Fútbol

Extrañaremos a Riquelme

Exquisito para llevar el balón o para disparar con esos tiros libres que a los porteros les provocan transpiración

Román Riquelme celebra un título con la camiseta de Boca Juniors, club con el que está plenamente identificado.

Román Riquelme celebra un título con la camiseta de Boca Juniors, club con el que está plenamente identificado. Foto: EFE

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza - periodista

00:00 / 02 de febrero de 2015

Boca Juniors aplastó a River Plate 5-0 el sábado por el torneo de verano en Mendoza. Lo hizo con autoridad, controlando las acciones de principio a fin y con el campeón de la última Sudamericana dirigido por Marcelo Gallardo, desencajado, inconexo y con tres expulsados como para que el desastre fuera completo en el cuadro que jugó en muy buen nivel en el tramo final del pasado año. Los xeneizes dirigidos por Adolfo Arruabarrena, no hicieron otra cosa, probablemente sin asumirlo con plena conciencia, que homenajear de la mejor manera la despedida de Juan Román Riquelme de las canchas que durante la semana transcurrida anunciaba que su carrera como futbolista había llegado a su fin.

Como para recordar en el contexto de la despedida de Riquelme, que el fútbol ofensivo es el que da sentido a la existencia del espectáculo para la gente, ayer el Arsenal se impuso con idéntico marcador al Aston Villa (5-0) en la Premier inglesa, haciendo gala de esa cultura que ha caracterizado siempre su historia: tener la pelota, manejarla bien y buscar el arco de enfrente, esta vez sin Alexis Sánchez en la cancha, con el regreso de Mesut Özil al primer equipo y bajo la batuta de Santi Cazorla que expone una regularidad de mínimo 8 sobre 10 en cada partido, sobre todo ahora que el equipo de Arsene Wenger se muestra equilibrado en todas sus líneas, con los recaudos que implican los retrocesos bien administrados por Francis Coquelin, el volante pegado a la línea de fondo con un muy estimable desempeño desde que asumió  la titularidad.

Hace 14 años escribí lo siguiente acerca de Riquelme:

“Además de su exquisitez para llevar el balón o para dispararlo con esos tiros libres que a los porteros les provocan transpiración, Riquelme también puede hacer de las suyas con los suyos. Triangula pelotas en dos metros cuadrados con el Chelo Delgado y con ese extraordinario lateral por derecha que es el Negro Ibarra, o con cualquiera de sus compañeros situados en la zona de gestación-arremetida, y lo mismo hay que ponerse de pie para corear esas jugadas que si no terminan en goles es porque los palos lo impiden o porque los balones salen apenas desviados. No es cierto que el Boca de Bianchi haya sido el Boca de Palermo. El Boca de Bianchi es esencialmente el Boca de Riquelme, que cuando sabe que puede llevarla solo hasta el fondo nada-nadie lo detiene, y más todavía sabe enviar esos pases-gol que si no llegan hasta las mallas, lo mismo le permiten recordar que el fútbol antes que remate es coreografía e ir por la vida hacia adelante en bloque, con el Mellizo Barros Schelotto, a veces, otras con el mismo Chelo, ahora con Gaitán, o con Jiménez, o con Barijo, o con Pandolfi.”

“Este Boca de Macri-Bianchi, pero sobre todo de Riquelme, insisto, deja marcada una profundísima huella de cómo es posible armar equipos con mínimos márgenes de error reclinados en sistemas de funcionamiento bien mecanizados, pero en los que jamás estará prohibido inventar con la pelota, posibilidad que con este que nos recuerda a los de antes, siempre quedará abierta”

“Hay una reflexión de Ángel Cappa que me parece perfecta para definir lo que para la cultura futbolística sudamericana significa un talento como el de Riquelme. Cappa dice que a las tribunas nuestras les importa mucho más la jugada, el pase que el gol, es decir vale más, tiene más sentido, la gestación para batir una portería, que el hecho mismo de introducirla al arco. Como Bochini en sus tiempos, o con locos escapando por la cornisa de cal como Garrincha o el René Housemann de ese memorable Huracán de Menotti.”

“Con Riquelme, el goce por la buena jugada, por la habilidad innata, por esa combinación de ser uno mismo pero siempre junto a los que levantan el mismo estandarte, están garantizada y así vuelve a triunfar el sentido del juego antes que la utilidad de los tantas veces infames resultados.”

La última etapa de la carrera de Román estuvo marcada por las contrariedades y los malos resultados con Carlos Bianchi retornado después de una década a Boca. El entrenador más exitoso de la historia del fútbol argentino pretendió sostenerlo alrededor del 10 de antes y el equipo actual no acompañó su buena voluntad. No resultaba lo mismo jugar con los chicos de ahora que con Bermúdez, Serna, Basualdo, Delgado, o Palermo. Con ellos, según sus rotundas declaraciones, formó parte del mejor xeneize de toda la historia, y agregó en tono inequívocamente crítico que a los jugadores de ahora no los entiende, que no sabe nada acerca de cómo funcionan las redes sociales, “no tengo ni idea de cómo se maneja el Twitter”, dice, con una notable fluidez verbal, dueño de cada palabra que pronuncia sin lugar para la duda.

Riquelme ha redondeado su carrera honrando la militancia de los que comienzan, cerrando su ciclo en Argentinos Juniors, club en el que inició su ascendente carrera en las divisiones menores. A sus 36 años fue parte del regreso del equipo a la primera división y con esto Román siente que le ha devuelto lo que en su momento este gran semillero le diera para que sus primeros pasos fueran firmes y estuvieran dirigidos a conseguir una carrera que tuvo un importante capítulo europeo en el Barcelona de Louis Van Gaal primero y en el Villarreal que dirigió Manuel Pellegrini.

Para los amantes de la asociación fútbol-atletismo, para esos que confunden la velocidad con la belleza, Riquelme era un jugador “a la antigua”, lento, que le quitaba intensidad a los equipos que dirigía desde dentro del campo. Para los que sabemos que el fútbol y jugar a mil puede encontrar sentido en realidades europeas en las que el músculo sigue siendo más importante que la genialidad, nadie nos sacará de la cabeza que Román es de los grandes futbolistas de fines de los 90 y primera década del siglo XXI, que honran ese primer mandamiento que nos guía a los de nuestra pertenencia ideológica: amarás el balón por sobre todas las cosas.

Será por algo que el Real Madrid de James es más técnico, atildado y preciosista que el expedito de Di María. Será por eso que al 10 colombiano se lo compara con Riquelme, en esto de repartir pelotas por izquierda, derecha o en profundidad teniendo siempre presente que la cancha no es solo larga, sino ancha y larga para poner en práctica los conceptos basados en la posesión, en la entrega al compañero o en la improvisación individual cuando ésta corresponde y pasa justamente por jugadores que hacen del dominio de la pelota, el primer fundamento táctico que da sentido al juego.

Vamos a extrañar a Juan Román Riquelme, el talentoso que se robó el show en la despedida de Diego Armando Maradona en noviembre de 2001, el que le hizo las orejas de Topo Gigio a Mauricio Macri cuando discutía uno de sus contratos, el que les hizo caños hasta cansarse a sus adversarios, el que metió los pases gol más impensados por los defensores de enfrente y el que ejecutaba los tiros libres como gran poeta de la diestra que fue en sus inolvidables andanzas como futbolista.

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