Fútbol

Fútbol, champán y reggaeton

El Madrid era una fiesta futbolera, pero un fiestón privado que se hizo público y un par de lesiones malograron el onceno ideal

Enfadado, el delantero portugués Cristiano Ronaldo golpea el piso, en el partido ante el Deportivo La Coruña.

Enfadado, el delantero portugués Cristiano Ronaldo golpea el piso, en el partido ante el Deportivo La Coruña. Foto: EFE

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza - periodista

00:00 / 16 de febrero de 2015

Llegó el día en que la ansiedad celebratoria amenaza con cambiarle el curso a la carrera de Cristiano Ronaldo. Todo iba como nunca antes en sus evoluciones en los campos. Había logrado superar la imagen del personalista obsesionado con su efigie, demostrando capacidad y actitud para encarnar un liderazgo de grupo que antes no se le había conocido gracias a una tonificación de la plantilla con la llegada de Kroos y James Rodríguez. Con este nuevo perfil, los rumores acerca de su resistida personalidad en el grupo terminaron por disiparse cuando los invitados a festejar sus treinta años de vida se sometieron a las fotografías subidas a las redes sociales por el reguetonero colombiano Kevin Roldán, el verdadero autor de la ola de exclamaciones moralistas en la afición madridista, luego de la políticamente incorrecta decisión de descorchar botellas y danzar a pocas horas de haber recibido una paliza a cargo del Atlético de Diego Simeone.

Cristiano ya no parece destinado a concluir su carrera en el Santiago Bernabéu, ya que tendrá precio eso de haber demostrado contar con amigos en el lugar donde trabaja, que a pesar de la ruptura con su novia rusa hay que vivir la vida loca como bien lo aconseja el filósofo boricua Ricky Martin y que la mejor manera de mitigar la pena de una goleada en contra es brindando, perreando —así se le llama al baile reguetonero— y seguramente durmiendo la mona toda la mañana siguiente.

¿Cuándo se jodió Cristiano Ronaldo? preguntaríamos parafraseando a algún político boliviano que de esa manera admitía la debacle de su partido. Y se jodió nomás el día de su fiesta de cumpleaños a la que por supuesto no asistieron ni su envidioso archirrival y compañero de equipo, Gareth Bale, ni los dueños originarios del equipo, Iker Casillas y Sergio Ramos, y voy en este plan de conjeturas y versiones de la prensa española para todos los gustos, cuando los de la Casa Blanca enfrentan al Deportivo La Coruña y las obligaciones carnavaleras me obligan a cerrar esta columna con mayor anticipación.

Entre el rompimiento con Irina y la fiesta de la vergüenza hay menos de un mes. Y entre los momentos en que Ancelotti había logrado conjuncionar un equipo que estaba jugando como nunca se vio en la última década y éstos de intempestivo bajón, aunque en la tabla sigan mandando, hay apenas dos meses entre fines de 2014 y el arranque de este 2015, y es que en el fútbol de hoy, mantener regularidad de una semana a otra resulta muy trabajoso, sacrificado y en la mayoría de los casos prácticamente imposible.

El Madrid era una fiesta futbolera hasta que un fiestón privado que se hizo público —más un par de lesiones que malograron el onceno ideal— irritó incluso al mismísimo Florentino, el presidente arropador de unas figuras engreídas por la identidad y el palmarés de un club que debe sus desgracias a hechos extrafutbolísticos, desde el día en que se le ocurrió bautizar de galácticos a sus grandes jugadores confundiendo el sistema solar con el verde césped, o la zaga cinematográfica de George Lukas con las personalidades de unas estrellas que entre sus rasgos dominantes de comportamiento no pueden sacarse de encima las burbujeantes tentaciones de la vida nocturna (Ronaldo, Roberto Carlos, David Beckam y ahora Cristiano Ronaldo), las modelos con vocación anoréxica o bulímica, los autos deportivos, y los ritmos musicales más facilones, comenzando por las variaciones cunvieras o cumbieras del reggae que llevan el espantoso nombre de reggaeton y que tanto alegran a los futbolistas a través de sus headphones cuando viajan en aviones y buses hacia las canchas donde deben jugar.

El gran juego del Real Madrid de Carlo Ancelotti ha durado, en consecuencia, un abrir y cerrar de ojos y será bueno no confundir en este contexto la calidad del fútbol que estaba practicando con su proverbial pragmatismo o con el peso histórico de su camiseta. El entrenador italiano había logrado empatar nombres, renombres y elaboración en el juego, introduciendo el toque, “juego en corto” que se le llama ahora, y relegando el balonazo largo para la escapada endemoniada. Estaba aprovechando la impresionante incidencia de Kroos desde el círculo central, la exquisitez de James, con el enorme e inigualable mérito estratégico de hacer de CR7 no solo el goleador que todos conocemos, sino el mejor ejecutor de la penúltima jugada del equipo.

Una modelo de ojos cristalinos, un animador de fiesta de alto standing, unas muletas para James, unos sombreritos brillosos y unas fotografías en los que se advierte la profusión del juego de luces chillonas, pusieron nuevamente en el tapete del debate, los gustos y los hábitos del jugador de fútbol, sea éste perteneciente a un equipo de barrio o a alguno de élite. Si Kevin Roldán se hubiera abstenido de mandar las malditas fotos al Facebook y al Twitter, la carga de la deshonra hubiera quedado reducida a la mínima expresión, las voces de indignación habrían sido aisladas e inconexas, y el sábado el Real Madrid se estaría reivindicando para seguir firmando su primer lugar en la liga española y avisar acerca de sus intactas aspiraciones en la Champions.

El mal rato ya pasará, como todo pasa en los tiempos y espacios de la frivolidad. Lo que seguramente costará mucho reponer o reconstruir es la unidad en el vestuario que Ancelotti había logrado solidificar luego del campante griterío que caracterizó la época de José Mourinho y en el que de un lado figuran los “extranjeros” encabezados por el portugués y de otra los “españoles” con la bicéfala autoridad de Casillas y Ramos, reeditando la vieja discusión chauvinista sobre quiénes son los auténticos representantes de una camiseta, si los propios, o los ajenos, llegados de otros sitios que por más buenos futbolistas que sean, cometieron, esta vez, la imprudencia de ir a danzar y a beber luego de ser humillados por sus sempiternos rivales de ciudad, los colchoneros, o choloneros, que ahora insinúan ser ellos quienes mandan en la capital.

CR7 inaugura así sus treinta años de vida. Le aguarda por lo menos un lustro como futbolista, considerando su disciplina y amor por el oficio, y que lo sucedido el sábado 7 de febrero de 2015 fue una metida de pata descomunal, pero que de ninguna manera puede opacar una trayectoria sellada por un profesionalismo modélico que es sencillamente verificable con su enorme aporte al fútbol de este nuevo siglo, amenazado cotidianamente por la estupidez de un segundo, esa que puede condicionar una carrera que ya no podrá ser considerada nunca más como impecable.

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