muy probablemente garantizarán tribunas que servirán de coreografía universal para imprimirle el clima emocionante que se necesita en los partidos a disputarse, sin que importe mucho cuánto de auténticos futboleros tengan los que allí se hagan presentes.

Que una cosa así acontezca en Alemania puede resultar hasta coherente dada su realidad postindustiral y electronificada hasta el detalle, pero que eso vaya a suceder en Sudamérica, más específicamente en el país cualitativa y cuantitativamente más futbolero del planeta y de la historia del balompié, huele solamente a negocio frío y calculado hasta los centavos, en el que las características socioculturales han sido pasadas por los forros de esos personeros que no les provoca cargo de conciencia alguno el accidente de un albañil que murió en plena faena, empleado en la rama de la construcción de los nuevos estadios o en la remodelación de los antiguos, indispensables para montar con eficacia y sin interrupciones el mayor negocio televisivo y esponsorización de los últimos tiempos en los que la presencia del público parece solo servir para aportar la cuota de realismo que se necesita a través del sonido ambiente a objeto de perfeccionar unas transmisiones en vivo con un promedio de 20 cámaras por escenario.

Si algo no saben o no quieren saber esos personeros de corbatas Hermes con estampados de animalitos es que el fútbol en este lado del mundo sigue siendo columna vertebral de la cultura popular, que los aficionados, hinchas y fanáticos son aquellos desheredados de la tierra que viven al día, que se las rebuscan a diario para llenar la olla familiar, y que tienen en los equipos de sus desvelos las indispensables válvulas de evasión para que no todo sea gris y doloroso, para que la explotación y el subempleo no termine carcomiéndoles el cerebro. Es más, en Brasil, la pobreza no es óbice para que sus millones de ciudadanos y ciudadanas renuncien a la fiesta que es el fútbol, como en ningún otro lugar del globo terráqueo, dadas las calidades incomparables de sus ritmos y sus cadencias.

Lo que me asombra es que en el Brasil de Lula se haya terminado imponiendo el mecanicismo mundializador con el que se hacen las cosas en el Brasil de Dilma. Si el expresidente, hincha del Corinthians, hubiera seguido al mando de la nación es probable que inventara algo para que la organización totalizante del fútbol mundial no se convirtiera en patrona, sino en socia de la realización del torneo, con imaginativas políticas de inclusión social para que las torcidas del Flamengo, el propio Corinthians y de todos los equipos que disputan anualmente los torneos estaduales se beneficiaran con un acuerdo de graderías: 50% de aficionados de aquí y allá captados a través de las políticas de credit card de la FIFA y 50% de entradas vendidas a través de mecanismos accesibles para el pueblo, ese que se descuelga de las favelas de Río todas las mañanas para acudir al trabajo o ese otro, al que perteneció Lula, de obreros de la metalurgia o de la industria del automóvil.

Con este panorama, el Brasil futbolero estará en las calles, en las playas y en las cafeterías, y no en los estadios. Es decir, no estará el Brasil auténtico, el que espera que Neymar y sus compañeros sean capaces del desembrujo del Maracanazo de 1950, ese por el que todavía muchos abuelos y abuelas lloran y que con enceguecida intuición propia de los ilusionados con el triunfo, proscribieron para la eternidad a los jugadores de la verde amarilla que cayeron frente a los uruguayos encabezados por Obdulio Varela.

Con estas coordenadas comprendo perfectamente la insatisfacción de los Indignados de Brasil. Es más, me identifico plena y absolutamente con ellos, porque esta primera Copa del Mundo del siglo XXI que se juega en nuestro Sur, pondrá en evidencia cómo la vieja Europa, desde donde se digitan las políticas centrales del negocio futbolero, continúa empecinada en su ombligomanía, en negarse a mirar quiénes somos en realidad y cuán distintos y distantes son nuestros sentires y haceres cotidianos que tienen en el fútbol los profundos orígenes de una barriada pobre de la que surgió Pelé o de una villa miseria de la que partió Maradona en busca de sus sueños.

Con este antecedente, espero que la Copa América a jugarse el año próximo en Chile no reproduzca estas excluyentes decisiones de mercadeo, que sacan de las canchas a los que siempre deben estar, a los que inventan cantos, confeccionan banderas, perfeccionan estribillos y se saben las alineaciones de los cuadros que aman, desde tiempos inmemoriales. El fútbol es para los de abajo en América Latina, porque es desde las entrañas del mundo popular del que han surgido sus grandes figuras, sus leyendas, aquellos que hasta ahora nos siguen alegrando con las repeticiones de sus inolvidables jugadas y sus increíbles goles. El Brasil maravilloso de la verde amarilla acaba de recibir una seguidilla de golpes bajos de quienes han hecho del dinero el principio y el fin de sus miserables existencias, con la complicidad, por supuesto, de quienes tienen perfectamente claro que el capital no tiene patria.

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